CAPITULO II
Cuándo
Todo el mundo estará de
acuerdo en que, en cuestión de azotainas, es materia
importante saber en qué momentos y con
qué periodicidad conviene darlas.
Pienso también que los
ejemplos que yo mismo he proporcionado, y de los cuales se
podrían
extraer algunos indicios o
leyes, no son buenos. He hablado de algunas azotainas administradas
a Michèle, y de una en
particular que pude o habría podido administrar a mi mujer. Pero yo
me preocupaba sobre todo de
escribir mi propia historia de la azotaina: quiero decir, cómo
he llegado a concebir la idea
y a hacer este elogio. De tal modo que, aunque mis ejemplos
fuesen buenos, lo serían sólo para
mi, o casi sólo para mi, ya que a otros ejemplos, otras leyes:
estoy hablando de modalidades, no
de lo esencial. Y debo precisar por qué no lo son para
mí.
Yo pegaba a Michéle en
momentos de crispación o de crisis. Por otra parte, he contado ya
que
golpeaba a mi mujer en una
circunstancia en que, de todos modos, y sean cuales fuesen los
otros elementos, los otros
componentes de lo que nos une, ella me cansaba y me exasperaba.
Ahora bien, la mayor parte de las
constantes que se pueden observar en el ondulante haz de aquello
que une, pero que puede también
separar, a un hombre y una mujer, se oponen precisamente a
que sea en tales momentos, o en
tales circunstancias, cuando se haga uso de la azotaina: entonces
ese uso será peligroso, casi
con seguridad nocivo, en lugar de bienhechor. Pero, ¿por
qué?
Podría decirlo en dos
palabras, por desgracia una vez más de aspecto un tanto
demasiado
médico. Diría que la
azotaina debe ser preventiva, y no curativa. Espero que se me
entienda.
Quiero decir que si cura es
antes, siempre antes de esos momentos y esas circunstancias, y a
lo largo del tiempo, que, en
este caso, no es sino la duración del amor. Y no puede ser después,
es decir, exactamente en el
instante en que una divergencia, una ofensa, un accidente o
una
discusión la harían
considerar, de manera inminente y urgente, como un remedio. La azotaina
no lo es. Lo digo, lo repito,
no es sino un gesto de amor. Como los otros, puede ser
alterado,
degradado, se puede
corromper su uso, profanar su sentido. Si existe en nuestra lengua
una
expresión que en mí haya
tenido siempre un efecto singularmente vomitivo es precisamente
esa, con todo lo que sugiere, de
reconciliación entre las sábanas. He cometido en mi vida
muchas tonterías, y sin duda
también incorrecciones. Deseo no haber caído nunca tan bajo, y ésa es
la palabra una vez más, para
hacer el amor con el fin de amordazar a una mujer, triunfar sobre ella
o humillaría. Y así, la
azotaina por si misma. Como el amor, viene antes que todo lo demás,
y después pierde todo su
sentido. No podría sujetarse a un movimiento de humor. Depende de
un sentimiento, y no de un
resentimiento. Sin embargo, aquí sólo he tratado de
obligaciones morales. También están las
psicológicas. Por ejemplo, el hecho de que usar la violencia,
aunque sea consentida, en un
momento ya de por sí violento, es echar aceite al fuego, y arriesgarse por
lo menos a pasar por exceso la
medida del salvajismo, o de la brutalidad que todo amor,
por explosivo o ardiente que
sea, es capaz de soportar. Por ejemplo, también, el hecho enraizado
en el alma, el corazón y el
carácter tanto de los hombres como de las mujeres: el deseo de
tener razón. Comúnmente se
traduce por ese otro que no es sino una caricatura de aquél: el de decir
la última palabra. Pero lo
evidente es que una pasión tal trasciende u olvida de golpe el
sentimiento, la conciencia de la buena y
mala fe. Puedo decir que he encontrado ese deseo en el curso de
mi vida en la fuente y el fin
de todas las discusiones y todas las agarradas a las que, aunque
poco frecuentes por fortuna, me
ha sido dado asistir, participase yo o no en ellas, y que se
producían entre dos hombres, entre
dos mujeres o entre un hombre y una mujer. Es evidente, por tanto,
que
usar la violencia ahí es
contribuir aún más a inclinar el peso de uno de los platillos de la
balanza, la cual oscila ya bien sin
ello, y de entre una serie de argumentos que en sí mismos pueden
ser falsos, insuficientes,
desiguales o todo lo que se quiera, hacer intervenir uno por fuerza, uno
que es de un tipo diferente, y
que por esta misma diferencia no puede sino negar toda oportunidad
y todo derecho a sostenerse a
aquellos del primer tipo, y en fin, alterar aquél, es decir,
rehusar entenderlo, desviándolo,
por medio de esta fuerza, arbitrariamente.
