Jacques
Sergüine
Elogio de la
Azotaina
Traducción de Ana
Herrera
F
Ediciones de Blanco
Saten
"Golpead y os
abrirán"
Mateo,
VII,7
"Profesor: el que se
aprovecha del azote" (1)
M. Leiris,
"Glosario"
1.
Juego de palabras.
Professeur: profesor.
Fesser: azotar.
(Nota de la
Traductora)
CAPITULO
I
Por
qué
Nosotros, me refiero a los
hombres, ya no azotamos a nuestras mujeres. Es posible incluso
que nunca las hayamos azotado.
Esta abstención, esta carencia, es escandalosa. Lo es porque de
ese modo nos privamos, y las
privamos a ellas, de una enseñanza, un acercamiento y un
placer.
Veamos lo que quiero
decir.
El trasero de la mujer es
una de las más nobles conquistas del hombre. Pierre Mac
Orlan,
hacia los años 30, para
caracterizar el tipo de imbecilidad, o al menos de inmadurez, de uno
de sus personajes, rústico
venido a más repentinamente, observa con justeza que ese grosero
todavia consideraba risible la
vista de un trasero femenino. Las costumbres sólo se modifican
lentamente, cierto, mucho más despacio
que las ideas. Admitamos, por consiguiente, que esa parte
admirable, sedosa y tierna, rolliza y
graciosa, y tanto más conmovedora cuanto que está
profundamente hendida, del cuerpo humano,
no nos mueve ya a risa como sucede a veces en los cuentos
árabes, sino más bien nos produce
esa imperiosa sensación de opresión en la garganta, de aceleración
del corazón, con ese
esponjamiento, por así decirlo, de los riñones, que fulguran sordamente,
tan exacta y suntuosamente
bella es esa parte, ofrecida y cerrada sobre sí, colmada y
exasperante, cándida y casi
intolerablemente provocadora; tan insultante, alegre, burlona, serena y
perversa.
El sexo de la mujer nos
resulta más familiar a los hombres. Lo conocemos desde hace
mucho
tiempo, o lo reconocemos al
menos, lo hemos domesticado o hemos sido domesticados por él,
lo
hemos penetrado, sostenido
en las manos, en nuestros sueños y entre nuestros labios. Lo
hemos
rodeado mientras nos
empuñaba. Pero el trasero permanece lejos de nosotros. ¿Qué
significa
eso?
Esta mujer, la mía para hoy
o para siempre, se desnuda. Su pecho es mi país.
Amaría
locamente a André Breton,
incluso sin ningún otro pretexto, sólo por haber suministrado
una
razón para no obedecer
incondicionalmente ciertas consignas del marxismo: que hay
pechos
demasiado
bonitos.
¡Si! Y eso vale, se
sobreentiende, para todo lo que tiene mi mujer: sus hombros, sus brazos,
el
vientre, la pulposa concha
hinchada, radiante y sombreada, partida como sugiriendo otra
grieta, de su sexo. Todo eso me
resulta íntimo y cercano, incluso si esta noche solamente, o por
el contrario día tras día, lo
deseo hasta perder buena parte de mi sentido común, y de mi
aliento, todo de golpe. Mi mujer se
vuelve, o la vuelvo yo mismo, aunque esté de pie, sobre la cama
o sobre mis rodillas, como
una crèpe caliente, como una gavilla caliente. Realmente, reconozco
suespalda muy bien, la cara
dorsal de sus muslos y sus piernas, la sombra prolongada de su
sexo.
Oh, sí, pero es el
maravilloso trasero al que quiero llegar, por supuesto, y lo que me
asombra
continuamente. Se diría que
me fulmina, es resplandeciente y dulce, desencadena mi hambre y
mi sed y por fin me vuelve
loco. De verdad, hace de mí un loco, una criatura trastornada
como
un.conejo despellejado, un
caníbal. Cierto es que desde los tiempos psicológicos y afectivos
de los héroes de Mac Orlan
hemos inventado mucho sobre el trasero femenino. Yo no me río
en absoluto, lo beso, lo tomo
y lo lamo tanto como puedo, lo acaricio, lo araño, lo muerdo y lo
como también todo lo que puedo,
no dudo ni un momento, o apenas un momento en hacerle el
amor.
Sin embargo, más que la
profundidad vertiginosa y prensil del sexo, parecen ser la
misma
convexidad del trasero, su
masa, su equilibrio opresivo de roca densa por encima del vacío
los
que permanecen inaccesibles
y a la vez tan inmediatos, querría escribir tan inminentes,
de
perfección y de presencia,
realmente como la bóveda del cielo y, tal como ésta,
lejanos,
desesperantes en la mesura
o en la desmesura misma en la cual arrancan de lo más hondo de
mi
el grito extremo del
sempiterno anhelo de amor.
¿Qué hay de infantil en
esto, realmente? Creo que si alguna cosa en el mundo ha debido ser
la
presa y el destino de
cualquiera que se considere un hombre, o simplemente se crea adulto, es
ese trasero mágico, turbador,
milagroso sin lugar a dudas.
Sin embargo, ya no azotamos
a nuestras mujeres. Quizá no las hemos azotado
nunca.
El término mismo, una
azotaina, que por mi parte encuentro más carnal, más sugestivo
y
gentil, más burlonamente
picante que la palabra de la que deriva, las nalgas1, tan feo y
tan
pesado, ese término parece
estar asociado en el espíritu masculino y en general del adulto a
un cierto mundo de la
infancia. O bien a una pura perversidad, si no a una perversión, con un
matiz libidinoso, con todo lo que
ello implica de débil, senil y malsano.
Un cierto mundo de la
infancia. Es fascinante para mí leer, cuando consulto la última
en
aparición de nuestras
grandes obras lexicográficas, el Diccionano alfabético y analógico
de
Robert: AZOTAINA: Golpes
que se dan en las nalgas. Dar una azotaina a un
niño...
Y más allá: AZOTAR: Pegar
dando golpes en las nalgas. Azotar a un niño para
castigarlo.
Por todos los santos, ¿qué
es lo que ha podido unir, en la mayoría de las mentes, el trasero,
o
el uso delicioso que de él
se puede hacer, con el mundo de la infancia, de manera tan
estrecha
que los dos ejemplos
destinados a ilustrar el uso habitual, en una lengua, del primero, se
refieran los dos al segundo? Dar una
azotaina, una azotaina a un niño. Pero, demonios, ¿por qué no a
una mujer, a la mía, a la
vuestra, o incluso por qué no a un hombre, si uno se preocupa por la
lógica, como es mi caso? ¡Azotar a
un niño para castigarlo! Volveré luego sobre el concepto de
castigo, que parece tan unido a la
encantadora idea de la azotaina. Pero incluso reconociéndolo, ¿por
qué precisamente a un niño? Es
absurdo. Azotar a un niño para castigarlo, ¿qué quiere decir
eso?
Suponiendo que uno tenga, o
que la azotaina tenga en sí misma una vocación punitiva, ¿por
qué
ésta debería dirigirse, con
ese rabioso exclusivismo, a un niño? ¿Somos, en materia de
traseros, amantes de los niños? ¿O es
que las mujeres, o los hombres si uno se preocupa por la lógica y
la justicia, como es mi caso,
no poseen sus propios traseros? Insistamos en que es absurdo.
Los lexicógrafos son, por otra
parte, los primeros en saberlo, porque no tardan en citarnos,
acontinuación de sus
«azotaina» y «azotar», un ejemplo literario ilustre: no el de
Jean-Jacques Rousseau, bien alcanzado en
sus dignidades fundamentales cuando era un niño, sino el
del Cándido de Voltaire, que
era de lo más adulto cuando tuvo la suerte de ser de tal modo, y
además rítmicamente según el
texto, azotado.
Después el carácter
libidinoso, definitorio, según Paul Robert: quien se abandona sin pudor
a
bajos apetitos sensuales o
viciosos. Un viejo libidinoso. Quiero creer que ya no se hace caso
de los pequeños manuales, ésa
sería la palabra, tan repugnantes, que, para las intenciones de
esos viejos, y cualquiera que
sea la edad de éstos últimos, la describen, aplicándola, y ésa
seria también la palabra, a
adultos, pero corrompiendo al mismo tiempo, y seguimos con las
palabras, el uso en sí honorable, no
reconocido y aquí pervertido de la azotaina.
