lRENE

 

Le contaba a la tia de su novio cómo se hablan distanciado y había conocido a otro y lo que tuvo que hacer para subsanar el desliz cometido

 

Muy poco antes de casarme, un ahija­do mío -un poco más joven que yo­, se me adelantó. Como es normal hubo el consabido revuelo previo a la gran fiesta familiar que se aproximaba.

Sergio -que así se llama mi sobrino-, salía hacía dos años con una compañera de estudios de la carrera de económicas -Irene-, a la que conoció en un prestigioso centro privado de Barcelona. En realidad fueron dieciocho meses, pues hubo una interrupción en su noviazgo que, felizmente, terminó en reconciliación al principio del verano.

Cuando llegó septiembre, decidieron iniciar los trámites del casamiento, el cual fijaron para el quince de ese mismo mes.

Yo conocía a Irene desde los primeros días de la relación. Desde el momento que lo anunciaron, ella pasaba muchos días -y noches- en la casa familiar. Es sabido lo acogedora y liberal que es mi hermana Teresa, su futura suegra.

Me encontraba con Irene cada vez que iba por Barcelona. El tener casi la misma edad facilitaba una corriente de confianza mutua que ella no podía mantener con otros miembros de mi familia. Así que puedo afirmar francamente que éramos amigas. Se sinceraba conmigo como yo con ella... en lo posible por mi parte, claro. Cuando tuvo lugar la separación lo sentí de veras. Apreciaba mucho a esa chica y consideraba que podía hacer muy bien a mi jillol. Mi ahijado, debo decirlo, era un tanto pasota y despreocupado con todo, y también con ella, desde luego. Precisamente esa «cualidad» me pareció ser la mayor causante de la ruptura. En parte sí lo fue, pero sólo en muy pequeña parte.

Tardé bastante tiempo en enterarme que se habían reconciliado. De hecho estuve en casa de mi hermana para el fC1Tagosto y Sergio andaba solo por allí, sin rastro alguno que denotara su vuelta con Irene, así que me extrañó que a finales de mes me anunciaran el arreglo. Como no había tomado vacaciones durante ese caluroso estío, ya que mi prometido no lo había hecho, harta de tanto estCfianotJismo de mi novio, decidí no aguantar más, lo dejé plantado con sus quehaceres y todo -imprescindibles para él, por lo que podía ver- y me fui a Barcelona hasta la boda, a disfrutar de la gran casa con piscina que mi hermana y mi cuñado tenían en Sant Cugat. y por fin allí me encontré con Ire­neo N o había tenido ningún contacto con ella desde que habían tenido aquella momentánea separación, cosa que me había extrañado so­bremanera y lo seguía haciendo. Mis llamadas siempre tenían la misma contestación: "Este teléfono está fuera de servicio temporalmente por orden del titular".

Ya he dicho que atribuía a la dejadez y falta de atención de Sergio los motivos del alejamiento, algo de lo que ella se quejaba amargamente muy a menudo. De ahí mis vanos intentos de hablar con Irene y consolar a quien -con mi sobrino o sin él-, yo consideraba mi amiga. Así que cuando hubo ocasión de estar a solas le manifesté mis agravios para con ella y su falta de confianza, tanto cuando rompió como cuando se reconcilió, lo cual me había dolido enormemente. A Irene le saltaron las lágrimas cuando me dijo que sentía mucho haberse comportado así conmigo, pero que tenía sus razones, que no podía hablar en ese momento, pero que quería contárme1o todo con tranquilidad, lejos de la casa. Así que quedamos para comer un día que tenia la tarde libre.

Nos encontramos algunos días después a las tres en el Nostromo, un restaurante muy aco­gedor y discreto muy cerca de la plaza San! Jaume, que no cerraba por las tardes. Sólo cuando terminamos nuestro almuerzo, me contó aque­lla extraña y excitante historia:

-Recordarás que cuando hablamos por última vez aquel fin de semana del pasado verano, te contaba las ultimas trastadas que me había hecho Sergio. Ya sabes que he aguantado lo indecible. Quizás debido a mi pasividad, que tanto me has reprochado, quizás debido a un íntimo convencimiento de que la cosa cambiaría algún día. El caso es que hace ahora más o menos un año, poco después de hablar contigo, la situación con Sergio empeoró. Nunca hasta entonces había sufrido tantos desaires y desatenciones, y esas cosas van dejando poso y la paciencia acaba teniendo un límite. Conocí a un chico que trabaja en el departamento de mercadeo de la empresa, una persona amable y sim­pática que me hizo el centro de su atención, pero con elegancia y clase, sin atosigarme lo más mínimo. Además, tenía dos cualidades: el tío estaba muy bueno y me hada reír tanto como pocas veces he reído en mi vida.