A mí me gustan las cerezas,
mi mujer prefiere la uva. Si tenemos mucho tiempo y
energías
que perder, como parece que
es el caso de casi toda la especie humana, podemos establecer
sobre eso la discusión más bella
del mundo; quiero decir, la más estúpida y tontamente
prolongada.
Nos acaloraremos juntos;
quiero decir que lo haremos uno al otro y cada uno por su
lado.
Convencido de tener razón,
cada uno pretenderá que el otro está equivocado; y además, por
estar equivocado, se obstinará en
negarle el hecho y el derecho de tener razón. Bien. Cualesquiera
que hayan podido ser,
cualesquiera que sean nuestras convenciones, ¿debo acaso en ese
momento asirme a la persona de mi
mujer, o ella a la mía, justamente en la parte que las personas
pueden tener de más privado, y eso
con el único fin de aplicar a la fuerza, lo repito una vez más,
el argumento hiriente, pero
seguramente no original, que he dicho antes? Sería, ciertamente,
para coger asco para siempre
tanto a las cerezas como a la uva, y, como consecuencia de ello,
a aquellos y aquéllas a
quienes les gustan las unas o la otra, o las dos a la vez. Este último
ejemplo es estúpido, ya lo sé. Pero
también querría que alguien me mostrase, entre muchos hombres
y muchas mujeres, y me estoy
refiriendo a los que se aman, una discusión o una disputa que no
lo sean también. No discutiré,
pues, más ampliamente aquí el valor intrínseco de toda disputa
o discusión. Sólo me referiré
a la oportunidad de la azotaina, o quizá debería decir una
azotaina, cuando se ha admitido el
principio.
Supongo que eso está ya
bien patente en todo lo que he expuesto. Diría que una azotaina
debe
administrarse en cualquier
momento que no sea aquél en que un espíritu caprichoso, punitivo
o
autoritario sentiría deseos
de darla. Dicho de otro modo, de la persona que la aplica y la que
la recibe; el objetivo de la
azotaina no debe ser satisfacer a uno sólo de los dos. Cualquiera que
sea éste, por otra parte. Si
puedo, en efecto, imaginar sin esfuerzo un tipo de hombres que
se inclinarían gustosamente a
descargar, de ese modo y en todo momento el exceso de bilis, rabia
o mal humor, sobre el trasero
de su mujer, como otros, cara a cara, le hacen rencorosamente
el amor, puedo testimoniar
también que existe un tipo de mujeres que han contraído un gusto
no menos excesivo por ese modo
de persuasión, que desearían someterse a él con una frecuencia
tal que eso tendería a
convertirse en un auténtico despotismo, a la vez porque un
argumento empleado con tanta
frecuencia pierde su fuerza, y porque un juego que era libre
debe forzosamente perder su
carácter de juego al perder su libertad. Así se puede debilitar el
prestigio de la desnudez misma
exponiéndola demasiado y demasiado a menudo, y la magia de todo lo
que atañe al amor, queriendo
practicarlo de forma completamente egoísta o mecánicamente
repetida.
Sin embargo, casi a la
inversa, podría afirmar que parece existir, en las relaciones entre
un
hombre y una mujer, sean
éstas físicas, emotivas, afectivas, espirituales o intelectuales, o todo
a la vez, una especie de ley
de los ciclos. Quizá cada pareja tiene la suya, y sus ciclos propios.