Aquí, en efecto, es
demasiado fácil descubrir, por desgracia, una pura y simple, o más
bien
impura y complicada receta
de excitación, de titilación, dedicadas no a esos adorables
traseros que son mi objeto y mi
meta, un horizonte mirando hacia el cual se puede morir realmente
de deseo y de vida, sino, de
forma abyecta y grotesca, en cuanto vana, a esos ojos polvorientos de
no ver o de no verlos ya más,
a esas manos secas de no tocarlos, a esos cerebros que no
losconciben, o apenas, a esos
sexos muertos tras sus condecoraciones y sus
plumas.
Parece, pues, eso todo lo
que podemos encontrar de forma rápida a propósito de
traseros
comestibles y graciosos,
sí, tan graciosos, los muy astutos, traidores, y a propósito de
azotainas.
Cándido es azotado al ritmo
de la música. Se azota a los niños para castigarlos. En fin, en
el
secreto mucilaginoso de no
sé qué pensionados o cuartos oscuros, resumen de sesos
idiotizados para el uso de cuerpos
impotentes, se azota a nuestras adorables compañeras. Pero esto
siempre sucede en los libros, y es
otro el que azota, y también es otra la azotada: por lo tanto, no se
trata de nuestras compañeras ni
de nosotros, ¡no existen los traseros, son historias sin fundamento,
no hay
azotainas!
Pues bien. Todo eso es lo
que deseo cambiar, y dado un proyecto de una importancia tal,
se
comprenderá que mantenga la
primera persona para expresarme. No creo ser un niño, ni
un
amante de los niños, ni
tampoco un viejo o un pervertido. Tengo treinta y ocho años, gozo de
una virilidad razonable,
irrazonable alguna que otra vez, y me apasiono desde hace un cuarto de
siglo, ya que mis descubrimientos
fueron precoces, demasiado quizá, me digo a veces, por la parte
más interiormente sexuada de la
especie humana. Para los que no saben leer, precisaré que son
las mujeres a las que me
refiero.
Bien. Dejemos a un lado a
los vejestorios, para los cuales no escribo, y para los que no
se
refugian en la cálida
sombra de su lencería clara los amables sexos y traseros
femeninos.
Descartemos también a los
niños, a todo lo que sea pre-núbil y pre-púber. Me gustan los
niños con locura, y ellos me
correspondén casi siempre, pero soy un hombre, y para mi no
se
relacionan en absoluto con
el erotismo ni con el amor.
Deberíamos azotarlos, al
parecer. El señor Paul Robert lo sugiere, así como el Littré y
el
Larousse, de lo cual cabría
deducir que se trata de una opinión o un uso muy extendidos. Aquí
y allá en los periódicos,
revistas y artículos, la cuestión, siempre aludiendo a esa asociación de
la azotaina y la infancia,
reaparece. Un día se trata de educación, otro de América del Norte o
tal vez de los anglosajones,
otro de contestación, sea lo que quiera que esa palabra signifique,
e incluso de complejos,
traumatismos y psicoanálisis.
Las mismas viejas historias
resurgen en esas páginas: Jean-Jacques Rousseau, ya
mencionado,
aquella condesa de Ségur,
nacida Rostopchine, mi tío de la Colonial y el espíritu de los
colegios ingleses. Pues bien,
establezcamos de inmediato que no, en absoluto, nunca, en ningún caso
y bajo ningún pretexto hay
que pegar a los niños. ¿Por qué? En primer lugar, por falta de sitio.
Sus traseros, aunque resulten
muy graciosos, son aún demasiado pequeños, ya lo ven. Y
después, porque duele. Pero a una
mujer, a mi mujer, ¿no le duele también? Sí, pero sucede que a ella
le gusta, esa es la
diferencia. Volveré también sobre este punto. Lo que afirmo, de todos modos,
es que no seria útil, y por lo
mismo resulta odioso, hacer sufrir a un niño, a un bebé, o de
semejante forma a un perro, un gato.
Ellos no pudieron defenderse: es totalmente arbitrario, por
tanto, pedirles que comprendan.
Por lo demás, de todos modos, si en un momento cualquiela
vuestro hijo os exaspera, pegadle,
Siempre será mejor que odiarle. Sencillamente, por caridad, no
hagáis un drama. Que él sea el
primero en no ver en el hecho sino una variación un poco picante
del gran rumor del mundo: es
normal y legítimo que él se esfuerce en dominar, o al menos
igualar ese rumor con un ruido
personal más fuerte, aunque sea a expensas de los oídos y la
paciencia adultos. Que la azotaina
que esa ambición y esa audacia pueden atraerle al fin no sea jamás
más inesperada, más egoísta,
más injusta que un chaparrón de un día de abril. Por favor, no
la acompañéis de la virtud.
Hablad solamente, y os entenderá: un niño, incluso un bebé, es un
ser humano, ¿no es cierto? No
le atropelléis, sobre todo, con vuestras disculpas, vuestras
excusas, todas esas razones que
nunca son sino justificaciones. Supongo que cualquiera puede
entendercuál es la noción de
castigo, que resulta ser de una ignominia inigualada. Un ser humano debe
ser libre, lo que significa,
entre otras cosas, que no debe ser humillado. Hay lluvia, igual que
existe el sol, y algunos azotes
pueden, en rigor, condensarse, a partir de una cierta carga, y
llover también. Por experiencia sé
que muchos adultos no podrán jamás bajo ningún concepto recibir
de sus hijos ninguna luz, ni
la más mínima educación.
Bien. O tanto peor. Pero
que al menos esos adultos no compongan los doce cantos de
una
nueva lliada, ni erijan las
columnas de una religión que no quemaría incienso sino ante el dios
de su propia estupidez, de su
debilidad, de una flaqueza que resulta, en fin, tanto más
imperdonable cuanto que siempre se
disfraza de pèremitaine y croqué-fouettard2.
Es a nuestras mujeres que,
no siendo ya niñas, sin embargo son tan jóvenes, tan tiernas
y
encantadoras, y tan
perversamente dulces, y tan extrañamente obstinadas, es a
nuestras
compañeras adorables a
quienes hay que azotar. ¿Pero por qué?
Quede bien entendido, en
primer lugar, que no se trata ni del frenesí nietzscheano: «Si vas
a
ver a una mujer, llévate el
látigo», axióma característico del virgen y el impotente; ni de
esas
sabidurías de hormiga
suspicaz: «Pega a tu mujer aunque no sepas por qué: ella sí lo sabe»,
cuyas pretendidas y bribonas
atribuciones islámicas no ocultan demasiado que emanan, y de
forma bastante directa a decir
verdad, de un pueblo y una civilización de grandes patanes,
hombres ruines y cornudos.
Realmente, la mujer también es un ser humano. Ella también goza de un
alma inmortal, y se
sobreentiende que su trasero formá parte de esa vida y esa alma. De forma que,
o bien no amo a las mujeres,
y entonces me importa un bledo su trasero, o bien si, y no
querría rebajar y escarnecer su
alma a costa de su trasero más que castigar éste a costa de aquélla. Por
lo tanto, no hay
discriminación.
Ya he explicado que la
noción misma de castigo me horroriza. Sin embargo soy
puritano,
porque creo que hay que
escoger lo mejor, y resignarse gustosamente antes a lo mejor que a
lo
peor; porque soy enérgico,
voluntario, voluntarista, e insatisfecho de todo excepto de un
estado de felicidad. ¿Qué
entonces, repito?
Ya he dicho que una
azotaina dada, me resisto a la palabra administrada, que hace
pensar
demasiado en un
medicamento, dada pues por un adulto a otro adulto, y como de mano a
mano,
aunque seguramente aquélla
no se extravía sino en la medida en que ésta la conduce a su
propio objetivo, ya he dicho que
este tipo de azotaina puede convertirse en una ocasión a la vez
de acercamiento, enseñanza y
placer.
Tolstoi, hacia el final de
su vida, rogaba a un hipotético dios, el cual no debía de ser,
se
supone, sino su propio
viejo cerebro agotado por los males antiguos, sin hablar de la
vergúenza personal, secreta, de ser
rico, aristócrata y escritor, rogaba pues a ese cerebro divinizado que
le concediera el doble don,
que a la larga constituye, según parece, uno sólo, de las ideas claras
y las palabras
sencillas.
Yo no soy noble ni rico,
pero sí bastante escritor, y como todo hombre que merece más
o
menos ese nombre, o aquí
adjetivo, quiero a mi vez intentar ser claro, siempre más, y
sencillo,
jamás menos. Que mi cerebro
todavía joven me permita pues rogarle, suplicarse a sí
mismo
observar todo lo que pueda
el orden, la simplicidad, esa claridad y, ya que estoy en ello,
abordar de manera sucesiva el
placer, la enseñanza y el acercamiento que dos adultos, pero sobre todo
un hombre y una mujer, puedan
obtener del uso de la azotaina.
