CAPÍTULO
III
Cómo
Recuerdo que hace algunos
años, cuando conocí a mi mujer, ella y yo nos encontrábamos
en
una ciudad del Medio
Oriente, quizá Teherán o Estambul. A menos que fuese en Egipto, en
los
lujosos jardines, no lejos
de Alejandría, que rodean al que fue uno de los palacios de Faruk.
Era en el mes de enero, y
caminábamos bajo los árboles de una larga avenida donde el solo
se
combinaba con la sombra
verde y negra de las hojas. Mi mujer hablaba de su adolescencia,
de
sus primeras salidas de
chica joven, y también de su padre, a quien amaba, y de la muerte de
éste.
De pronto dijo que él se
disgustaba mucho cuando volvía tarde por la noche, y que la
esperaba.
Por su lado, ella se
esforzaba en descubrir esa vigilancia, se quitaba los zapatos antes de
pasar por la puerta, andaba de
puntillas. Pero el viejo señor tenía el oído fino. Incluso aunque
hubiese acabado por irse a su
habitación, se levantaba o volvía a salir, e interceptaba al ratoncito de
mi mujer antes de que hubiera
podido refugiarse en su propio agujero.
Ella reía al contarme eso.
Le pregunté qué pasaba entonces, si el viejo gritaba mucho.
Mi
mujer se rió aún más,
sacudiendo la cabeza con una especie de rencor no exento de admiración,
o de satisfacción. En primer
lugar, dijo, él no era tan viejo. Y era un señor muy digno. No
daba ninguna clase de gritos,
sino que le pegaba.
Me vino, por todos los
demonios, un impulso furioso y al mismo tiempo debo confesar que
me
sentí excitado. ¿Se atrevía
realmente a pegarte? ¿Y cómo? Dime, ¿cómo te
pegaba?
Pues me daba unos azotes,
dijo mi mujer, riendo y enrojeciendo. Creo que, como Hércules
o
Milon de Crotona, a menos
que no fuera Porthos, iba a arrancar de raíz uno de aquellos árboles
y roerlo como un rábano.
Pero, ¿cómo?, le pregunté aún. ¿Cómo te azotaba?
Mi mujer se apretó contra
mí. ¡Ah! Cómo me acuerdo de aquel verano de Egipto,
si,
decididamente era Egipto en
pleno invierno. Y mi pequeña ratita dijo que yo estaba loco:
puedes pensar que mi padre no
tenía nada de perverso, sólo que no era como tú. ¿Qué hubieras
querido que hiciese? Si quieres
saberlo, me cogía por el brazo, me hacia girar como un trompo y me
daba dos o tres buenos azotes en
el culo. Y claro, me hacía daño, yo intentaba escaparme,
primero, girando alrededor de la
mesa. Pero, yo estaba de pie y vestida, ¿qué
pensabas?
Lo que yo pensaba ella sólo
lo supo unos días más tarde, en uno de los
suntuosos
apartamentos victorianos de
esos hoteles que miran al Nilo. Pues habíamos vuelto a El
Cairo.
Pero en aquel momento, en
los jardines de Montazah, la impresión que yo sentí, y que tenía
una extraña y punzante
vivacidad, fue sobre todo de alivio y, casi con la misma fuerza, de
decepción.
Con mi mujer que, sin el
menor esfuerzo, me había calado al instante, estoy dispuesto
a
reconocer que esa
decepción, mi imaginación y mis preguntas eran perversas. Reconozco que
aun estando muy irritado,
aunque celoso sería una palabra más exacta, me hubiera
gustado
muchísimo que aquel
honorable viejo señor le hubiera dado buenas azotainas a mi mujer.
Entre
otras por aquella razón, ya
largamente expuesta, de que hacia mucho que ella había dejado de
ser una niña. Persisto en
creer, en efecto, que es una dote excelente para confiar a una joven:
creo que deben restarle huellas
benefactoras, e incluso adorables, en el sentimiento que ella tiene,
o tendrá, hacia los otros
hombres, y en el que puede albergar de su propio cuerpo.
Bueno. Pero también me alivió. Si
la virginidad, en el sentido habitual, me es indiferente, estoy lejos
de no desear al menos algunos
territorios vírgenes. Los hombres disipados, en el sentido
de dispersión, antes de
casarse, comprenderán que pueda hablar de territorios imaginarios, más
que de territorios puramente y
por tanto abstractamente físicos. Ya que si hay, y
existen, imaginaciones concretas,
está claro que hay también un sentimiento abstracto del
cuerpo.