Lo ignoro y no pretendo hacer
ciencia con eso. Pero estoy seguro de que cada pareja, si lo
desea, puede descubrir una
constante en la periodicidad con la cual reaparecen, en el interior de su
vida, sus necesidades y sus
deseos de hacer el amor o de razonar, de enternecerse o de legislar,
de acariciar o de morder.
Puede creerse que esto se debe, entre otras causas, a una
desgraciada enfermedad del alma y el
corazón humanos que hace que soporten mal la felicidad. En
realidad, para demasiados hombres y
mujeres parece como si eso, lejos de ayudarles, se opusiera por
el contrario a la resolución o
a una simple solución de sus contradicciones, a una
simple conciliación de sus
obsesiones o sus escrúpulos personales, a la menor liquidación de todas
las variantes, conscientes o
no, de sus respectivos sentimientos de culpabilidad: en una palabra,
sería vergonzoso.
Ahora bien, me parece que a
esas constantes, un ser dotado para la vida y para la felicidad,
o
alguien que simplemente ame
a otro, procurará siempre responder con constantes
paralelas,
totalmente conscientes esta
vez, y que tenderán poco a poco a superponerse a las primeras,
más deseosas de unirse a ellas
que de cambiarlas, como se podría decir que el objetivo más
exultante de la vida es calcarse
sobre la vida, el del hombre fundirse en la mujer que ama, ella en él, y
los dos, poco a poco, modelar
su respiración sobre la más amplia del mundo.
No olvido la azotaina.
Quería decir que los comportamientos instintivos entre un hombre
y
una mujer que se aman
parecen manifestarse, repetirse, según ciclos precisos, y por lo tanto
los comportamientos conscientes
deberían, sin duda por norma, intentar encontrar esos ciclos, con
el fin de amoldarse a
ellos.
Quizá me dejo llevar por un
espíritu demasiado ordenado u ordenancista y demasiado
lógico,
pero siempre me ha parecido
que la segunda regla de oro, en materia de azotainas, ya que
la
primera era nunca darlas
sólo para su propio placer, resultaba ser justamente no darlas
tampoco de forma irregular. Sé que
esto puede parecer contradictorio. Pero, como ya he dicho, se trata
de una convención, y ésta debe
establecerse a partir de ritmos naturales y de una
respiración profunda.
Entre mi mujer y yo, como
ya he observado, después de los primeros tiempos en
que
estábamos aún alterados
porque nos buscábamos aún uno al otro, desesperadamente, a través
de todo el mobiliario y la
gente y todo el rumor del mundo, ya he dicho que nuestros
impulsos,
nuestros deseos, nuestro
amor mismo, y también todo lo que en cada uno de nosotros,
porque
difiere del otro, le
inclina sordamente a rechazar y a negar aquello, podía tener lugar en
un
espacio de algunos días.
Ese espacio se dilata, se desgarra o culmina hasta una especie
de
perfección, después se
contrae, antes de hincharse de nuevo. Así !os pulmones en el pecho.
Y
cada ciclo de inspiración o
de espiración oprime o colma, trae la vida, o por el contrario el
sueño, la asfixia, la muerte. La
azotaina, quiero decirlo bien alto, triunfó en la larga lucha, el
gran combate prestigioso contra
el sueño, contra la asfixia y contra la muerte. Así tomé la decisión
de pegar a mi mujer según ese
tiempo misterioso y evidente de algunos días, según esa
respiración para la que lo adecuado
parece ser palpitar, jadear a la vez muy rápido y como en un
campo infinito.
El espíritu humano averiguó
en seguida que la respuesta intelectual a una
arbitrariedad
cualquiera es una
arbitrariedad todavía mayor. Solamente a partir de esta racionalización
puede concebirse cualquier
búsqueda o investigación. Yo no quería dar unos azotes a mi mujer cada
vez que ella me irritase, me
apenase o simplemente me contradijese, ni incluso, para hablar
con propiedad, por ninguna de
esas razones. Yo quería azotaría porque la amo y porque ella me
ama.
No teñía tiempo de esperar.