"Comíamos juntos en el comedor de la empresa; nos veíamos tomando el cortado de la mañana, y poco más, de momento. Una mañana fui a trabajar especialmente seria, afectada por el último plantón de mi novio, que se fue de vacaciones a Andorra sin decirme nada, a pesar de haber quedado para cenar. Me tuve que enterar por tu hermana. Ese día me decidí a aceptar una cita con mi pretendiente después del trabajo. Fue muy hábil. Esa tarde -y toda la noche-, me hizo reír como nunca, tanto que me olvidé completamente del botarate de mi novio. Casi sin quererlo me encontré en su cama. Esa noche me llevó al cielo, como dicen los cursis. Tuve seis orgasmos, ¿te lo puedes creer? Al día siguiente estaba radiante, feliz, saciada. Por la tarde tuve el bajón cuando me encontré sola. Había rechazado verme de nuevo con él porque quería ordenar mis sentimientos. Nunca hasta entonces me había acostado con otro que no fuera Sergio iY menos aún a la primera cita!

"Yo en realidad no le quería y atribuía aquella maravillosa e inolvidable fallada al despecho, pero bueno, eso de hacerme correr seis veces cuando con mi novio apenas rozaba uno, y con suerte... Creo que en el tiempo que llevo saliendo con él sólo habré disfrutado de una docena de orgasmos a lo sumo. Después de un año y casi medio no lo veo como satisfactorio... ¿no te parece? "

Me dejó de piedra, la verdad, así que le manifesté mi incredulidad ante el hecho de que no lo hubiera plantado mucho antes. Desde luego yo no lo hubiera soportado.

-Ya sabes que le quiero y soy muy pero muy pasiva. Quizá te sirva para comprenderme -me respondió y luego de un respingo agregó-: Bueno, continúo contando:

"Volví a salir con Robert, que así se llama el otro. Discretamente pero bastante a menudo, dadas las oportunidades que me ofrecía Sergio. En cada cita nos íbamos apresuradamente a follar como locos. Me hacía todo tipo de guarradas que le pasara por la cabeza. Me llevaba a alcanzar el clímax múltiples veces. Me enseñó el placer del sexo anal, cosa que nunca le había consentido a mi novio. A medida que pasaban los días se me hacía más imprescindible. Cuando me acostaba con Sergio solíamos terminar de mal humor. Como lo hacíamos casi siempre en su casa, a la mañana siguiente tu hermana lo notaba. Sabía que íbamos a la deriva, lo que todavía me hacía sentir peor. No se puede trastear con dos coches a la vez -como suele deci­se-, así que tomé una decisión: me incliné por Robert a pesar de mis dudas sobre mis sentimientos hacia él. Le conté a Sergio que había otra persona y que iba a dejado. Me pidió que reflexionara unos días, que lo pensara, pero me negué. Aceptó mi decisión sin aspavientos ni dramas. Nos despedimos con un beso. Me planté en casa de su madre para comunicarlo yo misma. Abracé a tu hermana y me fui.

"No te llamé porque me sentí incapaz de mentirte respecto a los motivos verdaderos de dejar a tu sobrino, y no me atreví a contarte la verdad."

       A mi memoria vino el episodio de Héctor, y me sentí muy solidaria con ella, así que le dije:

       -Debiste hacerla. Ya te hubiera comprendido. Nunca te hubiera juzgado.

-No lo sé -me contestó, bajando la vista-. Entonces también tenía mis dudas y estaba hecha un lío. Las primeras semanas, a pesar de que una ruptura siempre es un trauma, fui feliz. No me fui a vivir con él porque quería consolidar antes nuestra relación, así que seguí en el piso con mi hermana. Sin embargo, hacíamos el amor todos los días. Los fines de semana eran agotadores. Acabábamos con la cama empapada... Un verdadero pringue, tú sabes.

"Sin embargo, a medida que pasaban los días empecé a acordarme de Sergio. Las primeras veces no le daba importancia y apartaba fácilmente esos pensamientos. A los tres meses ya empecé a echarlo de menos. Me di cuenta de cuánto lo quería y que mi único lazo de unión con Robert era el sexo. Todo lo demás era vacío. Empezaron a fallar los encuentros. El éxtasis era cada vez menos frecuente. Poco a poco dejamos de follar todos los días. Cada vez me hacía reír menos. Muy frecuentemente me daban ataques de melancolía. Cada vez más se me hacía insoportable la ausencia de Sergio. N o me preguntes el porqué, pero eso era lo que sentía. La cosa duró otro mes hasta que finalmente dejamos de vemos.

"Con la soledad vino lo peor. A la falta de mi amado vino a acompañarme el sentir desprecio por mí misma. Me consideraba una cerda viciosa, una perra adúltera. Me sentía culpable del más horrendo de los crímenes: el crimen contra el amor. Me di perfecta cuenta de lo mucho que le quería a tu ahijado y que no podía vivir sin él. Entonces me decidí a recuperarle de cualquier forma.