Ya estamos llegando a ello.
Hace años, quizá, estaba enamorado de una muchacha. Ella
tenía
diecisiete años, o
dieciséis, o dieciocho, y yo no me enamoro todos los días. Pero, ¿la amaba
yo?
Bien mirado, diré solamente
que ella era la primera mujer en mi vida para este tipo de amor.
Sus padres habían muerto los
dos poco tiempo antes. La llamaré Michèle, siempre en pasado, ya
que éste no es su verdadero
nombre. Pusimos en común unos escasos, intermitentes,
azarosos
recursos, alquilamos un
pequeño apartamento y vivimos juntos. No sé si juntos realmente.
He
conocido un amor, amores,
pero el amor del que hablan los otros, no estaba muy seguro
entonces, y no lo he estado hasta
estos últimos años, de saber si existe y lo que es. En fin, vivimos
uno junto a otro. De día y de
noche. Cuando Michéle se alejaba, me sentía mal. Cuando la
dejaba, ella me recordaba. Cuando
estábamos uno frente a otro, nuestros mismos esfuerzos por
amarnos, quiero decir con un solo
amor, rompían ese amor disociándolo, y los fragmentos caían en
la misma lasitud amarga que la
de los cuerpos que no se comprenden. Ahora bien, no puede
haber discriminación. En esa
época yo era violento, no con una violencia física, suponiendo aún
que ésta pudiera tener un
sentido, sino con toda la rabia, todo el orgullo y la tozudez de
esos caracteres dominantes para
los cuales no ofrece discusión que el hombre crea su propia vida,
y no al contrario, la vida al
hombre.
Michéle, quizá dominada por
primera vez, sufría por no ser un hombre. Sin embargo,
me
amaba. También era
necesario que me admirase, pero entonces eso la humillaba, o que
me
humillase, pero entonces se
menospreciaba. Así, a través de los días y las noches, y todos
esos
días siguientes que no son
sino otros días de hoy. Sin embargo, yo la amaba. Pero no
llegábamos, no llegábamos nunca a
puerto, a esa patria eterna que a despecho de toda pretensión
romántica persisto en creer que debe
ser el amor. Entre un hombre y una mujer que sin embargo se
aman, que buscan desesperadamente
amarse, ya que fuera uno del otro no pueden vivir, hay
una situación, un tipo de
relaciones si se quiere, muy corriente, me parece: una tensión de uno
hacia el otro, quizá como la
punta de una flecha, que al penetrar hiere, y desgarra al retirarse. Día
tras día, es cierto, noche tras
noche. Y quiero repetir que el alma no es distinta del cuerpo,
lassensaciones de los
sentimientos. A menudo, porque ella lo deseaba de una manera oscura, fuese
ono para castigarse por una
falta que se atribuía, o que se dejaba atribuir, o a veces, por
el contrario, involuntañamente
por completo, Michéle me atacaba y me hería. Yo no quería
herirla, a cambio, yo la amaba, o
intentaba amarla, y siempre he odiado cualquier tipo de venganza,
de rencor o de opresión. Me
esforzaba por contener, hacer callar en mi una violencia congénita, o
en mi caso también adquirida,
a pesar de mi mismo, bajo la presión de otros ataques y
otras violencias, antes de mi
encuentro con Michéle y bastante antes de su amor. Me
esforzaba violentamente en ser
paciente. Se trata de una acrobacia absurda, como todas las acrobacias.
Yo razonaba, cuestionaba y
discutía, esforzándome, como todos los que están
locamente enamorados, en no abandonar
el terreno, durante tanto tiempo probado como sólido, de la
lógica, de una lógica, del sentido
común al cual finalmente vamos a parar todos. Michéle odiaba
la lógica, puesto que me
amaba, porque al amarme, me odiaba o se odiaba, no siendo capaz
de escapar a la espantosa
alternativa, y porque si ella hubiera debido convencerse, lo habría
estado antes de las palabras, las
mías, las suyas, antes de toda demostración, toda prueba: he
creído siempre que el amor no se
prueba, y que es, como la propia existencia, una prueba en si
mismo.
Michéle habría debido
convencerse a favor de esta pura y simple existencia; la de un
sentimiento, que precede evidentemente a
toda lógica, ya que es siempre la causa de la misma, y nunca
puede ser el resultado. Si,
ciertamente, es una espantosa situación, y es conocida, muy sabida,
la obligación de alejarse, de
abandonarse, en el mismo esfuerzo en que nos intentamos
aproximar.
Resultaba que, o bien a
fuerza de querer domesticar, encadenar mi paciencia y mi amor,.
de
golpe se contraían como un
puño o una mandíbula de metal, y me servia de él, muy a mi
pesar,
para, con un brusco
estallido de fuerza, de luz y de una especie de helado calor, aplastar
a
Michéle, espantarla y
hacerla callar. O bien casi la convencía, y entonces, ya lo he dicho, ella
me odiaba, y se odiaba a si
misma, ya que lo que yo conseguía probar de ese modo era sólo
que
amándome, ella no me amaba.
Entonces ella intentaba herirme aún, cada vez mejor, o cada
vez
peor, aterrorizándome y
amordazándome. O, por fin, nos asqueábamos el uno del otro,
quiero
decir mutuamente, y cada
uno por su lado, y, uno al lado del otro, aterrados, mudos, cada uno
de nosotros se contemplaba
sólo a sí mismo, era como mirar al vacio, lo cual resulta imposible, y
loque había sido; y
continuaba siendo mal que bien, nuestro amor, pero que se encontraba
siempre, espantosamente, allí donde
nosotros no estábamos, parecía envolvernos, rodearnos como un
agua muerta, corrompida,
estancada, adornada aún por más fascinación, más ironía cruel,
más brillantes y engañosas
promesas que los espejismos en el desierto. Recuerdo que sólo pegué
a Michéle algunas veces. Pero
de dos entre ellas he conservado un delicioso recuerdo. Y creo
que ella, al fin, me ha
perdonado menos no haberla azotado antes y más a menudo, que el
haber tenido un día la idea
extraña, y extrañamente evidente, de atravesar nuestros
antagonismos, nuestro amor propio,
nuestros excesos de palabras y de silencios, lo que viene a
significar nuestros pasados
respectivos, el peso de cuya nada puede oprimir tanto, ver agotarse cada
hora presente, tan lentamente
presente mientras se desliza, rozándolos al pasar, entre los dedos
que fracasan y no consiguen
unirse para retenerla, atravesar, pues, todo eso, simplemente
echándola sobre mis rodillas,
despojándola sin una palabra del vestido de su dignidad, pero de la falsa, y
de la dignidad, no menos
falsa, de su vestido, y así, incluso sin estar realmente desnuda, lo que
crea, cuando uno no consigue
amar- se, otra armadura, otra espantosa barrera, pero en
seguida desnuda, de aplicar, en la
brillante redondez de su pequeño trasero, y en verdad no era
tan pequeño, la evidencia, tal
como lo he dicho, la inminencia, la urgencia, la omnipresencia y
la omnipotencia, no menos
abrasadoras, de mi amor y, en la misma manifestación
repentina, arbitraria, pero
milagrosamente coincidente, del suyo.
Si, lo recuerdo. No
vivíamos aún en el apartamento minúsculo que sólo abandonamos
al
perdernos. Era otro
apartamento, mayor, más feo y sucio. De vez en cuando yo podía disponer
de él, y nos encontrábamos
allí para amarnos, para hacernos el amor, para vernos. Quizá
fuera verano entonces, porque me
parece que había mucho vacio en las calles, en las casas a
nuestro alrededor. No sé por qué
Michéle, que enarbolaba la desnudez como una declaración de
los derechos de la mujer,
llevaba en esa ocasión un camisón bastante largo. Era a las dos o las tres
de la mañana. Habíamos
apagado, encendido y vuelto a apagar de nuevo, un número indefinido
de veces -y eso correspondía,
irrisoriamente, a lo que se llama el resplandor de la esperanza-
la lámpara de cabecera que
flanqueaba el espantoso lecho donde intentábamos amarnos y
dormir.
Se puede dormir tan bien,
cuando se ama y se es amado. Ciertamente, no habíamos hecho
el
amor. La noche era cálida,
pegajosa, después fría porque se alejaba y teníamos hambre y sed
de ese amor que nos huía una
vez más con ella, y del sueño que rechazábamos porque está claro
que para todos aquellos que no
consiguen amarse, es la vigilia, los ojos abiertos, el corazón
apretado pero abierto, el cuerpo
plegado y helado, pero abierto, lo que representa una última
oportunidad, una última posibilidad, en
la cual sin embargo ya no se cree, de llegar a puerto y a la salud.
