El Arte del Azote
Dibujos: Milo Manara
Texto: Jean Pierre Enard

 
CAPITULO DOS: EL PRIMER AZOTE.
 

         El tren se había detenido junto al andén. Por megafonía se informó de que habría una parada de dos minutos. Una mujer de rasgos pálidos y unos treinta años, pelirroja, con moño, apareció en la puerta de nuestro compartimento. Llevaba de la mano a un muchacho hosco con la cara manchada de los restos de una piruleta de fresa.
 
-         Siéntate, Julien – dijo.
-         Lo siento – respondió Casanova.
-         ¿Cómo dice? – replicó la mujer.
-         Quiero sentarme – se quejó Julien.
-         Todos estos asientos están ocupados – replicó Donatien.
-         Pero si no hay... – tartamudeó la mujer.
-         El resto todavía no han llegado. Les estamos esperando. Vamos a una conferencia en Roma. Representamos a la Confederación de Dionisíacos Eróticos.. ConDe, seguro que ha oído hablar de nosotros.
 
La mujer echó una mirada aterrorizada en mi dirección. Yo me levanté la minifalda un poco más y confirmé sus palabras asintiendo con la cabeza.
 
- ¡Pero si no puede encontrar otro asiento, quédese! –añadí-. Ya nos apretujaremos un poco. Además su hijo es realmente guapo. Podría enseñarle algunos jueguecitos que seguro que no conoce...
 
La mujer huyó del compartimento, arrastrando al niño por el brazo. Mi  compañero parecía ensimismado en las nubes.
 
-         ¿Le gustaba su trasero? – le pregunté.
 
- Demasiado plano, demasiado anónimo. ¡Cuándo sepa algunas cosas más sobre el azote, comprenderá que no todas las mujeres se lo merecen!
 
La gente que había en el andén, los carros con el equipaje, las chimeneas, los postes telefónicos, todo comenzó a desfilar ante nuestros ojos. Mi compañero me señaló con un dedo su libro de notas verde.
 
 
- ¡Bueno, léalo! Antes yo era como usted. Vivía, amaba, follaba, y no sabía nada sobre el azote. Ni tampoco sabía que fuera un arte, un arte que, como cualquier otro, requería de un talento que debía ser entrenado.
 
“Descubrí el azote por accidente. En gran medida, como lo hicieran Arquímedes y Newton, lo hice en la bañera y en el huerto, respectivamente. ¿Dónde podría haber tenido una revelación así sino en el calor de una cama, en compañía de alguien amado?
 
Tenía dieciocho años y ya había escogido la persecución del placer como objetivo general de mi vida. Mis amigos eran capaces de hacer muchas cosas por seducir a muchachas jóvenes, por sacarles algunos besos entrecortados y algunos sobeteos después de horas y horas de películas, baile, restaurantes.... Yo ya lo había averiguado, y me di cuenta de que salía más barato pagar a alguien que se dedicará a ello profesionalmente. Como mi ancestro, como todos los verdaderos libertinos, no veía nada reprobable en pagar a las mujeres por el placer que me proporcionaban.
 
“Gina trabajaba en casa. Conseguí su dirección de mi abuelo, Giacomo, que había sido el responsable de gran parte de mi educación. ¡Ah, Gina! Veinte años, pechos como cilindros a los que me agarraba para no deslizarme hacía abajo mientras me hundía en su sexo profundo, de labios rojos, cremoso y suave, que olía a albaricoque y coral. Gina tenía uno de los derrières más fantásticos que había visto jamás. Ella lo sabía, y no lo ocultaba. Me encantaba mirarla con unos tejanos ajustados a su piel, moldeando los dos generosos globos que sobresalían desde su cadera, balanceándose mientras se movía. La mayoría de las veces, para no perder el tiempo entre cliente y cliente, Gina sólo se ponía unas bragas, una sencilla tira de nilón transparente que suavizaba a la perfección aquellas esferas lechosas, perfectamente formadas. ¡Imagínesela!  Por delante, un resplandor de vello púbico en llamas adornaba sus carnosos labios, su ansiosa raja, su voluptuoso valle oceánico; por detrás, sus apetecibles medias lunas se contoneaban una después de otra como dos bailarinas en un tango embelesador.”
 
“En resumen, Gina me volvía loco, y yo no me arrepentía de los miles de liras que me gastaba en ella tres veces a la semana. De hecho, sólo tenía un remordimiento: Gina era una verdadera profesional. Mientras pagara el precio, cedía a todos y cada uno de mis caprichos: el “chino”, en el que la mujer dobla las piernas hasta la cadera, de forma que toque sus nalgas con los talones; o la “rana nadando”, en la que se pone boca abajo y envuelve con las piernas al hombre; la “misteriosa”, en la que se hace el amor en una silla, con la mujer dándole la espalda a su amante: la “cubana”, en la que el hombre se corre entre los pechos de ella, mientras ella los aprieta contra su polla... Ningún capricho le era desconocido. Era una funcionaria del amor, que adoraba las novedades, y que incluso inventaba sus propias variaciones y las sugería a sus clientes por una pequeña suma adicional. Pero seguía el código de honor de las prostitutas, y  Gina nunca se corría... Lo que me hacía sentir miserable. Sus suaves palabras, sus ánimos, sus respuestas chistosas... ni siquiera las obscenidades que susurraba en el momento justo conseguían consolarme de su indiferencia.”
 