"Me planté un día a la puerta de su bufete. Siempre salía muy tarde pero le esperé. Bajó solo por la gran escalera del edificio de oficinas. Cuando me vio, quedó inicialmente sorprendido. Después se me acercó aparentemente contento y me dio un cálido beso en la mejilla. Sin mediar preámbulo le pedí perdón. Le dije que le quería, que no podía vivir sin su presencia. No hizo falta que le preguntara si aún sentía algo por mi. Me lo dijo él. ¡Gracias a Dios!' Nos abrazamos y así estuvimos un buen rato. Doraba de felicidad. Llamó a casa para avisar que no iba a cenar y nos fuimos a un hotel. Después de tiramos el primer polvo, cometí el error de confesarle la verdadera razón de haberlo dejado; el motivo de mi relación con Robert. Se lo conté todo, con pelos y señales".

Irene se puso a llorar. Menos mal que estábamos solas en el restaurante porque estaba de verdad muy afectada. La animé como pude,  pero me fue imposible hacer la pregunta:

-¿Qué hizo él?

-Le cambió la cara -me respondió, entre hipos y sonándose la nariz-. Se puso serio como nunca le había visto. Sin mediar palabra se levantó y se vistió. Con los ojos en llanto le pedí, le rogué, le supliqué que me comprendiera, que me perdonara, que haría cualquier cosa por conseguido, lo que fuera, lo que quisiera. Tras un buen rato en silencio me pidió tiempo para pensarlo: una semana. Después hablaríamos. Fue una triste despedida.

"No quiero decirte como pasé esos siete días para no aburrirte con más de lo mismo. Llegado el día señalado, el 20 de junio a las 7 de la tarde, ambos llegamos puntuales a la cita. Está bien, me dijo. Volvamos a intentarlo. Una vez dicho nos besamos en medio de la Diagonal entre un millón de personas.

"Las siguientes semanas fui enteramente feliz. Sergio era más atento de lo que podía considerarse normal. Hasta me enviaba flores al trabajo. Pasábamos juntos todo nuestro tiempo libre, sin embargo... algo rozaba en nuestra relación, algo se echaba en falta comparado con nuestro noviazgo anterior. Y esa sensación se instaló entre nosotros hasta que pude darme cuenta qué era, junté coraje y se lo dije:

"-¿Por qué vamos siempre entre semana a hoteles o a casa de amigos comunes y no vamos a tu casa como antes? Tengo muchas ganas de ver a tus padres, especialmente a ti y a tus hermanos.

"-Porque no estoy seguro de ti -me respondió tu ahijado.

"Su respuesta me dejó pasmada. La herida no estaba cerrada del todo, pensé. Así que le dije:

     "-¿Qué puedo hacer para convencerte de que te quiero y que puedes fiarte de mí?"

       Irene volvió a llorar. Era un llanto amargo.

Tomé su mano intentando consolarla:

-No llores, mujer, que todo ha pasado ya. Sólo son recuerdos malos que se los llevó el tiempo -le dije, con ternura.

     Cuando pudo controlar los sollozos, continuó:

 -Sergio me preguntó hasta dispuesta a llegar para probar arrepentimiento.

       "-Haré lo que tú quieras, por doloroso que sea.

       "-¿De verdad harás cualquier cosa que te pida? -insistió.

       "-Sí, sí, lo que quieras -accedí con las lágrimas a punto de brotar.

"Entonces me lo dijo. Me dijo exactamente qué quería que hiciese para rehabilitarme ante él.

 

 

"-Tienes que ir a Villa S.

 

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"-¿ Villa S? ¿Dónde está eso? -fue lo primero que se me ocurrió y en el rostro de Sergio se dibujó un gesto de contrariedad-. Muy bien, muy bien -agregué, para que no se enfadara-, donde tú quieras iré, pero... ¿puedo saber por lo menos para qué quieres que vaya?

"Entonces tu ahijado me lo aclaró todo. Villa S era -es- una residencia para mujeres. Había conocido su existencia a través de su tío, uno de los socios fundadores del bufete donde trabaja, al que por lo visto había contado lo de nuestra reconciliación y sus dudas sobre mí. Sergio lo adora. Es como si fuera su padre. Este mandaba allí a su mujer y a su hija cada año. Más tarde comprenderás el porqué. Bueno, continúo, me dijo que la estancia allí no era fácil, pero que allí «purgaría mi pecado». Me volvió a preguntar si estaba dispuesta a ir. Le dije que sí, sin pensarlo".

-¿Y contestaste que sí? ¿Así nomás? ¿Sin indagar algo más sobre aquello? No te entiendo, Irene -le respondí, íntimamente ofuscada.