Yo imaginaba, sentía sin
tocarlo el cuerpo de Michéle a mi lado, como esos espejismos y
ese desierto, frío, desnudo,
hostil, exasperante para el hambre y la sed, decepcionante y
engañoso antes incluso de haber sido
experimentado, más tenso y árido que la cresta de las olas de
arena que blanquean entre la
noche y la luna. Me parece aún ahora, aunque no estoy seguro de
que fuese con palabras, que
Michéle me preguntó, todas las mujeres lo preguntan siempre
cuando aman así a un hombre, lo
que pensaba hacer -si hubiese hablado, habría debido añadir: ahora-,
y que yo dije, como si
hubiera pensado largo tiempo en ello, pero de cierta manera era así,
he explicado ya hasta qué
punto los traseros femeninos, por otra parte no tan pequeños en
realidad, aunque no me gusta que sean
muy gruesos, me han atormentado siempre de forma
maravillosa, yo me dije, pues, que no me
venia o no me quedaba ya sino una idea, un deseo. Aún puedo
tiacer una cosa, dije. Y
ciertamente, a pesar de la cálida impaciencia que me invadió al mismo
tiempo que la idea y el deseo, no
pensé demasiado en bromear, ni en reír. Yo amaba o deseaba amar
a Michéle, eso podía ser
alegre, pero no risible. Y entonces todo se hizo, por unos instantes
al menos, tan caluroso y
fácil, tan sencillo, Michéle, en la cama, se encontraba a mi derecha, y
me acuerdo de que la oscuridad
era bastante espesa aún, o que yo estaba demasiado fatigado
para vislumbrar su cuerpo de
forma precisa. Pero yo sabia dónde estaba, y quién era. La
amaba.
Deslicé el brazo derecho
bajo la cintura de Michéle y la levanté, incorporándola al
mismo
tiempo, atrayéndola hacia
mí y curvándola más sobre mi vientre y a través de mis muslos que
en mis rodillas, como había
dicho antes. Ignorando lo que yo iba a hacer, Michéle se prestaba,
sin embargo, a lo que yo pedía
o sugería de esa forma, y suponiendo que no hubiera tenido
otras razones para amarla, sé que
lo haría ahora por esa obediencia: no porque desee ordenar ni
mucho menos aún avasallar, sino
porque ella no era sino una confianza persistente, un deseo no
menos absoluto y loco que el mio
de plegarse a todas las tentativas, las más imprevisibles, quizá
las más irritantes, que podían
darnos aún esa oportunidad, esa posibilidad, un puro pretexto o
una simple ocasión de unirnos,
de aproximarnos y conocernos, de amarnos en definitiva como ya,
sin conseguir acercarnos,
comprendernos y unirnos, nos amábamos. Entonces remangué casi hasta
la cintura el largo camisón de
Michéle con su pequeno trasero desnudo, inocente y ofrecido en
la semioscuridad, y me
apliqué a darle una sonora azotaina. Primero inseguro respecto al grado
de fuerza, el ritmo mismo que
debía observar: tal como lo he expuesto, nunca había golpeado ni
a una mujer, ni a un niño, ni
tampoco a un animal. Después, rápidamente, llevado por la fuerza y
el ritmo, sin tener que
calcularlos; por una especie de respiración que les es propia, como puede
ser el caso del placer físico y
del amor. Por lo demás, como ese amor y ese placer, una azotaina
que uno da se revela siempre
muy diferente, a la vez curiosamente irreductible y no superponible,
de aquella que uno ha
imaginado, o incluso que uno ha decidido, de manera consciente y
deliberada,
propinar. Realmente, aún
ahora no sé cuál es la más bella, mientras que silo sé para el amor:
el más bello es el que se
hace.
De aquella noche recuerdo
el flujo demasiado brusco, demasiado violento de sensaciones y
de
emociones, incluso cuando
hube descubierto la respiración de que hablaba. Pensaba en
la
impotencia voluntaria y
querida de Michéle, en su desnudez, en su calor y, al mismo tiempo,
en
mi brutalidad. Me parece
que podría decir que una ternura y un amor salvajes,
jadeantes,
turbadores, me oprimieron
en seguida, como bajo una profunda y vasta capa de calma, incluso
de serenidad. Vivía de forma
inmediata ese amor y esa ternura y, en el mismo instante, en el
mismo segundo, tenía el
presentimiento y el adorable recuerdo. Eran como lagos de infinita frescura
que espejean en un rayo de sol.
No he sabido nunca en qué momento comprendió Michéle que
le estaba dando y que estaba
recibiendo una azotaina. Sin duda el primer golpe le dolió al
principio, pero estaba sorprendida
aún. Su pequeño trasero pareció contraerse de manera instintiva, y
quizá emitió un breve grito
ahogado. Antes de haber podido reflexionar, continué golpeándola,
y entonces fue muy
satisfactorio, porque Michéle y el cuerpo de Michéle reconocieron la
azotaina y, habiéndola reconocido,
la admitieron, su trasero se entregó verdaderamente, se abrió,
él también, al parecer, muy
tranquilo bajo la ardiente ráfaga. Aproveché ese acuerdo para
prolongar la azotaina. En lo que a
mirespecta, fue en ese momento cuando comprendí que la azotaina
era para Michéle útil y
bienhechora y, casi seguramente satisfactoria. Después, de nuevo
el sufrimiento o la quemazón
la ganaron, y Michéle se agitó. Su pequeño trasero se apretaba,
se tensaba y se abría a cada
golpe, como en una involuntaria e inconsciente tentativa de
apartarse, de escapar. También fue en
ese momento cuando estuvo tentado de parar. Pero, de
manera paradójica, creí que era
una prueba no sólo de debilidad, sino de egoísmo, como si yo no
hubiera hecho sino sustituir, y
casi para mi solo, otro placer por aquél que nos huía. Quizá se
pueda encontrar ahí esa faceta
bastante puritana, apasionada y buscadora de moral, aunque
seguramente nada represiva, ni para los
otros ni para mí: moralizante más que moralizadora. Azoté pues
aún durante unos instantes más
a Michéle, con más energía si cabe, haciéndola ondular, suspirar,
y después comenzar a
retorcerse un poco y levantar por última vez su encantador trasero, y
dejarlo
reposar deci didamente,
reposar, todo abierto y cálido, pero siempre como sumergido en
una
especie de frescor, en el
momento mismo en que yo por mi parte la qolpeaba por última vez,
y
después
cesé.
Me parece que casi en
seguida uno de los dos encendió la luz de nuevo. A los dos nos
bastaba
con alargar el brazo. Sin
embargo, debí de ser yo, porque experimentaba un deseo apasionado
de ver a Michéle y su trasero.
Desearía que esa curiosidad no evocase ninguna dialéctica
del verdugo y la víctima. Pero
me gustaría decir que el gracioso y turbador trasero de Michéle
estaba casi completamente
escarlata, ella tenía por naturaleza una piel tostada o dorada y mate, y
decir también que Michéle se
prestó a ese examen, vergonzoso y feliz, muy ávido, con
una complacencia que sugería
por su parte sin lugar a dudas la satisfacción y una especie de
orgullo.
Era yo quien habla abierto
y vencido el aislamiento, el estrechamiento y
replegamiento
ostentosos, llenos en
definitiva de arrogancia y de menosprecio, de suficiencia y de
falsa
inocencia, de su trasero.
No menos cierto que era ella quien había querido que esto fuese así.
Ella había dispuesto de mi
mientras yo disponía de ella, e inversamente o consecuentemente hasta
el infinito, lo que se puede
considerar como una de las características propias del amor.
Rocé apenas la carne como
florida de enrojecimiento, con la textura tan deliciosamente gruesa
ahora, usé con voluptuosidad su
relajación para sumergir el dedo, tan profundamente como pude, en
lo que constituía según toda
evidencia una invitación y un alojamiento naturales para él, lo
saqué, me incliné a fin de
presionar con mis labios en su lugar y pregunté a Michéle si le había
hecho daño. Ella dijo que si, cón
un tono cuya modestia sugería también de forma irresistible el
orgullo y un placer, una felicidad
incluso, sordas y salvajes. No tuve más que esbozar el gesto de
volver y enderezar a Michèle. Lo
hizo ella por si misma, con una extraña impetuosidad, casi sin
tomarse el tiempo necesario o
pareciendo no preocuparse de llevar hasta las rodillas o los tobillos
el camisón que yo había
levantado, olvido o indiferencia por el cual la amé y la deseé aún
más intensamente. Michéle me
rodeó el cuello con sus brazos y hundió su cara en el hueco de
mi hombro estrechándome,
visiblemente con todas sus fuerzas. Pero, en el fondo de mi mismo,
sin saberlo incluso quizá,
debía yo de temer perder el beneficio, el uso inmediato y sucesivo de
la azotaina que acababa de
darle, del relajamiento delicioso que aquélla acababa de imponer a
su carne más secreta y, al
mismo tiempo, a una parte de su voluntad, sin duda la menos
controlada, y de su espíritu. Nos dimos
la vuelta rápidamente, ahora ya echados, Michéle a mi lado y un
poco debajo de mí. Como la carne
profunda, íntima, interna de su trasero, la de su sexo, su textura y
su pulpa misma eran
infinitamente dulces, húmedas y sin embargo punzantes y ardientes.