Sin embargo, ¿cómo se da
una azotaina, que es a donde quiero ir a parar? Poco más o
menos
al contrario que ese digno
señor, con quien no dejo de sentirme, a través de los días y del
tiempo, en calurosa simpatía por la
irreprochable calidad de sus principios fundamentales. Yo diría
que es evidente, para mi, que
la mujer que recibe los azotes no debe estar ni vestida ni de pie.
O, mejor aún, que debe estar
tanto lo uno como lo otro pero antes, y que precisamente una
parte importante de la azotaina,
o de la operación, en sentido extenso, de dar tal azotaina, es cambiar
la situación en ese estado.
Por lo demás, me apresuro a añadir que la víctima consentida
tampoco debe estar desnuda, quiero
decir completamente desnuda. Dar unos azotes a alguien que lo esté,
o que esté vestida o de pie
creo que es desnaturalizar el propio placer, sin hablar del significado,
a la vez simbólico e
inmediato, de la azotaina. Tanto más cuanto que, en efecto, más que sobre
una percusión más o menos
prolongada y reforzada, me parece claro que su razón de existir y
su sentido reposan sobre el
hecho de inclinar o curvar y sobre el de desvestir: me refiero, con
más precisión aún, a desvestir
en parte, la parte misma que interesa a la azotaina. Ya que esta
última, establecida a la vez sobre
la noción de humillación y dolor, debe tender a pesar de todo
a conservar lo máximo posible
de uno y otro, en la misma medida, y al tiempo que de
forma insidiosa los caricaturiza
y los falsea, si quiere conservar también su poder de enseñanza y, si
se puede decir así, su
brillantez, su virtud picante y profunda. Creo haber explicado ya bastante
que
no debería confundirse
nunca con ningún tipo de acto represivo o punitivo sino con un
gesto
elemental de amor, o, si se
prefiere, procedente directamente, inmediatamente de la más
simple conjunción del Liebespiel o
juego del amor. Pero me pregunto si no sería justo decir que
debe conservar, en todo caso, un
carácter correctivo.
Ya he expuesto también
largamente que otro componente importante del acto y el sentido
de
la azotaina reside y está
contenido en su propia espera, en el hecho de saber que se va a
dar.
Seria, en efecto, como
aventurarla y privarla de toda eficacia real, salvo quizá una especie
de satisfacción nerviosa,
aplicarla de improviso y brutalmente. Veamos lo que es preferible. Pero
en primer lugar volveré a la
primera persona, y de una forma casi autobiográfica, ya que siempre
me ha desagradado, y me
desagrada cada vez más a medida que avanzo en edad, disimular
mis singularidades, sean
intelectuales o morales, físicas o sensuales, bajo cualquier tipo de
máscara: voy a utilizar, entonces,
lo que en principio es indecente, pero, después de todo, quién no lo
hace, los recursos de su propia
vida para dirigirse a sus contemporáneos, me parece seguramente
más modesto e incluso menos
hipócrita hablar en nombre propio, en primera persona, que
escudarse en no sé qué
pluralidades.
Pues bien: la mujer que yo
amo piensa que ese día, esa noche, voy a darle una azotaina.
Piensa
en ello, espera largo
tiempo antes mientras yo la espero a ella, mi víctima, mi mujer.
Conociendo como nadie mis gustos, que
para algunos detalles son precisos hasta la obsesión, ella ha
puesto una atención particular en
la manera de vestirse. Hablo aquí, y ya había hecho alusión antes, de
la lencería femenina. Para mí
es constante motivo de rabia y despecho la dificultad de
encontrar, sea en los comercios de
lujo o en el más vulgar de los almacenes de oportunidades, lo que
deseo en esta materia. En primer
lugar execro indistintamente, en este terreno, casi todo lo que
se fabrica con tejidos
sintéticos. Tienen siempre un tacto, el grosor, el color, la textura
misma, inhumanos, fríos, muertos,
oscuramente contrarios a la suavidad y el calor de la carne.