-Sí, Inés, con temor pero lo hice... por amor. No me importaba lo que me pasara, si haciéndolo recuperaba a Sergio.

-Bueno -contesté, casi con fastidio-. ¿Y qué paso?

 

-Por fin encontramos plaza libre la segunda semana de julio, y gracias al tío de Sergio. Hice maravillas para conseguir unos días de vacaciones. Tenía que «ingresar» el viernes por la noche, así que salimos después del trabajo en coche. Imagínate, sin escalas, y después de trabajar todo el día para que me dieran esa semana y, por si fuera poco, con el aire acondicionado estropeado. Llegamos sobre la una de la madrugada...

 

VILLA S

 

Cuando le cuenta a la tía de su novio acerca de la extraña villa, de la gobernanta y de la iniciación en el aprendizaje

 

La villa es un caserón enorme rodeado de árboles y jardines, cerca de la autopista. N os estaban esperando. Nos recibió una señora mayor, que pasaba holgadamente los sesenta, Frau Hildegarde, quien nos hizo pasar a una pequeña sala de estilo morisco. N os preguntó si queríamos cenar. A pesar de no haber probado bocado, rehusamos. Yo sólo quería una ducha y acostarme en una cama, y mañana... Mañana ya vería de qué se trataba todo aquello.

Me hicieron salir unos minutos para hablar a solas. Salieron y me despedí de Sergio hasta el próximo sábado en que vendría a recogerme para ir juntos a disfrutar el resto de las vacaciones. Cuando quedé sola, Frau Hildegarde amablemente me condujo a mi habitación, pequeña pero cálida, con un delicioso cuarto de baño completo y un gran tocador junto a la cama.

-Espero que estés cómoda. No necesitarás la ropa de tu maleta -explicó, levantándola y dispuesta a llevársela-. Ya te daremos lo que necesites. No tenemos demasiadas reglas, ya lo verás. Solo la puntualidad y la obediencia. Y algo importante: durante tu estancia aquí se te conocerá como Ariadna.

-¿Ariadna? -pregunté, con una sonrisa forzada en la que se mezclaba la sorpresa con la hilaridad.

-Sí, la del ovillo. ¿Te gusta? -me contestó la mujer-. Bueno, ahora descansa. Hasta mañana, felices sueños.

Se retiró del cuarto casi sin hacer ruido. "¿Ariadna?" -me pregunté a mí misma-.

"Sí. Está bien, como lo desee".

Cuando por fin quedé a solas me desnudé, me duché y apenas me metí en la cama me dormí.

Cuando escuché los suaves golpes en la puerta, me pareció que sólo habían pasado unos minutos. Aunque todavía no podía darme cuenta si estaba despierta o aún soñaba, se me apareció una hermosa mujer rubia -entre los treinta y los cuarenta- que entró directamente sin esperar que yo contestara el llamado.

Sólo eran las seis de la mañana. Llevaba en sus manos una bata de seda blanca y unos zapatos de tacón alto, negros, con cierre de hebilla, que dejó sobre el taburete del tocador.

-Esa es la ropa que debes ponerte. A las siete tienes que estar en el comedor -fue lo único que dijo antes de marcharse.

Aunque estaba rendida y no podía despejar el sueño que se empecinaba en entorpecer mis movimientos, a las siete estaba en el comedor como me lo había indicado la hermosa mujer rubia, aunque llegué en último lugar.

En el comedor había once mujeres ubicadas en tomo a una mesa alargada, de madera oscura y estilo casi monacal. Todas las mujeres llevaban el mismo atuendo, batas como la mía, blancas y holgadas. En la cabecera de la mesa, Frau Hildegarde se sentaba en un sillón de alto respaldo y con apoya brazos. A su derecha había una silla de estilo vacía, y supuse que era para mí. Aunque no sé qué me llevaba a comportarme así, esperé a una indicación suya para sentarme.

-Un momento de atención, queridas -dijo Frau Hildegarde-. Demos la bienvenida a Ariadna. Llegó ayer y estará con nosotras por primera vez.

Todas las mujeres presentes me saludaron con una leve inclinación de cabeza a las que correspondí. Frau Hildegarde bendijo la mesa y comenzamos a desayunar.

Yo estaba muerta de hambre y prácticamente me abalancé sobre los croissants, las tostadas, los jugos y el café. Todo el desayuno transcurrió en absoluto silencio, sin el parloteo habitual. En un momento la Frau hizo sonar una campanilla de mano y todas dejamos de comer, incluso yo. Con un gesto seco indicó a un par de doncellas que vaciaran la mesa.