En ese sentido, realmente, es en el que viene la azotaina primero
y las leyes después. Las
reglas de oro sólo pueden ser negativas o privativas: dicen lo que no
hay que hacer, o mejor aún lo
que no puede ser, no lo que puede o debe ser.
Decidí golpear a mi mujer
al menos todos los viernes. Si, entre nosotros, a pesar de esa
acción preventiva, crece la
tensión, se acentúan o multiplican las diferencias, soy libre de darle
su azotaina un poco más a
menudo. Podría decirse que es el principio de la convención y no
la convención misma lo que
importa. Ahora ya hemos dejado atrás el tiempo de la
pura
arbitrariedad, de manera
que ahora es ésta última la que se presta de alguna manera, a
nuestras exigencias, y ya no
nosotros a las suyas, de modo que, al fin, ya no se trata de una
arbitrariedad, que era lo que nosotros,
claro está, habíamos pretendido siempre.
El viernes es un buen día,
como lo seria cualquier otro. Cada uno debe elegir el suyo.
El
nuestro, el de mi mujer y
mío, en un mundo y una época cada vez más segmentados, presenta
la
flagrante ventaja de
preceder precisamente a un momento de libertad mayor, de vacaciones.
La azotaina, que procede del
deseo, se expande en él, y seria muy triste que sus efectos,
sus
consecuencias, su brillo
maravilloso, estuvieran limitados por uno de los múltiples
bagajes,
múltiples obligaciones que
impone la vida de este mundo y esta época, convencionales, al
amor
humano.
Mi mujer y yo nunca
convenimos hacer el amor. Sin embargo, sabemos siempre que
lo
haremos. Cuándo lo hacemos
lo descubrimos juntos, y, si puede decirse así, en el
mismo
momento. Creo haber
explicado ya suficientemente que es esa prisión mágica de barrotes
hechos de libertad la que queremos
reconstruir, mi mujer y yo, cada vez, así que con su consentimiento
y según un acuerdo común, la
tomo sobre mis rodillas, la desnudo y le doy unos
azotes. Si, realmente el viernes es
un día muy bueno. Y no Porque sea el día que entre todos los de
la semana, pues al fin eso
sólo constituye una razón secundaria, otra racionalización, una
manera de justificación si se
quiere, precisamente fuera de la razón, hemos elegido
nosotros.
A menudo ese día me
encuentro en la casa en que vivimos mucho antes que mi mujer.
Lo
hago así a Propósito porque
la aprensión, la impaciencia, me hacen palpitar el corazón y
toda
presencia, toda ocupación,
toda distracción que no sean ella, mi distracción y mi
ocupación
elegidas, absolutas, me
serian intolerables. Es viernes, me digo, con una opresión radiante. «Y
es otro ya, y es siempre el
mismo, y es ese único momento». Fuera, lejos de allí, sé que mi
mujer piensa en mí, en ella
misma, en mí pensando en ella, y con un sentimiento de angustia y
de impaciencia cada vez más
deslumbrante recargo, sobrecargo así mis pensamientos con
los
pensamientos de
ella.
Ayer también fue otro día.
En realidad no lo recuerdo. Quizá nos amamos, hicimos el amor,
o
quizá nos encontramos entre
extraños o entre amigos, o quizá estábamos solos pero discutimos
y casi nos odiamos. En
realidad no lo recuerdo, hoy es de nuevo otro día. Es viernes, le doy
una azotaina a mi mujer. Ella
lo sabe y desde fuera, desde toda la intrincada confusión de seres
y cosas, desde todo eso que
no somos nosotros, viene hacia mí. Nuestra vida, nuestro amor,
se basan y se crean poco a
poco, sobre la pulsación más profunda como sumergida, de nuestro
amor y nuestra vida. Desafiamos
al tiempo, el de los otros, el de nadie, e incluso el que es propio
a cada uno de nosotros: el de
nuestras fantasías y nuestros recuerdos. Cada día que pasa,
desigual, cambiante, movible, nos
conduce a la ineludible azotaina, y su mágico magnetismo ordena
la limadura de las horas en
forma de erguidas palmeras de deseo y obsesión.