Me obstino en soñar con las
sedas, tisús, algodones y linos de antaño, incluso cuando no sé muy
bien cómo eran. En segundo
lugar, si se pueden encontrar, en alguna vieja tienda suiza, inglesa o de
la Auvernia una de esas telas,
yo no me quedo con cualquiera: son las más finas, pero que no
sean transparentes o casi, las
más suaves por no repetir sedosas, las tupidas y lisas las que convienen
a mi meticulosa locura. Se
comprenderá que es así porque imitan, o por lo menos no insultan,
la humedad aterciopelada de la
carne. Execro por tanto todo aquello que en una tela reservada a
la ropa interior femenina, de
los hombres no me preocupo, quizá adornada o, tal como se
dice, según creo, incrustada,
todo lo que puede estar horadado, calado, granuloso, rugoso o
rasposo.
No me gustan las
prostitutas, jamás me ha tentado usar de ellas, y por ese motivo no
puedo
soportar tampoco en la ropa
interior todo lo que sean encajes y cintas, macramés, ojales,
realces y otras ridiculeces en
forma de fruslería o baratija. Me gustan las medias llevadas bajo
un vestido, sobre todo si son
casi incoloras, pero odio tocarlas, quitárselas a una mujer e
incluso verla quitárselas. Tampoco
soy muy aficionado a los sujetadores: como todo aquello que
pueda parecerse a una faja, a un
porta ligas o a cualquier tipo de calzón largo y estrecho, son bien
feos.
Y no hablemos de las
horribles marcas que esos diversos instrumentos de aprisionamiento y
de tortura dejan, a veces
durante horas, en la carne. Sin embargo, he lamentado siempre,
en
contrapartida, la
progresiva desaparición de esa prenda encantadora que se llamaba
combinación.
Y por contra también debo
observar que si bien rehúso como ya he dicho quitarle las medias
e incluso el sujetador a una
mujer, a menos que sea de una forma muy rápida, pero por
desgracia soy más bien torpe, por
contra, pues, no podría una mujer frustrarme y hacerme más
desgraciado que quitándose ella misma
su braguita o slip. Aquí reaparece la fijación, la obsesión que,
de manera fundamental, me
dicta el presente elogio. Pero me gustaría añadir aún, en materia
de lencería, que también es
importante la cuestión de los colores. En verdad, no sé qué especie
de morbosa misoginia ha podido
inducir en estos últimos años tanto a fabricantes como
a diseñadores a decretar unos
matices tan grotescos, tan insoportables como el marrón, el óxido
o el violeta. ¡La peste caiga
sobre ellos, amén de alguna enfermedad vergonzosa! En lo que a
mi respecta, el color más
erótico, en una tela lisa y, como ya he indicado, un poco blanda y
sedosa, sigue siendo el blanco. En
lana fina, de trama muy tupida, el negro. Y por fin, en verano
sobre todo, y más aún si la
blancura de la carne secreta, de la carne escondida, ha sido preservada
con respecto al bronceado del
resto del cuerpo, pueden resultar divertidos algunos colores
vivos: algunos rojos o azules. En
cuanto a la forma, para acabar, y aunque esto parece escapar también
a la pobre comprensión de los
industriales que ya he mencionado, es evidente para mi que
debería siempre, de la manera más
sencilla del mundo, limitarse y reducirse a la del cuerpo. Un
corte estricto y ajustado, sea
corta o larga, se detenga por arriba justo en el nacimiento del pubis
o descienda, como sucede a
veces, más o menos sobre el de los muslos, pero siempre, de
todas maneras, en uno de esos
tejidos tan finos, tupidos y un poco ajustados que se adhieren con
la mayor exactitud posible al
volumen y al dibujo, al peso y la redondez del trasero,
dejando adivinar su profunda y
modelada hendidura, la grieta más discreta del sexo, es para mi el
ideal incontestable. Nunca
admitiré una de esas mordazas, esas trampas, esos ridículos jaeces o
esos sacos o bolsas informes que
pretenden vestir una de las curvas más bellas que puede tener
el cuerpo humano. Realmente es
insoportable de tocar, de ver, de quitar y poner, y por supuesto
de llevar.
Bien. Por tanto, más o
menos ligera, más o menos vestida, la mujer que yo amo va por la
vida
al encuentro de su
azotaina. Una de las características de ésta, en la cual se parece al acto
mismo del amor, es delatar toda
tentativa de constituirla en experiencia. Tanto para aquél como
para ésta, sin duda es demasiado
grande la parte del sueño o de la imaginación, y están
demasiado unidos al instante,
dependiente como dice Descartes del campo del ser y no del conocer,
esa exasperación, esa
exacerbación, que les son también propias, de todos los sentidos, es decir,
en definitiva no sólo de todas
las sensaciones, sino de todos los sentimientos.