-Bien queridas, ahora como es habitual en­tre nosotras con quienes se incorporan, haga­mos a Ariadna unas preguntas -dijo la Frau, y sólo obtuvo por respuesta algunas risitas conte­nidas-. Veamos, Ariadna -continuó la mujer-: ¿a tu prometido le gustas más cuando te maqui­llas?

-Sí, supongo que sí -contesté.

-¿Sólo lo supones?

-Bueno, sí -repliqué-. Seguro que le gusta cuando me maquillo.

       -¿Más que cuando vas al natural?

 

       Aunque las actitudes y esas preguntas me  resultaban extrañas e intrigantes, contesté:

       -Definitivamente, sí.

       -¿Por qué entonces, me pregunto, no te has maquillado esta mañana?

       Me quedé perpleja y no supe qué debía responder.

       -Bueno, él no está aquí ahora -respondí, apelando al sentido común.

       -¿ y si apareciera por esa puerta? -preguntó Frau Hildegarde-. ¿Estarías preparada para él?

Dudé acerca de lo que debía contestar. La pregunta me había tomado por sorpresa y era verdad. En ese momento me daba cuenta de la situación.

-No sería la primera vez que no me arreglo cuando lo veo -dije casi titubeando. Presentía que detrás de aquél interrogatorio se escondía algo para lo que yo no estaba preparada. Me sentí como una chiquilla que ha hecho algo malo.

En el mismo tono severo y pausado, y sin moverse en el gran sillón señorial, Frau Hilde­garde, esta vez mirando al resto de las otras mujeres presentes, dijo:

-Aquí tenéis un ejemplo claro de aquello que tantas veces digo. Por esto se empieza –las sermoneó-. Una mujer que se precie siempre debe intentar agradar a su hombre. Debe estar preparada en cualquier lugar y en todo momento. De lo contrario... ¡Ach! -Hizo un gesto despectivo con una de sus manos-. Es evidente que nuestra Ariadna ha preferido unos minutos más de sueño a preocuparse por ser una buena hembra para su señor, en este caso su prometido. De alguna manera lo ha sacrificado a su egoísmo -dijo, mirándome con severidad-. Me parece, querida, que éste no es el camino, así que debemos cumplir con nuestra misión. La razón por la que has aceptado venir aquí.

Entonces, de pronto, con un movimiento sorprendentemente ágil para una mujer de su edad, se levantó y me tomó del brazo.

-Vamos al gimnasio -me ordenó, sin más, y me obligó a seguida.

La Frau y yo íbamos delante y el resto de mis compañeras, como un manso rebaño, detrás. Yo seguía oyendo risitas y cuchicheos. Atravesamos el vestíbulo y enfilamos por un corredor hasta que llegamos a una sala grande muy iluminada artificialmente, puesto que carecía de ventanas.

En el gimnasio había pesas, aparatos, potros, barras en las paredes y cosas por el estilo, rodeando a una gran tarima de madera. También había un biombo grande que ostensiblemente ocultaba algo. De una estructural metálica brillante que se ajustaba en el techo colgaban anilla s y -¡Oh, Dios!-, varias cadenas con muñequeras. Frau Hildegarde me obligó a colocarme debajo de las cadenas y me ordenó secamente:

-Quítate la bata.

       Allí no había aire acondicionado pero mis sudores no eran por el calor. Me quité la bata y quedé en ropa interior. A esa altura de los acontecimientos empezaba a temerme lo peor. Francamente me daba miedo, aunque la curiosidad aún me carcomía y, si debo ser honesta, había comenzado a sentir una curiosa excitación.

-Creo recordar haberte dicho anoche que no necesitarías tu ropa -dijo con sarcasmo y se quedó mirando cómo me desnudaba, rodeada como estaba por el resto de las mujeres.

Me quité las bragas y el sujetador y quedé desnuda ante ella. La Frau chasqueó los dedos y de algún lugar aparecieron dos doncellas acarreando un gran sillón de mimbre para ella. También recogieron mi ropa, la llevaron fuera de mi vista y volvieron a ubicarse una a cada lado de la mujer, a quien le acomodaron el sillón en un sitio determinado, que ella les indicó. Luego se sentó y me miró directamente a los ojos en absoluto silencio durante un instante.

 -Ariadna, querida -dijo a continuación-: a tu prometido le gusta que el vello del pubis esté al natural, ¿verdad? -me preguntó mirando los pelos de mi raja que lucían salvajes y ensortijados.

-No lo sé, nunca hemos hablado de eso. Normalmente no lo llevo así sino más recortado, pero he tenido mucho trabajo últimamente y ni siquiera hemos ido a la playa -dije, sintiendo que era absolutamente necesario disculparme ante ella por esa omisión.

Meneó la cabeza, con exasperación y en sus ojos creí vislumbrar un: «¡Ay, Ariadna, Ariadna! Otra vez haciendo lo que no debes».