Un instante muy breve, pero
dilatado, de una manera casi insoportable desde el interior, si se
puede decir así, mis dedos como
dotados de golpe de una conciencia dilatada y autónoma
juguetearon por allí, y verdaderamente
era un juego para morir sin aliento y de alegría total, encontrada
de
frente como un lobo en un
rincón del bosque, y después introduje mi propio sexo hasta la
guarda que no guardábamos ni él ni
yo, ni tampoco Michèle, espero, como uno elegiría por un exceso
de placer extraño sumergirse
entero en la lava exquisita, exquisitamente torturante de un
volcán.
Más adelante durante la
noche, Michéle me dijo que si cualquier otro ser humano
hubiera
simplemente esbozado el
gesto o anunciado la intención de golpearla, de cualquier forma
que
hubiera sido, ella le
hubiera antes arañado la cara y arrancado los ojos. Entonces, claro,
le
pregunté que por qué no a
mí, y sin duda era menos por curiosidad que por el placer, gratuito
si se quiere, como todos los
placeres, pero no existe nada más necesario, de oír una respuesta
que creía conocer ya muy bien.
Y Michéle dijo, en efecto, que ella me amaba, y que le era por
tanto lícito preferir someterse,
intentar que le gustase eso también. Estoy seguro de que ella utilizó
la palabra sumisión y, por
vanidad masculina, me halagó. Yo pienso también que un amor, que
todo amor precede al amor propio
con mucho, mal que le pese a una escuela extendida, a través de
las épocas y las modas, de
moralistas y pretendidos, o así llamados, analistas del corazón
franceses.
Michéle, su capacidad de
hablar, de hablarme suelta y suavizada al mismo tiempo que
su
cuerpo, lo que prueba una
vez más que éste arrastra al alma, al mismo tiempo que ésta lo
arrastra a él, Michèle me dijo
también que, en todo caso, valía mil veces más una azotaina como
aquélla que acababa de darle que
las discusiones desagradables y estériles, y que los aterradores
silencios donde, hasta ahora, se
había hundido cada una de las innumerables tentativas de resolver,
o simplemente de conciliar
nuestras desavenencias, nuestras diferencias.
Tengo razones para creer
que después de aquellas pocas palabras concebí la primera idea de
la especie de teoría,
racionalización y sistematización de este elogio que estoy
escribiendo.
Sin embargo, ya lo he dicho
antes, no azoté a Michéle muchas veces. Mi propio amor, ya
falto
de una sustancia que ella
fracasaba en proporcionarle, no me afectaba más que a mi solo, y,
de esta forma, no era en
realidad un amor, lo que, además, debía significar ineluctablemente que
no lo había sido jamás.
Ciertamente, recuerdo solamente otra azotaina que me pareció encantadora
y quizá una o dos más que no
lo fueron, y no podían serlo ya.
Fue junto al mar, allí, en
Bretaña, en una villa que compartíamos por unos días, o mejor
aún
unas noches, con otras
personas. La presencia de éstas creaba un obstáculo suplementario
entre Michèle y yo; no podíamos
ni amarnos ni, en caso de necesidad, y qué espantosa
necesidad, perseguirnose a gusto. Yo
tenía un coche en aquella época, lo había comprado por Michèle,
y cuando Michéle se fue, el
coche acabó de arruinarme. Realmente, todo aquello podría o
deberíadivertirme.
Pero no importa. Me parece
que Michèle había tomado prestado el coche, mientras yo
dormía
aún, para ir a montar a
caballo. Cuando volvió, los otros ocupantes de la villa remoloneaban
por allí. Yo mismo remoloneaba
también, lentamente, como todas las mañanas de mi vida.
Además, esa gente me aburría y me
cansaba. Michèle, he olvidado la ocasión, el pretexto, empezó
a refunfuñar desde que
volvió. El coche se le había resistido, y quizá también el caballo. Se
tumbó, estaba cansada. Debíamos
compartir el desayuno de nuestros exasperantes coinquilinos, y
por supuesto en el último
momento Michèle decidió rehusar. Pero no hay último momento, o es
ya demasiado tarde, entre un
hombre y una mujer que se aman todavía, pero que ya se aman mal.
En lo que a mi concierne,
sucede que dispongo de la paciencia extravagante de los
impacientes.
Durante cun largo rato
anduve de un lado a otro entre la mesa, donde multiplicaba las excusas,
y la cama, donde Michèle, a
quien soportaba, se ingeniaba por su lado para hacerme multiplicar
las súplicas. Poco a poco me
entraron ganas de darle unos azotes y de reírme a carcajadas.
Michéle me habia amado durante
bastante tiempo, y me amaba aún bastante, para adivinar
rápidamente ese deseo. Crispó pues sus
rasgos más que nunca, tenía una frente bella y oscura,
ensombreció también su mirada, y se
esforzó en hacer todavía más intolerable su actitud. Incluso
consiguió hacerme reír, en efecto,
cuando se dignó, con una mueca desdeñosa, aceptar el único plato
que nuestro altercado me
permitió probar, y del cual me privaba por amor a ella, haciéndoseme
la boca
agua.
Por fin pude abandonar la
mesa de una maldita vez, harto de esperar, con el
sentimiento
excitante y sofocante de
ser un condensador a punto de cargarse hasta estallar de electricidad,
el momento en el cual aquellos
que no puedo designar sino como los «terceros» se decidieran
a abandonar la villa. Entre
Michéle y yo, mientras yo iba y venía por la habitación, salía y
entraba, y por su parte los
susodichos terceros iban y venían, recogiendo balones y trajes de baño,
la tensión fue pareciéndose
cada vez más a un campo magnético tan intenso, tan denso, que
hubiera podido dibujar la forma de
un enorme imán, o incluso de un arco de triunfo abovedado
por encima de la palabra
azotaina. Al final no fui capaz de abandonar más la habitación y me
quedé delante de una ventana,
dándole la espalda a Michéle y golpeando el cristal con los dedos a
un ritmo de locura y de
fiebre. La puerta que se cerró tras el último de los terceros me pareció,
y estoy seguro de que le
pareció también a Michéle, abrirse al mismo tiempo sobre todos
los castillos del alma. Giré
sobre mí mismo como el propio monstruo de Frankenstein y,
mientras avanzaba hacia la cama, se
desencadenó a cada uno de mis pasos el murmullo de mil fuentes y
el suave piar de mil aves del
paraíso. Sobre el rostro delgado de Michéle pasó una extraña
sonrisa.
Hoy pienso que era el mismo
signo del combate, en su corazón y en su espíritu, entre el poder
y el deseo de amar y los de
odiar. También el de la lucha tenebrosa entre el alma y el
cuerpo,
cuando otros combates, de
los cuales uno mismo no ha podido ser nunca otra cosa que la
víctima, los han desconcertado y
separado, quizá para siempre. Sin embargo, esa sonrisa
contenida, impotente, y como consumida
de sarcasmo, anunciaba, ya me había dado cuenta yo, en los
labios y los ojos de Michéle, que
ella se inclinaba en ese momento del lado del amor, y al siguiente
del lado de la esperanza, y que
su cuerpo por así decir se contraía alrededor de su alma, no como
en el mito judeocristiano para
agotaría y matarla, sino por el contrario para hacerla
palpitar locamente de vida, hacerle
vomitar sus dudas, sus temores, sus reservas y sus tinieblas.