Observando esto veo, y debo
puntualizarlo de paso, incluso aunque, al observarlo, alargo
aún
el rodeo del que voy a
hablar, veo que estoy tentado, de manera casi invencible, de eludir lo
que constituye mi propio
objetivo: me doy cuenta de que lo estoy rechazando al paso en que
quiero, por el contrario,
aproximarlo. Alguien ha dicho ya que éste es quizá uno de los sentidos
más profundos y la ineludible
trayectoria de toda creación. Me contentaría con encontrar un
axioma no menos evidente que
ambiguo de André Breton, una vez más: «La poesía se hace en el
lecho como el
amor».
También la azotaina. Cuando
por fin la mujer que amo se encuentra ante mí, a mi alcance,
por
última vez y a toda prisa,
enfebrecido, recapitulo apasionadamente, inútilmente, en la
disolución acelerada poco a poco de lo
que se refleja. en el seno de la conciencia, mis reglas precisas
y absurdas. La mujer que yo
amo sabe demasiado bien, lo digo una vez más, que ella forma
parte del juego, y también que no
se trata en realidad de un juego. Es eso y no el miedo, ni tampoco
la impaciencia, lo que le pone
fuego en las mejillas, en el corazón ese latir enloquecido, en los
ojos ese polvo de
estrellas.
Mi mujer pasa ante mi como
si no me conociera. Sin embargo, me conoce. Si nos besamos,
es
con precipitación, con
brusquedad, con una negligencia febril, burlona. Mi mujer va
a
esconderse, lejos de mi, no
para volver completamente desnuda, sino sólo para
desembarazarse de aquello que no me gusta
en ella. Cuando vuelve, podría creer que es mi mujer, la de todos
los días. Sin embargo, es
falso. No es un juego, sino el juego. En realidad sólo lleva una camisa o
un jersey muy fino, bajo éste
los senos desnudos, y, bajo la falda corta o el pantalón, una de
sus terribles, aturdidoras,
trastornadoras braguitas. Por lo general no hablamos, con excepción
quizá de esas breves preguntas,
de esas no menos breves respuestas, extrañamente como imitadas
del exterior, que pueden
cambiar dos personas que se entregan juntas a la ejecución de un
trabajo perfecto.
Si intentamos sonreír,
reír, la emoción parece crispar, cuajar esas manifestaciones visibles,
y
sonreímos o reímos más
tiempo, haciendo muecas, para disimular, pero ante quién, que desde
el
principio eran de una
falsedad casi total. Y entonces entramos en el sereno país de la
movilidad, aunque sea fugaz,
provisional, en la olímpica región del silencio. Yo me siento en un rincón
del lecho, o en una silla. Una
cama, Breton ya lo dice, se presta a la poesía y al amor. Una silla,
eso da al cuerpo que a ella se
acoge una inflexión a la vez más provocadora y más desarmante.
Por pereza, prefiero casi
siempre la cama. Simplemente ocurre que, a lo largo de una vez y otra,
he pasado del lado a la
esquina, que recoge más o menos las ventajas de la cama y la silla. Si
mi mujer, en efecto puede
colocarse demasiado bien, reposar la cabeza y los miembros, se
me escapa, traiciona mi
esfuerzo de agresividad, de brutalidad paródicas, de paródica crueldad:
no me atrevo a decir
terapéutica. Sentado, yo la miro de arriba a abajo por última vez. Así, de
pie ante mí, vestida y
ruborizada, es tan diferente de mí, tan encerrada en su propio mundo. Le
tiendo la mano y ella aprieta
furtivamente mis dedos, como los perros lamen la mano que les
ha golpeado, que les golpeará
aún más. Traiciono esta última confianza y abuso de que
estoy sosteniendo la mano de mi
mujer para atraerla hacia mí. Ella cede, se pliega, se curva y se
echa de cara a través de mis
rodillas y mis muslos. Busca bien que mal un poco de equilibrio,
pero puedo comprobar que lo que
a mí me llevaría al suplicio a ella no le molesta, más bien la
arrebata en secreto: tener la cabeza
más baja que el resto del cuerpo, las piernas en falso, sentir los
brazos embarazosos e inútiles.