-¿Crees que es más importante tu trabajo que tu hombre. querida? -preguntó a continua­ción.

       -No. pero... -me costaba encontrar una excusa válida.

       -¿Entonces? -me interrumpió.

-Lo siento mucho -fue lo único que pude decir. ya que empezaba a ponerme extremada­mente inquieta y nerviosa.

 

-Lo sientes... ya -asintió-. Muy bien, siéntela, pues.

. Las doncellas, que eran altas y sorprendentemente fuertes me tomaron por los brazos y ataron mis muñecas a las cadenas que colgaban del techo. Una de ellas comenzó a tirar de una polea para izar las cadenas de manera que quedé apoyada apenas de puntillas en el suelo, en una posición muy incómoda. Para ese momento ya estaba muy pero muy asustada.

-Por lo que veo tampoco tienes demasiado cuidado con tus axilas. ¿O le gustan así a tu hombre? -me preguntó, luego de observar con atención debajo de mis brazos, y recorriendo todo mi cuerpo con sus ojos que, para enton­ces, ya me parecían los de una institutriz de esas de libro, que lucen duras y frías en público, pero que se revelan como perversas y lascivas en privado.

-No -admití-, le gustan lisas y depiladas. -¿Reconoces, pues, tu dejadez y desidia para con tu novio, querida? -continuó interrogándome, utilizando magistralmente mis respuestas para llevarme a donde quería.

-Sí, así es -dije, con pesadumbre y muerta de miedo.

 

La Frau hizo un gesto a las doncellas y entre ambas me pusieron un antifaz de terciopelo y una mordaza.

A mí nunca me habían excitado las fantasías sadomasoquistas. Creo haberlo mencionado. Ni en los momentos más tórridos del sexo, ni en sueños me he visto -ni mucho menos deseado-, en una situación como aquella. Empecé a entrever de qué iba la cosa. No tardaron demasiado en confirmar mis peores presagios.

Mi espalda se estremeció con el primer fustazo, que me tomó totalmente por sorpresa. Al primero, siguieron otros. No sé cuántos. Quise gritar pero el bozal me mantenía muda. Los golpes comenzaron a producirme dolor. Sentía cada latigazo como si me estuvieran desollando viva, como si lijaran mi piel. Al fin paró aquello. Sólo entonces me soltaron las muñecas.

-Llevaos a Ariadna y dejadla que se reponga. Disponed todo de tal manera que a las once se presente, arreglada, en la sala de convivencia. Creo que será suficiente.

       Entre las dos me llevaron casi a rastras a una sala y me dejaron tirada en una cama.

       Apenas podía moverme. La parte posterior de mi cuerpo me ardía, desde medio muslo hasta los omoplatos. Estuve un rato a solas, y cuando las doncellas volvieron, me aplicaron un bálsamo, me incorporaron y luego me recortaron el vello del sexo y depilaron mis axilas. A continuación me ducharon, me peinaron y maquillaron. A las once por mi propio pie entré en la sala llamada «de convivencia».

 

LA SALA DE CONVIVENCIA

 

La amiga, tras una corta pausa, continuó contando sus vicisitudes

 

La sala de convivencia, a diferencia con el gimnasio, estaba muy iluminada en el centro, y con luz más tenue en las paredes, amoblada con sillones, sofás y poltronas, todo de muy buen gusto. Allí estaban mis compañeras totalmente desnudas, como yo. En el lugar de privilegio, como siempre, Frau Hildegarde y su sillón. Me plantaron de nuevo en el centro, bien alumbrada. Mis «compañeras» me miraban expectantes.

-Ante todo ¿te encuentras mejor? -dijo la Frau, y antes que le pudiera contestar, agregó-: Por tu aspecto creo que sí, eres muy atractiva y debes realzar tu belleza para tu hombre. Espero que hayas aprendido la lección, querida.

No le contesté y me limité a estarme allí en el centro de todas las miradas, desnuda, con la cabeza gacha. Frau Hildegarde se chasqueó las manos y decidió:

 

-Bien, ahora, como hacemos con todas las recién llegadas el primer día, deben explicamos el porqué estas aquí. Después te haremos preguntas que debes contestar, y sobre la base de la información que obtengamos comenzaremos con tu reeducación. Si sacas provecho de ella te garantizo que tu amor por tu prometido se multiplicará por mil y, lo que es más importante, tendrás una posibilidad de que él también lo haga, aunque eso no debe importarte, claro.

Estaba todavía muy dolorida y confusa y no entendí bien el sentido de sus palabras. Tampoco tuve tiempo de pensarlas porque inmediatamente me rogó que contara mi razón de estar en la Villa. Comencé con un relato algo deshilvanado, por momentos desordenado. Lo mejor que supe y pude hacer, omitiendo los detalles más escabrosos. Después Frau Hildegarde comenzó con su interrogatorio:

       -Querida, ¿cuántas veces fornicaste adúlteramente con ese hombre?