Mi mujer y yo, claro está,
discutiremos y nos irritaremos alguna vez. Creo que lo
haremos
siempre. Después de todo,
dejamos al espíritu el placer de comprender, y al corazón la
ardiente alegría de sus candores, su
ingenuidad, su asombro incurable. Pero mi mujer y yo no
tenemos tiempo de prolongar las
divisiones, las divergencias, o, más bien, las denteras y rencores
que resultan. No podemos
extendernos en ellas como en lechos confortables y estrechos, esas
yacijas de amargura solitaria, a la
vez paralelas e inexplicablemente alejadas la una de la otra que tan
a menudo doblan o desdoblan
el gran lecho común el amor. ¿Por qué capitalizar todos esos
restos mezquinos de una vida
juntos? ¿Por qué amasar y conservar, si es siempre tan sórdido, aunque
se diga que se trata de
tesoros de sabiduría, por qué juntar ese triste botín de culpas sin castigo,
de injurias jamás proferidas,
de ofensas aún sin vengar? La última azotaina que le di a mi mujer, o
la que ella me pedirá en
seguida, tan deprisa, han evaporado ya o van a evaporar en su
vaho luminoso esas escorias de
un fuego mayor, del cual la azotaina no es sino un reflejo, y que es
al fin lo único que importa.
Realmente, no tenemos tiempo, quiero decir que no tenemos
tiempo más que de vivir, no de
impedirnos uno al otro o cada uno por su parte y retenernos la vida.
Se puede creer que estoy
bromeando, o que me dejo llevar por un lirismo un poco ficticio
o morboso, y un poco vano.
Pues no. He conocido y he visto a demasiados hombres y
mujeres atesorar todos esos odios,
!o cual suponía que antes los habían dejado nacer, instalarse,
adquirir un espantoso derecho de
asilo en el seno mismo de aquello que los unía unos a otros, y,
a continuación, acuñar día
tras día, noche tras noche su lamentable ahorro, mientras se
extrañaban
de que el precio de esa
paródica moneda de cambio, lejos de proveer la compra de la
mínima
parte del amor primitivo,
inalienable, que un día la había suscitado, por el contrario acababa
por deteriorarlo y debilitarlo,
devaluándolo en la medida misma en que ellos se esforzaban
por encarecerlo o, simplemente,
de restablecer su curso.
La azotaina tiende a
canalizar esos movimientos a la vez excesivos y contradictorios.
Sin
embargo, no los hace
insípidos ni los vuelve superficiales. Como todo aquello que
canaliza,
puede dar o contribuir a
dar a unos impulsos normales, naturales, pero desbocados y salvajes,
el máximo de regularidad y
continuidad posible, con el máximo de fuerza posible. Pone diques a
la dispersión, y con ella a la
pérdida. Los lectores de Charles-Albert Cingria sin duda recordarán
su bello «Canal exutorio».
Verdaderamente, creo que sin conocerme me ha robado la idea, o
las palabras, él que no robaba
a nadie, al contrario que tantos otros que saquean sin freno. Pero
no importa, aquí al menos.
Dejemos las frases vacías a los mudos, las miradas de odio a los
ciegos, los puños apretados a los
impotentes. La azotaina, lo repito, no es sino una variante reforzada
de la caricia. Sigue y precede
a la vez a una forma exaltada, soberana, y casi serena del amor,
y como tal mi mujer y yo la
hemos elegido juntos; creo que es su fijeza, justamente, lo que
puede tener de obsesivo, y como
de estereotipo, lo que permite a este amor desarrollarse con
amplitud, cortado aquí y allá por
rápidas caídas, con el invencible rigor de un gran
río. A cada amor, ya lo he dicho
también, a cada hombre y a cada mujer que se aman,
cabe descubrirle su propio
ritmo, importando únicamente, como en todo, distinguir lo que es
abuso para librarse de él. Se
podría sostener que lo que se trata de encontrar es el lugar geométrico
de resistencias diferentes:
nudos y trabas del espíritu, cicatrices del alma y del corazón,
inhibiciones ante el simple amor físico,
del cual la azotaina no seria más que un sustituto, infantil e
irrisorio en verdad, o pura
sensibilidad de la epidermis y de la carne: se sabe que el trasero
femenino, después de todo, no es ni
un maniquí de karate ni un tambor. Y es ese lugar geométrico el
que decidirá la elección del
tiempo: tal repetición, tal frecuencia.