Ella se sujeta, sin verdadera aprensión, al borde de la cama, a una de
mis piernas, para mantenerse
más que para protegerse. En esa posición, cuando menos
inhabitual, parece sin esfuerzo
aparente volverse frágil, entregada, tan cálida y densa como si se
hubiera tendido y ofrecido en un
lecho de rosas. Pero yo me pongo en guardia para no
dejarme enternecer, o aunque sea
emocionar, en exceso. Hoy, la falda es corta y de seda, y lleva
la etiqueta de un conocido
modisto. Cuando vivía aún en una gran ignorancia de la azotaina
estaba obsesionado, lo recuerdo,
por el temor a arrugar y estropear ese tipo de ropa. Ah, no deseo
nunca
que mis placeres sean
gravosos. La mujer que yo amo, sin embargo, me ha enseñado, en
este
pequeño terreno, el encanto
dulcemente sádico, iconoclasta y vengador de la indiferencia. Yo
no lo conocía sino para lo que
me pertenece a mi. Mi mujer dice que ella misma me pertenece.
A veces la creo, y a veces
no. En este preciso momento si, o va a ser que sí, en el mismo
segundo en el que cumpla lo que
estoy a punto de acometer. A saber, como si en efecto, esta rica
tela fuese completamente mía,
con una irresistible indiferencia, la tomo en dos lugares diferentes
de su extremo inferior y
levanto toda la falda, que a causa del peso del cuerpo desliza o mal,
por debajo sobre todo, hasta
las caderas de mi pequeño ratoncito, allí donde se redondea la
depresión dorsal de la cintura: el
hueco de los riñones, como se dice. Encuentro cada vez, pero me
parece que cada vez se me olvida,
ese mismo asombro fulgurante, ese mismo chispazo que
atraviesa como una llama mis propios
riñones, contrae mi garganta, libera y endereza con una
violenta sacudida mi sexo y de golpe
enloquece, afieltrándolos al mismo tiempo, los latidos de
mi corazón. Mi mujer es y no
es, de una manera insidiosa hasta el extremo, más ella misma que
lo ha sido nunca. Está casi
más desnuda, también, en medio de esa mezcla a la vez rigurosa
y confusa de tela y carne, de
ropa y desnudez aún invisible, o casi invisible, pero tan cercana, de
lo que nunca ha estado.
Querría, como la mariposa de mi propia carne, incluyendo por supuesto
el alma, pinchar con una aguja
ese instante inconmensurable. Sin embargo, la insuperable
sabiduría de la carne, siempre sin
omitir el alma, me dice que eso no es posible: que todo instante es
mucho más bello al fundirse ya en
otro. No hay tiempo, es verdad, sólo hay tiempos. Realmente ya se
me olvida, ya he olvidado ese
deseo loco de no moverme, de no seguir, de fijar lo que es inasible
y que, fuera de esta fluidez
que es la propia de la vida y del alma humana, no tiene sentido. Es
el cuerpo el que se equivoca,
porque es más lento, más opaco, y este error del espíritu es la
verdad del cuerpo. No puedo nunca
ver suficientemente, abrazar suficientemente con la mirada toda
la belleza, y es por eso, o
también por eso es tan bella, es su fuga sutilmente retenida lo que
me colma y me desgarra. El
adorable trasero está allí, inolvidable como un problema
insoluble, evidente como una solución
de la cual se ha olvidado el problema, claramente visible bajo la
fina tela sedosa que lo cubre
aún, que mostrándolo lo disimula, y lo revela escondiéndolo. En
verdad debe de estar sobre mis
propios ojos esta escama sensible. Pero deseo, quiero ver aún,
siempre.
Todo lo bello continúa
excavando en mí sus luminosas galerías de mina, forradas y
acolchadas
como el interior, el más
profundo interior del sexo mismo de la mujer. Para ver claro,
para
cegarme hasta gritar con
esta luz, tomo a su vez, pero en esta ocasión por el extremo
superior, esforzándome lo más posible
por no tocar la carne, lo cual significaría un signo de
connivencia, una caricia, el pequeño
slip ajustado, o la ajustada braguita. Amo, con locura tanto de uno
como de la otra, la manera en
que aprietan un poco el hueco de la cintura y el principio de los
muslos, se diría que se agarran a
lo que están ocultando. Hoy es una braguita más que un slip, es de
lana negra fina y suave,
bastante corta, y el oscuro tejido me recuerda de forma punzante
algunos azules maravillosamente
oscuros del pelo, las sombras y la carne misma del sexo, y también
del fondo del hueco estrecho,
pero más estrangulador que estrangulado, entre las nalgas de mi
mujer.