       -N o sé, no sabría decido.

       -Haz un esfuerzo querida, siquiera aproximadamente.

-Pues es difícil, quizás unas ciento cincuenta o doscientas veces... Podría ser... No puedo asegurarlo.

 

_      -Muy bien, dejémoslo en doscientas. Y de ellas, ¿cuántas terminaron en orgasmo?

-Todas las veces -me resultó fácil responder a esa pregunta. La mujer me miró con notable gesto de incredulidad.

       -¿Todas?

       -Sí. Eso he dicho -entre mis «compañeras» corrió un murmullo como reguero de pólvora. Aún hoy no estoy segura que haya sido de admiración o de incredulidad.

       -¡Silencio! -ordenó secamente Frau Hildegarde-.

 ¿Usabas anticonceptivos?

-Soy alérgica a las pastillas -contesté-. Todas las veces usaba preservativos –consideré necesario aclarar.

       -¿Practicaste la fellatio?

       -Sí, lo hice -respondí, dándome cuenta que aquello volvía a tener mal cariz y no iba a terminar muy bien que digamos... para mí, al menos.

-¿Cuántas veces? -quiso saber la mujer.

 -¿Más de cien?

-No me contestes con una pregunta, querida Ariadna, de nada vale la ironía aquí. Ya deberías haberte percatado de ello.

 

-Pues sí, más de cien -afirmé, ya que no valía la pena intentar esquivado, fuera lo que fuese que me esperaba.

-¿Te besaba los pechos, te los mordía, los sobaba? -continuó con su interrogatorio implacable.

-Si, hacía todo eso.

-y dime, Ariadna, ¿cuántas veces te tragaste su esperma?

En verdad, no es algo que me produzca mucho placer. Al principio, sencillamente me repugnaba, pero a veces es inevitable. Busqué infructuosamente en un rincón de mi memoria.

       -No lo puedo asegurar. Serían unas ocho o diez veces... -contesté.

       -Lo dejaremos en diez, pues -concluyó Frau Hildegarde-

. ¿Practicaste la sodomía?

Bueno, aquello era el colmo. ¿Por qué tenía que responder a todo ese interrogatorio? Me

dieron ganas de decide que se fuera a tomar por culo y me dejara salir de allí antes que la denunciara por corrupción. Pero lo que hice fue agachar la cabeza y asentir con un leve movimiento, mientras escuchaba mi propia voz:

-Sí, lo hice alguna vez.

 

-¿Cuántas, si puede saberse? -La mujer no se andaba con chiquitas. Quería precisiones. Así  que mentí:

-Unas dos o tres veces.

-¿También con condón?

-No, por ahí no -respondí, y sentí las risitas amortiguadas de mis compañeras.

-¿Y él te hacia el cunniJingus?

-Sí, en casi todas las ocasiones –declaré mientras por mi cerebro cruzaba un pensamiento fugaz: «¡Y lo mucho que me gustaba  cómo me lamía el coño ese guarro!»

-¿Doscientas veces, entonces?

-Así habíamos quedado -repliqué con un cierto tono de ironía.

-Está bien... por ahora -sentenció Frau Híldegarde, frotándose las manos-. Tan sólo me falta decirte quiénes serán tus tutoras mientras estén aquí: Andrómeda y Sirio -decidió-. Vosotras ejerceréis vuestra tutela sobre la persona de Ariadna -ordenó, y luego, dirigiéndose a mí: -Retírate a tu cuarto hasta que te avisemos. Descansa mientras puedas...

Esas tres últimas palabras quedaron flotando en mi mente. Antes de salir me fijé en las dos mujeres elegidas: una era la rubia que me había despertado. La otra también rubia, estaba muy gorda, pero su cara era muy bonita. Me fijé en su vientre muy t1ácido y enrojecido.

No sé cuánto tiempo estuve en la habitación. Ni siquiera podía consultar el reloj. Me trajeron lacomida. Comí y luego me invadió el sopor del cansancio. Me quedé profundamente dormida. Cuando desperté vi que estaban mis tutoras paradas una a cada lado, mirándome seriamente.

-Venga. Ya es hora -dijo la gorda, hacien­do un gesto para que me incorporase.

Volvieron a llevarme al gran salón del gimnasio. Allí había varios grupos. Algunas estaban haciendo ejercicios. Otra pendía de las cadenas mientras otras dos estaban dándole con algo. Estaba tan hecha polvo que no me di cuenta de qué se trataba. Frau Hildegarde estaba en su sillón. Me estaba esperando. Una vez frente a ella otras curiosas se acercaron, para ver el espectáculo, claro.