Puedo volver a ver a Michéle toda
entera sin esfuerzo. Llevaba un jersey de lana fina, muy ceñido,
de manga corta y de un color
intermedio entre el lapislázuli y el esmeralda, y un pantalón claro,
de un color crema apenas
rosado, con una raya de un marrón sólo un poco más oscuro, tabaco
u óxido, que trazaba una
especie de rejilla a grandes cuadros. No he sabido nunca por que esa
ropa evocaba para mí la palabra
o la imagen, la idea más bien de una pastelería, mezcla indecisa
e imprecisa de sorbete y de
tarta a la italiana. Con la sonrisa visiblemente crispada en una
comisura de los labios, y sin
embargo no menos evidentemente feliz, Michéle desabrochó el único
botón de su amado pantalón y bajó
la cremallera, y sin que yo le dijese una palabra, se volvió sobre
el vientre, y preguntó con una
voz al mismo tiempo ahogada y alegre, o quizá debería
decir satisfecha de estar
resignada, si estaba bien así. Abrí la boca para decir que no, después me
senté en el borde de la cama,
tomé a Michéle bajo una axila y, sin mirarme ni levantar la cabeza,
ella misma me ayudó a instalarla
de cara a través de mis muslos y mis rodillas. En esta posición,
su pequeño trasero, de una
esfericidad maravillosa, sobresalía de manera inolvidable, armonioso
y provocador. Guardé al
pantalón de Michéle un agradecimiento infinito por ser, con su
delgada tela de lana, tan ajustado
que el movimiento mismo de deslizamiento, de reptación cuando vino
a colocarse encima de mí no
lo bajó. Así pude hacerlo bajar yo mismo sobre sus muslos dorados
y redondos. Yo amé aún más a
Michéle, o la deseé aún más y le estuve aún más agradecido
cuando vi que llevaba bajo el
pantalón la braguita que yo prefería de entre las suyas. Un slip, más
bien, según la terminología
actual, de una tela blanca lisa y suave, ligeramente elástica, que subía a
lo
largo del hueco estrecho y
profundo, apretado sobre su calor y su sombra, entre las nalgas, y
que contenía con exactitud el
peso, la forma y el volumen propios, para mí más justos que la
belleza misma de un acantilado o
del mar, de su delicioso trasero. Claro, estas descripciones,
estas enumeraciones, son lentas,
tienen que serlo. Al bajar a su vez la braguita minúscula, me
pareció que levantaba, con el
exquisito sufrimiento de que antes hablaba, una piel, como de bulbo, de
mi propio corazón. Quiero
puntualizar que no hablo de mi sexo, que ya se desvestía sin mí. En
ese momento veía el trasero de
Michéle verdaderamente, ella, a quien había desnudado y
visto desnuda miles de veces,
porque al mismo tiempo lo descubría y lo engastaba, lo resaltaba
como el ópalo de una sortija.
Nunca, lo sé, había podido ser tan puro y brillante, tan sedoso,
tan carnoso y duro y, en
resumidas cuentas, tan femenino y tierno. Nunca más volví a dar a
Michèle una azotaina tan
deslumbrante, quiero decir para ella y para mí. Me parecía que no iba
a detenerme jamás, y el
trasero de Michéle no se privó de desear que no me detuviese jamás.
Al final habla tomado el color
vivo, aterciopelado y ardiente de una frambuesa al sol. Aún siento
esa azotaina en mi mano.
Entonces, durante algunos momentos, y después durante algunos días
que siguieron Y en los cuales
se extendieron aquéllos, Michèle y yo fuimos
felices.
No recuerdo tan bien sino
otra ocasión. Pero en ésta Michèle estaba desnuda, sucedió en
un
momento, diferido varias
veces en algunos minutos por su necesidad, cuando no su
explícitó
determinación de hacer el
amor, y creo que ella me había pedido que le diera una
azotaina,
esperando que
desencadenaría lo que los médicos llaman, me parece, una contracción. Obedecí
a disgusto, y me detuve casi
en seguida porque Michèle, más nerviosa de lo que quería o
podía
reconocer, se puso a lanzar
unos gritos discordantes y teatrales. La rebelión del alma y el
espíritucontra el cuerpo, el odio y
todo lo que éste puede tener de más amargo, de más negativo en
laironía, la dominaban, y yo
sentía también el deseo a la vez de hacer daño a Michèle, quiero
decir un daño gratuito,
arbitrario e inútil, y por tanto inexcusable, y de saciar de alguna manera
un rencor, de vengarme de
ella, es decir, precisamente de castigarla, mientras que yo odio la
sola sola idea de castigo, y que
incluso en esa época quería todavía con pasión amar a
Michèle, incluso aunque ya me
encontraba absolutamente incapaz de amarla con pasión, y así, ya lo
he dicho, demostraba que nunca
la había amado, de manera que no tenía ni el derecho, ni el
deseo, de golpearla, aunque fuera
con su propio consentimiento, y no lo volví a hacer más, ni ese día
ni ninguno de los que nos
quedaron.
Aquí tenemos, pues, estos
datos autobiográficos dispersos testimoniando menos, por mi
parte,
la convicción o el deseo de
aportar a la ciencia o al simple conocimiento de la vida de
mis
contemporáneos la menor luz
que una impotencia real de fundar una teoría, cualquiera que
ésta sea, aun la más reducida o
incluso la más benigna, sobre otra cosa que una experiencia
personal, a la vez inmediata y, como
se dice hoy en día, concreta.
Y amé y conocí a Michéle
entre los veinte y los treinta años. Cuando nos separamos,
durante
la larga deriva y los
encuentros casi siempre breves que me han llevado, ya que incluso
mi
furioso voluntarismo se
esfuerza siempre en no exagerar, hasta los años actuales, renuncié
a
azotar a cualquier otra
persona, igual que había renunciado a azotar a Michèle. Pero, realmente,
¡ cómo me exaspera la palabra
renuncia! Yo diría, pues, que me alimenté, en ese punto preciso
al menos, de sensaciones
pasadas, y no de acciones inmediatas. Se supone que es de esta
forma como se elaboran muchas
teorías y sistemas. Después de todo, incluso los bulbos, de ,los
que hablaba antes, pero en el
seno de nuestra madre tierra, sólo se espesan capa a capa, y no
se siembran más que una vez.
Con esta larga mirada retrospectiva que, cada día, y como a la
fuerza, se alargaba y se
ensanchaba, pude abrazar poco a poco toda la extensión de mis
conocimientos, una experiencia y una luz
al mismo tiempo, de la azotaina. Comprendí que cada vez que
había aplicado una a Michéle,
habíamos sido más felices, al momento y después. Era por lo tanto en
la azotaina misma, fuese ésta
un punto de partida, un pretexto, un sustituto provisional o
un catalizador, en donde
residía el secreto.
¿Qué había pues, fuera de
ella, que nos impedía ser felices? No es mi propósito aquí
explicar
la historia de Michéle, o
la mía, o incluso la de Michéle y mía. Ya lo he hecho parcialmente y
eso basta, por otra parte. Pero
de todos modos aquello se podría deber a un buen número de
causas sabidas pero, por otro
lado, bastante mal conocidas que incomodan a los hombres y las
mujeres en el interior asfixiante,
porque sujeta, y mágico, porque obligado y querido, de una vida
en común. Nosotros diferíamos,
divergíamos. La gran ley, antes incluso del concepto mismo
de matrimonio, y que arruina,
al fin, tantos matrimonios, es que no se sabe tener una
coexistencia pacífica. Habría que
empezar por ahí, y sólo sabemos acabar ahí. A eso se deben tantas heridas
y tantos golpes, como para
aquellos que se obstinan en confundir las avenidas con los
callejones sin
salida.
Pero no hablaré más de
matrimonio. Resulta que amo a una mujer, la mía y que le doy, y
ella
me reclama, más de una
azotaina; o ella reclama y yo le doy más de una azotaina, y la
amo.
Cualesquiera que sean, sin
embargo, hay divergencias y diferencias. Y sea cual fuera
su
origen, sus motivos y sus
causas profundas o circunstanciales, se podría decir que se
manifiestan siempre por una
incomprensión, a menudo caracterizada a su vez por una parálisis de los
medios, de los modos de ser o de
hacer que deberían servir para superarla. Pero quizá estoy
siendo demasiado abstracto. Bien.
Digamos que mi mujer y yo esperamos y recibimos a algunos
amigos.
Esta noche, son más suyos
que míos, pero no importa. Puedo amar también a sus amigos,
o
incluso ser capaz de
prestarles mi atención, o en último lugar, al menos, mostrarme cortés.
Aquí están. Una joven que he
visto dos o tres veces, soltera, que encuentro ciertamente
encantadora, pero cuya belleza, muy
alabada, no me conmueve. Después, una pareja que tiene casi la
misma édad que esa joven, y que
mi propia mujer, por otra parte. Se trata de un arquitecto, y ella
tiene algo que ver con la
decoración. Es menuda, algo que siempre me atrae, arrugada, con una de
esas caritas un poco infantiles
que a los treinta parece que tengan cuarenta. Es alocada, más
bien atractiva, bastante
indiscreta. No les he visto a ella ni a su marido sino otra vez.