Pienso haber demostrado, en
fin, que una buena parte del encanto de la azotaina, pero
también de su eficacia, reside en
su propia espera. Pasado un cierto deseo, oscuro en sí mismo,
de indecisión y vaguedad de la
primera juventud, uno sabe bien, en efecto, qué es lo que se
espera, no lo que uno no espera; lo
previsto, no ¡o imprevisible, que se aureola para el corazón y
el espíritu con los atributos
más retumbantes del asombro y la impaciencia. La novedad es para
los tontos, los olvidadizos,
los aturdidos y los irreflexivos. He aquí por qué mi mujer y yo
hemos elegido mantener un cierto
intervalo de tiempo entre cada azotaina; por qué hemos elegido un
día fijo, por qué es el
viernes, porque en nuestro recorte arbitrario y convencional del tiempo,
el curso de este último va
desde el lunes hacia el domingo; por qué, en fin, dentro de ese
día, preferimos la noche a la
mañana.
Por lo que a mí respecta, y
también a mi mujer, la mañana es el momento del enfriamiento,
en
sentido figurado, de la
lentitud, del espíritu y cuerpo. Como todos aquellos a quienes les gusta
la noche y que se acuestan y
se levantan tarde, tenemos despertares torpes y perezosos,
donde parecen confundirse aún,
como en las brumas mismas del sueño, una sorda y muda ternura y
la suficiente abulia y
malestar como para dejar la parte mejor a los actos del día. La violencia,
en ese ( momento, aun la más
convenida, la más deseada, estallaría como una disonancia,
una discordancia, una nota
aguda en falso. Y tanto más cuanto que bajo la pereza y la lentitud
se esconden toda la energía,
toda la fuerza sin emplear que pronto, en seguida, rápidamente,
se arrojarán con loca alegría
sobre esos actos, esos gestos, esas horas. Verdaderamente,
sería malgastarías usarlas ya, de
golpe, para hacer volar en pedazos la reserva preciosa de noche,
de silencio y de calidez que
debe permitir, un poco más tarde, ahora, afrontar la otra desnudez,
el otro despojamiento del día.
En verdad vale o más hacer el amor, deslizarse desde la noche en
el amor, sin demasiado ruido,
sin demasiada pasión, sin demasiadas palabras, como una barca
que se separa insensiblemente
de la orilla, de sus sombras, de su tibieza acariciadora y se hunde,
poco a poco, en la mancha
deslumbradora del sol en alta mar.
La noche es un momento
diferente. La mujer que amo y yo estábamos separados uno del
otro.
Cada uno hemos corrido
nuestra carrera, nuestra fortuna en el mundo: la luz, las voces, el
ruido.
Y.todo el día, sin embargo,
una corriente subterránea de pensamientos, que parece deslizarse
sin esfuerzo entre las
transparentes redes de las horas, nos ha llevado el uno hacia el otro, hacia
ese limite inmutable, el
momento, el lugar en el cual debemos encontrarnos y donde haremos
otro tipo de
amor.
Durante todo el día nos
hemos embotado, cansado, incluso agotado a veces. He pensado
tanto
en la azotaina que yo deseo
y que voy a dar a mi mujer, que ahora esa azotaina ha dejado
de
tentarme. ¿Por qué le
pegaré, realmente? Yo la amo, todas nuestras discusiones y peleas
hace
tiempo que las he olvidado
y ella también ha debido de olvidarlas. Además, no podemos
ignorar que PO cuentan, que no son
ellas las que, desde que nos amamos, forman el tejido sólido, la
tela profunda y apretada de
nuestra vida, y mientras ésta sigue creándose, de nuestros recuerdos.
