El Arte del Azote
Dibujos: Milo Manara
Texto: Jean Pierre Enard
CAPITULO UNO: EL ARTE DEL AZOTE.
Era uno de esos hombres por los que las mujeres se vuelven locas. Y sé
de qué estoy hablando: me llamo Eva. Estoy segura de que habréis visto fotos
mías. Eva Lindt. La reina del cotilleo, la sultana del escándalo. Las revistas
se pelean por mis crónicas sobre la vida sexual de las estrellas. Yo os informo
de cuándo ha dejado Steph de acostarse con Anthony, y de que al pequeño príncipe
le gustan mucho los hombres de pelo moreno con bigote, preferiblemente con
aspecto de militar. “La Lindt” me llaman en la televisión, donde cada viernes a
las diez os ofrezco la imagen de mi vertiginoso escote y una serie de anécdotas
picantes que escucháis de mis sensuales labios. En este negocio, tienes que
aprovechar al máximo cualquier virtud que tengas.
Pero volviendo a aquel tipo... Entró en mi compartimento de primera
clase del tren París-Venecia. Odio los aviones, donde, al contrario de lo que os
diría una tal Emmanuelle, nunca pasa nada. Los trenes se prestan a los
encuentros. Especialmente en los largos recorridos.
Había cogido el tren de las 7:42. Una cálida niebla azul de verano
envolvía la estación de Lyon. Llevaba una camiseta de cuello alto y la minifalda
de ante que siempre inspira a los hombres a confiar en mí. Tengo una forma de
enseñar los muslos que hace que me digan más cosas de las que deberían. Estaba
sola en el asiento de la ventana, mirando hacia delante. El hombre miró hacia
los asientos vacíos sin ni siquiera echar un vistazo en mi dirección. Colocó su
bolsa en la repisa del equipaje y se sentó justo delante de mí. Sus piernas
rozaron las mías. Se disculpó con una vaga sonrisa....... y yo le devoré con los
ojos. Alto, delgado, pelo cano en las sienes, con la cara lo bastante marcada
para indicar que había amado mucho y sufrido mucho más. Pantalones blancos,
camisa negra como la noche, zapatos marrones. Suspiré para llamar la atención
sobre mi pecho. Me removí en mi asiento. Dejé caer mi periódico... ¡pero no
había manera! El hombre seguía mirando por la ventana. Sus ojos parecían fijos
en las nalgas de las pasajeras que iban subiendo al tren. Una chica bajó al
andén delante nuestro. Llevaba unos pantalones cortísimos que se adaptaban a su
silueta como una segunda piel. Caminaba con un contoneo, con sus carnosas medias
lunas sobresaliendo justo por debajo de la fina franja de tejido. Mi vecino
tragó saliva. Comenzó a levantarse. Pensé que iba a dar un salto hacia el andén.
Pero volvió a hundirse en su asiento. Sacó un pequeño libro verde del bolsillo,
giró algunas páginas y comenzó a escribir febrilmente. Justo en ese momento
arrancó el tren.
Mientras nos dirigíamos hacia Dijon, los ojos de mi compañero de
compartimento se fueron cerrando. Estaba dormitando, con su libro de notas en el
asiento que había junto a él. No puede contener mi curiosidad... gajes del
oficio, supongo. Muy lentamente, alargué la mano y cogí el libro. Lo abrí por la
primera página. Mis ojos se posaron sobre un título en letras mayúsculas: EL
ARTE DEL AZOTE.
-Está todo ahí – dijo -. Al menos, lo mejor que me ha pasado en toda mi
vida. Por eso quería escribir un libro. “El arte del azote”, por Donatien
Casanova.
- ¿Es ése su verdadero nombre?
- ¡O lo es o debería serlo! Al igual que el suyo debería ser Eva...
Había tocado mi punto débil. Me encanta que me reconozcan. Alargó el brazo para
quitarme el libro de notas, ya pesar mío me sorprendí mirándole las manos,
grandes y toscas, con palmas diáfanas, casi frágiles. Manos que parecían hechas
para abofetear y golpear, para estirar, para masajear, para seducir, para
agarrar. Él se dio cuenta y reprimió una sonrisa.
- El azote ha pasado de moda – declaró -. ¡Hoy en día está mucho más de moda
admitir el gusto por los látigos y el cuero que por unos azotes inocentes!
Probablemente nunca la han azotado...
Mi primera reacción fue decir algo estúpido como “¡OH, no, por favor!”
Pero aquel tal Donatien Casanova ya me gustaba demasiado. Donatien como De Sade,
Casanova porque un extraño conocido en un tren que iba cruzando Europa de camino
a Italia no podía llamarse de otra forma....
Al final acabé respondiendo, “¡No, nunca lo han hecho! Al menos no como
usted supone.”
- Ya nadie entiende lo que es el azote. Alguno piensan que es un castigo para
niños. Otros piensan que es una manía ridícula. Pero es la mayor forma de
homenaje a la parte más digna, más refinada y más generosa de la mujer: sus
nalgas. ¿Sabía, Eva, que el ser humano es el único animal dotado de nalgas? ¡Los
animales tienen cuartos traseros! Nosotros tenemos esa arrogante y adorable
redondez que atrae, que sobresale, que provoca. En las mujeres adopta la forma
de unas curvas deliciosas, un atractivo irresistible para la mano. Azotar no es
golpear. Es acariciar y violar al mismo tiempo. No conozco nada más magnifico
que unas nalgas que se sacuden bajo una mano, se endurecen y a continuación
vuelven a suplicar por otro golpe. Se entregan y se rebelan en el mismo
movimiento... Azotar el culo de una mujer es mejor que follársela. Es hacer el
amor con ella mientras se observan sus efectos...
Me arrancó el libro de notas de las manos y lo hojeo rápidamente,
revelando una serie de notas escritas en tinta negra y diversos bocetos tan
magníficos como el de la página del título.
- Lo he puesto todo aquí. Todo lo que sé... porque uno no se dedica al azote de
cualquier manera, ni con cualquier persona. Léalo Eva. Estoy seguro de que es lo
bastante mujer como para apreciarlo.
De repente, sentí que mis nalgas ardían sobre el asiento de cuero. Quería
levantarme, pero era como si un gran peso me mantuviera clavada al asiento, que
se había amoldado por debajo mío como si fuera una mano. Miré por la ventana.
Estábamos llegando a Dijon.
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