Charlaremos, comeremos, volveremos a
charlar y me dirigiré tanto al hombre como a las dos mujeres,
sin contar la mía. De las dos
primeras, hablaré quizá un poco más con la que está casada, porque
ella misma habla más. Sin
embargo, he corrido una larga vida muy curtida, y lenta, de hombre
solo, antes de amar a mi mujer, y
puedo sentir que la de ese otro hombre, que parece carecer más
o menos de una cualidad
intermedia entre la energía y la virilidad, me tiene envidia, una
envidia ligeramente histérica, tal
como decía la medicina grosera de la Sal petriére, en los tiempos
del doctor Charcot. Como
precisamente yo amo a mi mujer, que es celosa o posesiva hasta el
exceso, y me ha seguido una tenaz y
abusiva reputación de hombre de muchas mujeres hasta el
encuentrocon ella, y me cubre como
una cochambrosa bata de casa, y, en fin, ella me ha contado
en diferentes ocasiones cuatro
cosas sobre la joven energúmena con la que estoy tratando
ahora mismo, me libraré mucho de
desplegar la menor pluma de mi bella cola de pavo real de
domingo, por el contrario, me
controlo de manera pertinaz, escrupulosa, casi maniática. Observemos
de paso que es bastante
cansado, un poquito humillante. Pero no importa. Esa joven
exclamará bruscamente y sin venir a
cuento, unos minutos después, no sé que, viene a significar que soy
un hombre notable. No debemos
decirnos que, bien mirado, no es nada. En el breve silencio
que sigue, intento reír y
proporcionar un tema de conversación diferente; la más soltera de mis
dos
invitadas ríe también y
vuelve al mismo tema de una manera un poco forzada, pero así
es
su costumbre, el
arquitecto, sin levantar el tono de voz sonríe y pregunta a su mujer qué
ha
querido decir, ella
responde que no quiere responder, él insiste suavemente, ella se obstina,
mi propia mujer, en el mismo
instante en que finge reír y exclamar a su vez, palidece de
forma visible, me echa de reojo
una mirada asesina, demasiado rencorosa para ser honrada, y, en
los segundos que siguen, se
levanta del sitio donde estaba sentada, va a sentarse
ostentosamente frente a mí, lo más lejos
de mí que le permite la habitación, y no deja, de minuto en minuto,
y después de hora en hora,
mientras yo me debato como un pez, tímido, gentil, en una red
de mallas transparentes, de
fusilarme con miradas parecidas a la primera, lo único es que cada
vez son más rencorosas, y cada
vez más dolorosas. El resto de la velada se puede imaginar: creo
que es
fácil.
Pero esa gente se va, por
fin. ¿He dicho que ese día había tenido mucho trabajo? ¿He
dicho
que habría pasado muy a
gusto sin esa cena? ¿Que sólo la había aceptado, aunque sin hacerme
de rogar, pues lo encuentro
completamente odioso, porque se trataba de amigos de mi mujer?
Peroya se han ido. Deberían
bastar algunas palabras, porque mi mujer y yo nos amamos. Nada de
eso. Hace falta en primer lugar
un discurso bastante fluvial que pasa por los puntos siguientes:
de verdad, no soy culpable de
nada. En contrapartida, esa joven es la más desagradable, la
más pervertida y la más guarra
de todas las criaturas que nunca han cargado la faz de la tierra con
su peso inútil. Sin embargo, y
mirándolo bien, de tales jóvenes se puede decir que lo son en
la medida en que una cierta
variedad de hombres les da aliento y licencia para convertirse en
ello poco a poco. Todo esto,
además, no sin recordar más de un detalle que más de una persona, y
yo el primero, en ciertos
momentos de confianza, algunos meses o años antes, proporcionamos
sobre mí mismo. Esa misma noche,
el retrato que esos detalles dibujan pese a todo, y mejor aún
al mirarlo, se revela muy
aparente, y sobre todo muy parecido. No hay humo sin fuego, ni
retrato sin modelo. No hablé, cada
vez eso es más cierto, sino con esa joven desgraciada, y se
supone que ella no habría dicho
nunca lo que ha dicho si yo no hubiera dicho lo que dije, y callado
lo que yo callé
insidiosamente. No se podía dudar por mucho tiempo, ni por un instante
siquiera, después de eso, de que soy
absoluta y totalmente culpable, con uña evidente tendencia, que
por otra parte se agrava
continuamente, y no podría dejar de agravarse, considerando que soy
y siempre he sido, y que seré
siempre por tanto de ese tipo de hombres al que pertenecen
los individuos a la vez más
desagradables, depravados y en fin, los menos perdonables que
hayan pisado nunca la sonriente
faz de la tierra. Y siendo así, qué harías tú, tú que te ríes, en el lugar
de mi mujer, sino, en caso de
que hubierais estado casados antes otra vez, invocar a
vuestros antiguos conocidos, algunos
amigos más cercanos que yo y, en medio de la noche, poneros
el primer abrigo que
encontraseis y salir, preferentemente a uno de esos barrios donde las
mujeres
jóvenes solas suelen
enarbolar un menú y una tarifa.
¿Y yo, qué debía hacer yo?
Pues dos o tres cosas. Precipitarme a la búsqueda de mi mujer,
o
no hacerlo. Queda claro que
tanto en uno como en otro caso yo demostraría así mi
culpabilidad, mi vergúenza, un ridículo
acceso de remordimiento. De todos modos, el discurso acusador,
que mancha, universal, se
volverá a emprender, durará quizá toda la noche, después otro día, en
el transcurso del cual mi
mujer y yo, incluso y sobre todo en los abismos desérticos de
silencio entre las palabras, no
haremos el amor; después quizá aún una noche más, y así
sucesivamente.
Claro que todo eso tendrá
un final, pero la vida también tiene uno, y también el agua de un
vaso, y la fuente viva del amor.
Es demasiado evidente para mí que esas palabras de desprecio y
odio, incluso aunque se destruyan
a si mismas, como los escorpiones, no dejan las cosas tal como
eran antes de haberlas dicho: ni
quien las dice, ni aquél a quien se dicen; ni quien calla, ni quien
hace callar. Si no el aguijón de
los escorpiones, las pinzas de ciertos crustáceos gruesos
pueden realizar esa función.
Quiero creer que esto es igual para los hombres que para las mujeres.
No estoy demasiado convencido
en lo que respecta a su corazón y su amor.
Así, deseo no tener nunca
que lanzarme, o no lanzarme, a la persecución de mi propia
mujer.
Lo que pasa es que no me
importan en absoluto las demás mujeres, sólo ella. Lo que pasa es
que
ella me importa muchísimo,
lo que hace, lo que dice. Por otra parte, no debería ser
menos
evidente que nosotros no
podemos ni parecernos, ni entendernos o comprendernos como lo
más
natural: este mundo humano
nuestro no está tan bien dispuesto. Por tanto, yo no quiero que
ella abra la puerta para huir en
medio de la noche, y no quiero tener que perseguiría o no
perseguiría porque ella haya hablado
demasiado y yo no haya hablado lo suficiente, o al contrario.
Quiero que nos amemos lo bastante
para saber que no podemos esperarnos ni entendernos
ni comprendernos siempre.
Sócrates, según creo, decía ya que uno puede saber por lo menos que
no sabe nada. De mi mujer y
yo, el más paciente soy yo. Ignoro por qué y, de todos modos, no
es ninguna virtud. Quizá
solamente sea que tengo unos años más, desconfío más de las
palabras porque soy escritor, dudo
que se alimenten de mí ni siquiera un poquito más que yo de ellas,
he llevado una vida más
complicada, más atravesada y menos llana. Lo que yo deseo realmente
es que mi mujer me ame
siempre, y yo a ella. Lo que rechazo es que nos dispersemos y
extenuemos prematuramente,
inútilmente, este amor y nuestra vida en palabras, en tontas peleas,
en caprichos, y después en
hastíos, abandonos y odios. Sería como intentar sacar agua limpia con
las manos sucias. Incluso si mi
mujer tiene, por una vez, por esta vez, la idea de dirigirse hacia
la puerta, no quiero que la
traspase. Después será tarde. Quiero usar mi paciencia, después de
todoes un capital, pero yo no
voy a ahorrarlo, y dejar un poco a mi mujer agotar sus nervios,
su inquietud, esa especie de
negatividad, de contracorriente que, más o menos, todos
ocultamos.