Y aún más, la azotaina misma
no es sino un juego, un pretexto. El cansancio de amar,
y simplemente de vivir, ¿no
merece algo más que un juego o un pretexto? La mujer que yo amo,
en cada una de sus costumbres,
pero más bien debería decir nuestras costumbres, es más
obstinada que yo. ¿Tal vez será
porque es más joven? Hemos convenido que tal día, en tal momento, yo
le daré una azotaina. Eso
significa que debo darle, ese día y en ese momento, precisamente,
esa azotaina. ¿Por qué
privarme? ¿Porque soy más viejo? Yo le he enseñado a amar una
invención, una imaginación que en
principio parecía loca y absurda. ¿Por qué pretendo ahora privarla
de ella?
Sin embargo, las horas
pasan también sobre ella, mi mujer, debilitando sus razones,
su
resolución, sus propios
sentidos, en el tiempo y la medida exactos en que va creciendo, como
la mía, su impaciencia. Una
azotaina, a fin de cuentas, ¿por qué? Es ridículo jugar a hacerse daño.
¿Y cuál es el verdadero
móvil, el verdadero significado? ¿No querrá decir todo esto que yo,
el hombre a quien ella ama, la
amo o la deseo menos a ella, a mi mujer? ¿Que me he
proporcionado ese juego, ese pretexto,
para disimular una sequedad, una atenuación, una carencia,. sean de
alma o de cuerpo? ¿Existe una
razón, una explicación suficiente para que una mujer joven, que ya
no es ninguna niña, se haga
gratificar por un hombre que tampoco es ningún jovenzuelo
con atenciones tan
extravagantes y además tan ardientes como una
azotaina?
Pero la noche ha llegado y
no puede dejar de coronar el día. Desde hace algunos minutos
voy
dando vueltas por la casa,
intentando en vano leer, entretenerme, pensar, no pensar. Me repito,
a pesar de mi mismo, una
infinidad de veces que es viernes, que debo darle una azotaina a
mí mujer y que se la voy a
dar. Si tuviera un poco de sentido del humor me entrenaría con un
cojín, para estar seguro de
hacerlo bien, no hacer demasiado daño ni demasiado poco. Pero
estoy desprovisto del sentido del
humor en estos momentos. Estoy a punto de correr hacia un
espejo para comprobar si estoy
sonrosado o pálido, calmado o nervioso, si estoy actuando o si estoy
lo suficientemente convencido
como para resultar espontáneo, sirio, si parezco una estatua griega
o hago terribles
muecas.
Vamos, es demasiado tarde,
una vez más. No, quiero decir que es demasiado pronto. !Ah!
No
sé lo que digo. Sólo sé que
estoy oyendo la llave de mi mujer en la cerradura. Como un loco,
me abalanzo sobre un
cigarrillo. Pero no tengo tiempo de encenderlo, ni tampoco ganas de fumar,
así que lo aplasto en un
cenicero. Cojo un libro. ¿Por qué un libro? ¿Es momento de leer o éste?
¿Y qué libro es éste, por qué
lo sostengo al revés, incapaz de descifrar el titulo, ni media
palabra?
Lo lanzo a través de la
habitación, cosa que odio hacer porque siento mucho afecto y a
veces
respeto por los libros. De
verdad, amigo mío, ¿dónde está tu sangre fría, tus bellas teorías, y
tú mismo, dónde estás? ¿Estás
en algún sitio acaso? Los pequeños pies de mi mujer taconean
ligera y vivamente en el
vestíbulo. ¿Debo correr a su encuentro? Sí, claro que sí. No, es una
completa estupidez. En primer lugar,
no suelo hacerlo, y de todos modos hoy es imposible, mi
mujer pensaría que yo he pensado
que quiero darle una azotaina. Pero lo quiero y lo pienso,
justamente.
!Ah! Pero ése no es el
juego. ¿Y cuál es? La azotaina puede ser uno, no la expresión de mi
rostro
antes, durante y después de
que dé esa misma azotaina. Me dejo caer en la cama, me levanto
de golpe como si me hubiesen
pinchado. Mi mujer entra en la habitación. Estoy seguro ahora
de tener ese aspecto del
culpable al que cogen con las manos en la masa. ¿Pero qué masa? Para
mi alivio, me doy cuenta en
seguida de que mi mujer también tiene una mirada y una
expresión
completamente falsos.