Un día, sobreponiéndome a
la pena y el temor, pediré a mi mujer que se prive de ese forro
para gozar al fin de su sexo y
de ese hueco completamente desnudos. Esta noche no hago sino
pensar en ello, de nuevo con el
ardiente y repentino ímpetu de puñal en los riñones y el vientre. Bajo
la pequeña braguita hasta el
delicioso pliegue de sus muslos. Me disgustaría quitársela del
todo, porque contribuye a servir
de adorno, de marco, y también porque sería un viaje demasiado
largo, me distraería y resultaría
risible hacerla deslizar hasta los pies y quitársela. Así, engastado
entre ésta y el otro pequeño
burlete graciosamente arrugado de la falda, el trasero estallante y
húmedo, pálido y radiante parece
ofrecido por entero, casi tendido, a la vez inocente y provocador, débil
y tierno como los niños y,
como ellos sin duda, indeciblemente orgulloso y perverso. Los
balidos del cordero, se dice,
excitan la furia del tigre. Pero, en realidad, ¿qué cordero? Pues
es precisamente este falso
candor el que constituye la razón, quizá ilógica, pero la menos
refutable, en favor de la azotaina. En
ésta, cada vez, la que, llevándola sobre un último miedo de herir
u ofender, de humillar, de
hacer daño, me exaspera hasta levantar una mano que juega el juego
de la amenaza, de la
dominación, de la venganza, y finalmente la deja caer. En la
lechosa luminosidad de la carne más
secreta, con sus matices oscuros y sus sombras, sus huecos de
fuego mal apagado; aparece y
desaparece, se abre y se cierra, promesa y prenda de esos últimos
planos que hay siempre en la
belleza, en la carne, a pesar de lo que puedan pretender los eunucos, y
en
el amor. El primer golpe lo
doy, a despecho de lo que acabo de decir, menos por grandes
deseos de darlo que por temor de
no decidirme nunca. Así, a menudo me aventuraba cerrando los
ojos en los gestos profundos del
amor, cuando era adolescente. Ahora, en el instante preciso en
que aplico ese primer golpe,
creo saber que he sido demasiado violento, o no lo suficiente: sé que,
de todos modos, se ha escapado
a mi juicio y mi control. Pero es esa huida misma la que me
incita de manera irreprimible a
continuar. Como en los gestos profundos del amor, no puedo volver
a encontrarme si no me pierdo
primero. Me obstino por tanto en golpear esa carne cuya
propia sumisión me provoca y me
desafía, que se rebela afectando humillarse, enrojeciendo,
cediendo, volviendo a encontrar
eternamente, por último, su forma y su belleza milagrosas bajo el
insulto de mis golpes. Sin duda,
entonces, experimentamos, la mujer que amo y yo, un gozo muy
áspero, un poco amargo, adivinando,
presintiendo cada uno de esos golpes, y a pesar de todo y a pesar
de mí, me contengo contra la
tentación de golpear más fuerte, más rápido, durante más
tiempo, como uno se contiene al
hacer el amor de perforar de una vez, una vez al menos, a esa mujer
que uno ama, para amarla, una
vez al menos, hasta el limite. La naturaleza, afortunadamente, la
del amor en todo caso, y
también la de la azotaina, quiere que ese gozo culmine y se colme por
sí mismo hasta sus fisuras más
íntimas, en todos sus excesos y sus prolongaciones, de
manera precisa en el instante en
que ya no se soporta más. ¿Quién es, en realidad, este cordero
con dientes de tigre? ¿Quién es
el tigre con dientes de cordero?
La medida de la azotaina,
sin embargo, está fijada con menos exactitud por el cuerpo y
la
naturaleza. A estos últimos
se unen la intuición, el buen sentido y el simple sentimiento del
amor.