Incluso aunque me canse,
eso tiende también a acorralar poco a poco mi propia negatividad,
otro nerviosismo y otra
inquietud. Lo que importa es que yo ame a mi mujer y ella me ame a mí
sin que jamás ninguno de los
dos rompa el anillo encantado de ese amor. En un momento u otro,
mi mujer se callará para tomar
aliento. Con tal de que eso no suceda demasiado tarde... Pero muy
a menudo es pronto cuando se
habla deprisa y mucho. Después, se puede también dejar de
callar para tomar
aliento.
Por tanto nosotros
tendremos nuestro propio juego, en el cual los terceros sólo tienen el
papel del más fútil de los
pretextos, en el interior excitante de nuestro
amor.
Preguntaré a mi mujer si,
por casualidad, no es de mi opinión, aunque le parezca extraña:
que
una azotaina le haría mucho
bien. Ella se enfadará, hará muchos aspavientos porque en
ese
mismo instante me odia:
quiero decir, casi me odia. Pero estamos jugando, la azotaina es
la
convención. Por otra parte,
¿qué es entonces nuestro amor, en sí mismo? Soy, como ya he
dicho, de los que creen que son
las convenciones, y no las irresponsabilidades, las que tienen
un carácter sagrado para las
criaturas humanas. Instalaré pues al ratoncito de mi mujer de cara
sobre mis rodillas, la desnudaré
rápidamente, y le aplicaré la más viva, la más arrebatadora
azotainaque mi ánimo, a medio
camino entre la felicidad y Ja pena, me permita
propinarle.
No olvido, ciertamente, que
he hablado de acercamiento, enseñanza y placer. Me inclino
a
creer que esos tres puntos
están bastante claros, o suficientemente implícitos en el extracto
de crónica matrimonial con el
cual acabo de gratificar a mis lectores. El placer que se
puede
experimentar al dar una
azotaina a la mujer que uno ama, digamos que salta a la vista.
En
contrapartida, debería
quizá insistir en lo que debe ser para ella, y que debe ver solamente
ella.
El acercamiento, en efecto,
cuando yo la golpeo, entre la mujer que amo y yo, y la
enseñanza
que ella y yo podemos
extraer ,de esas azotainas, dependen esencialmente del placer que
ella
pueda encontrar: dependen,
en otros términos, de su consentimiento.
Repetiré aquí que la idea
de violencia, como a muchos seres humanos bastante seguros de
su
fuerza, y hablo de fuerza
de carácter o de espíritu, más que de vigor físico, me es
indeciblemente odiosa. Entiendo por ello
toda la violencia que alguien pretendiera ejercer sobre mí, por
una parte, y no menos
inversamente, la que yo podría ejercer a expensas de otros. Se puede
argüir que aquí se trata más bien
de lo contrario, pero no importa.
Puedo, en un movimiento de
ira, golpear o estrangular un poco a un hombre que parezca
ser
de una fuerza al menos
igual a la mía. No podría pegar a uno más débil, y mucho menos aún,
se
entiende, a una mujer, a un
niño o a un animal más pequeño que un elefante o una serpiente
de
cascabel. Con eso está
dicho todo. Y sin embargo, entre el hombre y la mujer que se
aman,
mantengo que la azotaina
alimenta la fuente milagrosa. ¿Por qué? Porque ellos, al amarse,
han
sobrepasado esas nociones,
elementales y profundamente contradictorias con el sentido
mismo del amor, de debilidad y
fuerza, de defensa y de agresión: sólo más allá de éstas puede ese
amor, realmente, no solamente
florecer, sino también dudar, desgarrarse hasta destruirse, ya que lo
que busca es definirse o
confirmarse. Todo hombre que, amando a una mujer, ha podido
dejarse arrastrar a una discusión,
a una disputa penosa con ella, y toda mujer que lo ha hecho con
un hombre, saben hasta qué
punto la mayor parte de esas disputas y discusiones son vanas: su
amor está siempre en otra
parte.
Pero no tan lejos de ellas,
sin embargo, que su vanidad, el vacío que llama al vacio, no
consiga
poco a poco, más o menos
deprisa, chuparle la savia, la fuerza, algo de su belleza luminosa,
su
integridad, su pureza; en
fin, casi extenuarla. Pues bien, es como si una azotaina, a
condición
solamente de ser admitida
por las dos partes, tuviera el privilegio maravilloso de
mantenerse
siempre sobre el terreno
del amor. Y no se trata de un juego de palabras. Quiero decir
realmente que la azotaina tiene el
mágico privilegio de convertirse en un gesto de amor, exorcizando lo
que, en el amor, porque los
hombres son hombres y las mujeres diferentes, reside y residirá
quizá siempre de violento, de
hostil, de desigual, de divergente y agresivo.
Seguramente entre todas las
palabras, con su peligroso poder de abstracción, la
azotaina
permite construir un
acuerdo, permanecer unidos, por tanto, y acercarse aún más a partir
incluso de esa agresividad, de esa
hostilidad soterrada, de esas obligadas divergencias, de esa
violencia, en fin, que no me
extrañaría que fuese uno de los resortes más potentes del amor. Puedo
odiar muchas palabras, y quizá a
quienes las dicen. Pero, ¿quién podría odiar a un trasero tan bello
en su desnudez? ¿No es verdad
que son bellos cuando están desnudos, y han elegido estarlo?
No querría, en esta parte de
mi elogio, sino responder a una pregunta; ¿en qué reposa la certeza,
o esa aparente certeza, de
que debería ser siempre un hombre quien pudiera dar una azotaina a
una mujer, y no al
contrario?
Diré en seguida y sin el
menor empacho, en lo que a mí concierne, y sin recordar, ni ahora
ni
nunca, la sombra pícara y
genial de Jean-Jacques Rousseau, que tal certeza no reposa sobre
nada porque no es tal. Todo lo
más, también ahí, se trata de una convención. El hombre, en
nuestra sociedad, representa la
fuerza física, como la mujer, por ejemplo, una vulgar dulzura del
amor.
Por lo tanto es él qu¡en la
azota a ella. Una convención de este género tiene bastante
antiguedad y por lo tanto autoridad
como para no poder, en un momento dado de la historia, e incluso en
un espíritu liberado de todas
las sujecciones a las modas, disociaría fácilmente de
sentimientos como el de la dignidad
personal, quiero decir la mía y la de los otros y, como consecuencia,
de los del ridículo y la
humillación. Quiero decir también que muchas mujeres encontrarían a la
vez ridículo y humillante
golpear a un hombre, más que ser golpeadas por él, y que aquél, en
la misma situación, se
sentiría más gravemente herido en lo que acostumbra a llamar su
dignidad que muchas mujeres en su
situación. Lo cual vendría a alterar o destruir un equilibrio, en lugar
deencontrarlo o
reforzarlo.
Pero quiero repetir que
para mí, todo esto obedece a un orden muy convencional, y a ese
tipo
de convenciones que no está
probado que se apoyen a la vez en razones imperiosas del espíritu
y del corazón, más que en
simples costumbres, con todo lo que éstas últimas pueden implicar
de arbitrario, y por tanto al
mismo tiempo de injusto. Ya que es la justicia, ese otro nombre de
la exactitud, lo que importa,
y no sería admisible que un ser entre dos, un sexo entre dos,
tenga únicamente el poder de
fundarla, definirla y aplicarla. Mientras ame a mi mujer y
esté convencido de que todo ser
humano es mi semejante, incluso si no se me parece, ya que
no solamente es de hecho, sino
de derecho también de lo que se trata, me creeré y me
sentiré incapaz de pedirle
cualquier cosa que no pudiera soportar que me pidan a su
vez.
Supongo que no hay nada más
claro. Encuentro muy útil, íntimo y agradable y muy
emocionante también azotar
a mi mujer. Si alguna vez le apetece, cualesquiera que puedan
ser
los motivos de ese deseo,
hacer lo mismo conmigo, pero en concreto si ella juzga que al
azotaría uso y abuso de una
superioridad física o convenida, y, por consecuencia, en este caso
concreto, arriesgada, sea que esa
superioridad se detenga en mí o se remonte a aquello que se ha
querido llamar, muy
significativamente por otra parte, la noche de los tiempos, ya que de noche
todos los gatos son pardos, y las
injusticias más sucias han tenido siempre el don de taparse con los
forros del derecho y las garras
del sentido común, si alguna vez la mujer que amo cree eso, en fin,
¿por qué no? Cierto es que me
sentiré un poco molesto, algo turbado, me daría quizá la
misma verguenza que ante el miedo
al ridículo. Pero aun así, ¿por qué no? ¿Qué sentía ella, aquella
a quien amo, la primera vez
que la amé, la primera vez que la desnudé, la primera vez que le di
una azotaina?