¡Cuánto me ama, y cuánto la amo! Estoy de pie junto a la cama, y la
cama está cerca de la puerta. Me
parece notar, pero apenas tengo tiempo, que las mejillas de mi
mujer están muy rojas bajo su
color tostado, ese bronceado natural de verano e invierno. Ya está en
mis brazos, se coge a mí, rodea
mi cuello. Cómo puede ser tan dulce, tan confiada, con su cuerpo
de golpe fundido en el mía, y
sin embargo tan extraño, tan diferente, tan cálido, tan denso. ¡Ah!
Es porque yo mismo estoy tan
forzado y tenso. Realmente, me siento culpable, de manera
agobiante y deliciosa. La mujer que
amo me tiende sus labios, su cara, con los ojos cerrados,
medio abiertos, medio cerrados,
sus largas pestañas negras, espesas como las barbas de una pluma
de cisne, pues hay cisnes
negros, quiere besar y ser besada. No deseo besar sus labios, no
tengo tiempo, no es el momento.
Los separo, los aplasto después con una precipitación y
una distracción penosas. ¿Nos
conocemos realmente, esa mujer y yo? Ella se mueve un poco
contra mí, después se contrae de
manera perceptible, se abandona y se funde de nuevo, se diría que
por un esfuerzo de voluntad, de
consciencia. Cuando hablamos, nuestras voces sin
aliento cuchichean, en plena luz
eléctrica, son voces de noche. Aquí llega el tiempo que no tiene, que
no puede tener palabras. Las
últimas, entrecortadas, febriles, se esconden: se diría que
sienten vergüenza de ser
proferidas. Mi mujer cuchichea, como si en ese mismo momento descubriese
el destino y la fatalidad
humanas, que supone que voy a darle una azotaina. Incluso por esas
pocas palabras podría guardarle
rencor. Pero no tengo tiempo. Gruño brevemente con embarazo, que
tal es, en efecto, mi
intención. Mi mujer me estrecha y se crispa un último segundo, después
me suelta. Ahora ella está
pasiva, se somete a mí, como un objeto, pero un objeto viviente, lo que
es a la vez fascinante e
improbable, y es mía.
Me apresuro, aunque
desearía, más que nada, ir despacio. Instalo a mi mujer sobre
mis
rodillas, la golpeo tanto
tiempo y tan fuerte como puedo y me atrevo. Cuando ya no puedo
más
querría conservarla aún
mucho tiempo así, mirarla, está tan bella, me trastorna. Desearía
dejarla pensar en la azotaina que
acaba de recibir, y dejarme a mí pensar que acabo de aplicársela. Pero
a menudo no tengo tiempo.
Siento un deseo demasiado fuerte y demasiado apremiante de ir
más allá, es decir, en primer
lugar, y sobre todo, de huir hacia adelante, esconder mi emoción,
mi turbación, que me ahogan,
acabar de desligar ese cuerpo para mí más deslumbrante,
más radiante, más desgarrador
que todos los demás pasados y por venir, de aprovechar, en fin,
el aumento de humedad, de
ardiente y fundente suavidad, de vertiginosa accesibilidad que
la azotaina acaba de darle.
Así que me aprovecho. Como si en el mismo lugar donde la azotaina
de manera obligada se detiene,
y rebota, mi sexo más penetrante me permitiera
mágicamente proseguir, hundirme como si
me hundiese entero en las dunas de carne punzante, abandonada
einefablemente voraz, y por
fin agotadora y saciadora que la azotaina acaba de juntar.
¿Cuándo cenaremos? ¿Cuándo
volveremos a ponernos la ropa, los zapatos, volveremos a mostrar
una expresión civilizada en la
cara, gestos acogedores para recibir a los amigos, visitar, volver
al mundo, salir un poco de
nosotros mismos, o simplemente sentarnos cara a cara, cada uno a
un lado de una mesa, para
hacer un sacrificio a algunos de los ritos y, a algunas de las
necesidades propias entre otras de la
especie humana? Ah, no lo sé. Pero qué importa. Tenemos
tiempo, ahora. Todo el tiempo. Un
día y una tarde acaban. Otra tarde y la noche
empiezan.