El ideal, extraído de una
experiencia no muy larga, pero sí intensa, de la azotaina, y teniendo
en cuenta todas las razones y
significados que he encontrado para ella, me parece ser el
momento justo en que la mujer a
quien se azota se pone a llorar. Por supuesto, hablo siempre de una
mujer a quien se ama y que ama a
quien la ama. En la vida cotidiana con ella también se da
por supuesto que uno aplica
todo su amor y su honor en intentar ahorrarle la mínima ocasión
de llorar. Pero entonces
faltan las lágrimas. Creo que éstas forman parte de la vida, en el
sentido casi más físico, pero
también de la ternura, quizá de una cierta bondad, como el licor del
hombre y el licor de la mujer
forman parte del amor de los cuerpos: son una de las soluciones o de
las resoluciones de los
complejos nudos que forman el foco mismo de esta vida y estos
sentimientos, que no se expandirían sin
ellos, al menos en toda su plenitud.
Ahora bien, es está
proximidad, este parentesco el que elimina todo sadismo, toda
tentación
cruel, a menos que sean
fingidos, representados, como mero pretexto. La mujer que uno
ama
desea llorar bajo los
golpes del hombre que ella ama, y que la ama, como desea de todo
corazón y con todo su cuerpo gritar
en el goce del amor. Llorará, pues, antes, mucho antes de que el
dolor le haya proporcionado e
impuesto más que ese puro pretexto para dejar correr sus lágrimas,
igual que gritará en el amor
mucho antes de que el hombre se vea abandonado a la última tentación
de desgarraría y perderla. La
experiencia, una vez más, rodeada de todos sus símbolos, que hay
que descifrar a su vez, pero en
lo que se fracasa justo cuando se cree haber acertado, muestra que
es más bien ella, la mujer,
quien perfora y desgarra al hombre.
Por última vez repito,
pues, que no se trata de hacer daño, sino más bien de hacer el
daño
suficiente, en el interior
limitado y espacioso de una convención: es lo contrario de la crueldad,
y lo contrario del sadismo.
La reciprocidad de esta ley me parece demostrada por el hecho de
que cuanto más nerviosismo,
rencor, caprichos y hostilidad haya amasado la mujer que uno
golpea, más tiempo tardará en
llorar, y conviene por tanto azotaría durante más tiempo. Creo
haber explicado bien, en efecto,
que la azotaina, si bien no es punitiva, debe, sin embargo,
representar la contrapartida más fiel
posible a todo lo que puede acumularse, entre un hombre y una
mujer que se aman, de odioso o,
sin llegar hasta eso, de agresivo o de negativo, aportando a
estos sentimientos el alimento
mismo, por el sesgo de la violencia infligida o sufrida, que les
permita reabsorberse,
satisfaciéndose así.
Pasa de un lado a otro de
su delicioso trasero, de arriba abajo, de izquierda a derecha,
y
verdaderamente la imagen,
la expresión, de mejilla con mejilla no han tenido jamás un
sentido
mejor, y así sucesivamente,
según vaya poniéndose bellamente púrpura o se distienda y se
crispe para luego ocultarse y
ofrecerse, yo golpeo a mi pequeño ratoncito hasta el momento en que,
con el corazón desbordado y
mientras, como en el amor, ella se estremece, su pequeño trasero
se abandona decididamente, su
sexo mismo, puedo presentirlo, puedo sentirlo, está
preparado, desbordante y fundido,
hasta que ella acepta, en el colmo del placer y la felicidad misma,
ponerse a llorar, gimiendo con una
voz minúscula, y vuelve un poco, a propósito, la cabeza del lado
en que yo veo sus ojos
estrellados de satisfacción y de malicia, y la sonrisa temblorosa que, en
su triunfante derrota, la
transfigura.
Ella es mía, puedo dejarla
así, hipócritamente humillada, y admirar sin cansarme mi obra,
con
la misma hipócrita modestia
por mi parte, el mismo orgullo perverso con que los
césares
enumeran y contemplan a sus
muertos en los campos de batalla, o cogerla entre mis
brazos,
acabar con prisa y
negligencia de desvestiría, igual que pelaría una fruta, echarla en
cualquier sitio, de cara o de
espaldas, y penetrarla a mi gusto, cual héroe que avanza por una ciudad
que tiene todas las puertas
abiertas, y que después de un simple simulacro de combate, tanto
soñaba, tanto deseaba ser tomada:
se da por supuesto que la ciudad vuelve a cerrarse, y que el
héroe queda extenuado, glorioso,
en su recinto.