“Por entonces yo era joven. No me había dado cuenta de que una prostituta que no se corre es más honesta que una amante que finge hacerlo. Y, generalmente, damos demasiada importancia a este aspecto. El placer nunca se encuentra donde los sexólogos afirman que debería estar.”
 
“Aquella tarde, Gina estaba sentada a horcajadas sobre mí. Yo estaba tirado en la cama: ella guió mi sexo con las manos hasta su gruta escarlata. Yo entré en ella con un movimiento de vaivén, mientras me susurraba cosas, me atraía de nuevo hacia aquel trance maravilloso.”
 
“Mi cuerpo estaba arqueado, mis manos agarraban sus suaves curvas neumáticas, cuando de repente levanté la mirada hacia mi dulce amazona. Tenía la expresión vacua de alguien que está pensando en otra cosa. Quizás estaba decidiendo que cenaría esa noche, o recordando por centésima vez la trágica relación entre Escarlata O’Hara y Rhett Butler: “Lo que el viento se llevó” era su película favorita. Y si en ocasiones aceptaba mis peticiones sin que yo tuviera dinero, era porque había un deje irónico en mi mirada que le recordaba a Clark Gable...”
 
“Al ver que estaba en otro sitio (en la cercana Atlanta, si mi intuición no me fallaba), me enfurecí. Cobrando vida propia, mi mano se levantó y golpeó a la prostituta en el trasero. Nunca había azotado antes a nadie. Nunca se me había ocurrido. Cuando leía escenas semejantes en las novelas eróticas, apenas me excitaban.”
 
“El resultado fue asombroso, Gina se echó para adelante y sus ojos se iluminaron. Inclinándose sobre mí, apretó sus labios contra los míos y metió su lengua en mi boca, explorándome, electrificándome. Repetí la acción, dándole un azote más fuerte y centrado sobre sus dos nalgas. Mi amazona gimió de placer. Tembló encima mío, y su sexo se volvió denso como el trópico... Ya no podía controlarme. Azoté ese culo, que cedía a mi goce ilimitado, ardiendo bajo mis palmas. Gina me acompañó con feroces gemidos indistinguibles de sus gritos de placer. Estaba extasiado. La habitación, los ruidos de la calle, la húmeda cama, dejaron de existir. Estaba pegado a aquellas nalgas, enrojeciendo su esplendor bajo mis manos. La eternidad, descubrí, era aquel culo que bailaba bajo mis palmas. Gina se retorció, suspiró, jadeó. Se empalo en mi sexo: estaba tan abierta que hasta le podría haber metido los huevos. Me cubrió con un flujo de lava, chillando como una loca hasta el límite de su voz. Yo le respondí disparando mi leche en ráfagas que parecían durar eternamente.”
 
“Cuando recuperé el sentido en la calle, volví a examinar la escena. Mis relaciones normales con las mujeres parecían de repente carentes de sentido. Había descubierto un raro placer en el azote; era superior a mí. Sólo me arrepentía de una cosa: había azotado el culo de Gina sin que yo pudiera verlo, de forma que no pude contemplar que aspecto tenía. Me imaginé como sería si volviera a hacerlo, pero esta vez observando el movimiento de sus nalgas desde detrás, dibujando mi gesto como una película a cámara lenta para saborearlo mejor, excitado hasta el punto de que casi no podía andar....”
 
Levanté la cabeza. Los ojos de Casanova seguían centrados en mí. Sin darme cuenta, yo me había metido la mano entre los muslos. Mi falda de cuero se había levantado por encima de mis bragas de seda. No estaba exactamente acariciándome, pero tenía la palma de mi mano apretada con fuerza contra mi sexo, como para calmar la palpitación que había ido creciendo en mi interior a medida que leía el libro.
 
- ¿Le gusta? – preguntó Donatien Casanova - ¡Pero no responda todavía! –añadió rápidamente-. Yo tampoco comprendía del todo la terrible atracción del azote. Estaba dotado de un don, es verdad, pero había que saber utilizarlo...
 
         A pesar mío, me bajé la falda de nuevo, cubriéndome todo lo que pude. Por primera vez, me sentí incómoda llevando una ropa provocativa. Aquel hombre, aquel extraño, me parecía tremendamente peligroso. Me había alterado en todos los aspectos, comenzando por el dicho de que uno nunca debe golpear a una mujer. “Ni siquiera con una rosa”, decía mi abuelo, “porque arruinará la flor y no mejorará a la mujer”. Pero yo habría ocupado alegremente el lugar de Gina. Me sentía ofendida porque, por un exceso de respeto hacia la famosa Eva Lindt, ninguno de mis amantes me había azotado nunca. Me habían acariciado, chupado, follado... ¡pero no me habían azotado! Tenían demasiado miedo de mi reacción. Pobrecillos, si supieran cómo lo ansiaba...
 
         La luz del sol entraba por la ventana. Casi sentía como si sus rayos hubieran llegado hasta mi sexo abrasador, como si estuviera desnuda. Casanova miró su reloj.
 
- Déjeme invitarla a una taza de café –dijo-. A menos que prefiera seguir leyendo...
        
Yo dudé, pero ya me había imaginado en el lugar de Gina. Tenía que saber qué ocurrió a continuación.
 
-         Un poco más tarde, gracias –dije.
-         Eso me parecía – replicó Casanova.
 
Aquel hombre era definitivamente peligroso. ¡Y condenadamente seductor!

 

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Milo Manara