¡Sí! Y yo, al mismo tiempo
que ese objetivo evidente, llego también al final de mi elogio.
No
añadiré sino algunas
palabras, a propósito de una herejía, de origen anglosajón al
parecer,
caracterizada por la
predilección, en materia de azotainas, del uso del cepillo de los cabellos.
Nos proporciona un ejemplo la
novela de Erskine Caldwell, muy leída estas últimas décadas,
que tiene por título El Pequeño
Acre de Dios. Se trata de una mujer que, sorprendiendo a su
marido que yacía desnudo en
compañía, y la expresión es pobre, de otra mujer, utiliza el
susodicho instrumento para castigar
al delincuente a expensas de su trasero. No recuerdo si el texto
precisa qué lado del cepillo, las
cerdas o el dorso, es utilizado. Ciertas obras del mismo origen
aparente, aunque de baja calidad,
como decía Brantome, y consagradas por completo a la azotaina que
he podido ver por ahí, parecen
indicar, según las fotografías de la cubierta, que se trata del
dorso.
Sin embargo, me inclino a
creer que Caldwell, aunque no tengo su obra a la vista, habla del
otro lado. Pero no importa. He
calificado ese uso de herético. Mejor dicho, me parece no sólo tal,
sinocontrario a la naturaleza y
al sentido mismo de la azotaina. De aquélla, como, por otra
parte, cabía esperar por parte de
una raza, una religión o un país profundamente puritanos, no
conserva sino el aspecto flagelante
y represivo. Consigue privarla casi por completo de lo que tiene
de carnal. Es el
colmo.
Dejando ahí esas prácticas
de sádicos maestros, de débiles verdugos y de reprimidos
sexuales, me contentaré con decir por
última vez que una azotaina se da con la mano y, como la
palabra indica, en el trasero, en
las nalgas de un hombre o una mujer. Su valor, su calor
deslumbrante vienen en primer lugar de
que se da con la mano, y sobre esa parte demasiado a menudo y
con demasiada injusticia
olvidada o abandonada del cuerpo. Viva o no, dura o no, prolongada.
o corta, la azotaina debe
situarse entre el golpe y la caricia, se podría decir Que empieza y acaba
a medio camino entre los dos
como si destapara y se expandiera sobre aquello que la
medicina llama el umbral del dolor
exquisito: hasta ahí, no es todavía una azotaina, más allá, ya no lo
es.
Ciertos lectores que me
habrán seguido hasta aquí seguirán creyendo quizá que yo
estoy
bromeando o que exagero.
Quiero repetir para concluir que no es eso. En una época y un
mundo,
quiero decir un tipo de
sociedad, en la cual la carne, mientras tiende a exhibirse cada vez más,
es en el fondo la gran vencida
del combate interminable entre el cuerpo y el espíritu, entre
lo concreto y lo abstracto,
entre lo que tiene sentido y el símbolo o signo que pretendidamente
lo muestran, creo, sé que es
urgente buscar todo aquello que permita restablecerla a su rango
de savia, de sol y de
sabiduría verdadera de los hombres. Haz el amor y no el odio. Y no
hagas tampoco el ángel, o pronto
no podrás tampoco conocer la alegría embriagadora de hacer la
bestia.
Hubo tiempos pletóricos de
carne y sangre. Así se cree, al menos. Ya no lo son, o aún no
han
vuelto. No nos desgarremos
más, porque todas las heridas sangran, las del cuerpo y las del
alma, y ya no nos queda mucha
sangre. Busquemos la ternura, la emoción, y todos los flechazos, si
son calor y luz. Se ha hablado
del alma, después del corazón, después del espíritu, y en último
lugar del sexo. Se podrían poner
los nombres de los siglos sobre esos nombres de rodajas de
hombre.
Después, un día, sólo
quedan los nombres, y los hombres se acuestan fuera. Queda lo último,
lo desconocido. Encontremos
rápido esa cara oculta del mundo, y el simple trabajo de
nuestras manos, antes de darnos
cuenta de que nos hemos encerrado a nosotros mismos, de una
manera quizá irreversible, en los
calabozos asfixiantes de una nueva escolástica.
Notas:
1. En francés fessée (azotaina) proviene de la palabra fesse (nalga). (N. de la T.)
2. Juego de palabras. Croque-mittaine es «el Coco». (N. de la T.)