-Ariadna, tu cuerpo entero debe ser purifi­ado -decretó, y sólo de escucharla empecé a transpirar-. Debes enmendar el pecado de tu cuerpo para hacerlo merecedor de tu futuro esposo. Empezaremos a purgarlo a fondo ahora mismo.

 

De la esquina del biombo las doncellas que ya había visto trajeron una suerte de potro con ruedas. Parecía una cimbra con anillas. Me quitaron la bata y me pusieron sobre él boca arriba, y ataron mis tobillos y mis muñecas. Estaba totalmente combada, con la cabeza colgando por un lado, las piernas muy abiertas por el otro, el cuerpo curvado, el vientre tenso. Por la posición los pechos también caían naturalmente hacia mi cabeza.

-¡Por favor, no me peguéis! ¡Oh, por favor otra vez no! -supliqué. Y lo único que conseguí es que volvieran a amordazarme.

Una de mis tutoras, Sirio, la gorda, se acercó y puso algo sobre mí. Aullé. Me había puesto una pinza metálica en un pezón. Repitió con el otro.

Volvieron a azotarme. Esta vez con un tipo de látigo hecho con tiras de cuero trenzado. Lo vi después, muchas veces. El dolor era menos concentrado que con la fusta pero abarcaba más y a la larga era tan malo o peor. Se cebaron en mi bajo vientre, sobre todo en mi vulva. Cuando terminaron sentía la piel como si me hubieran quemado, ardía como al rojo vivo. Me desataron e incorporaron. Pensé que habían terminado conmigo, pero no, no tenían bastante, no. En realidad creo que todo aquello recién estaba empezando. No era más que el principio de mi reeducación.

 

LA CORRECCIÓN

 

De cómo frene fue reeducada mediante diferentes disciplinas

 

Irene volvió a llorar. Yo tenía las bragas empapadas. Con gusto la hubiera interrumpido con alguna excusa y hubiera ido al aseo a aliviarme, pero en el estado en que estaba mi amiga no podía dejarla.

-Venga, no llores más, tranquilízate... -le dije, pero Irene continuó con el relato, entre sollozos, hipando y limpiándose la nariz.

-Volvieron a tumbarme sobre ese horrible aparato, esta vez boca abajo. El dolor en mi barriga y pecho era insoportable. Volvía a tener las piernas muy abiertas... Me lubricaron e introdujeron algo por mi ano. Algo frío y metálico. Muy desagradable pero indoloro... al principio. A los pocos instantes aquello empezó a ensancharse, y con él mi esfínter. Empezó a doler más y más... ¡Oh, cómo dolía! -exclamó Irene-. Fue horroroso, Inés, horroroso... Yo no sé cuanto lo agrandaron. Bueno, lo supe muy bien después, por desgracia. Cuando lo retiraron me pusieron una lavativa. Todavía estaba con el culo en alto cuando llegó hasta mí la voz de la Frau:

"-Ariadna, querida, ahora vamos a incorporarte. Debes retener en tu interior ese líquido purificante durante cinco minutos. De lo contrario recibirás diez azotes en tus nalgas, y tendremos que repetir el ejercicio. ¿Has entendido?"

 

Irene hizo una larga pausa, como si quisiera tomar fuerzas.

-Tres veces volvieron a meterme la asquerosa jeringa, tres veces. Tenía el ano tan ensanchado que no podía cerrado. El maloliente líquido indefectiblemente caía por mis muslos cada vez que me quedaba de pie. Y me azotaban con el látigo de trenzas en mis glúteos. Acabaron como tomates. A la tercera intentona apenas pude aguantar un par de minutos pero no me pegaron. Quede arrodillada en el suelo ya que no podía tenerme en pie, hasta que trajeron una fregona y me hicieron limpiar el estropicio. Me apoyaba en el palo para no caer de tan debilitada que estaba. Cuando terminé, pedí por favor que me dejaran reposar; que me hicieran lo que quisieran, pero que necesitaba descansar un poco. Consintieron que me arrodillara pero que me mantuviera erguida, y se marcharon a dedicar sus atenciones a otra de las chicas. Me tuvieron así unos diez minutos, creo, pero los diez minutos más largos de mi vida. Me tambaleaba. En cualquier momento podía caerme. Volvieron con un barreño poniéndolo frente a mí.

"-Bebe esto -me ordenaron ofreciéndome una cucharada de algo aceitoso.

"Lo bebí con aprensión. El sabor era espantoso, pero los efectos... Casi inmediatamente empecé a sentir retortijones tremendos y muy dolorosos, a los que siguieron las náuseas. Vomité Y vomité, no podía parar de hacerlo. Los dolores sacudían espasmódicamente todo mi martirizado cuerpo, al ritmo de mis arcadas. No sé cuanto duró aquello porque desperté en mi habitación, bueno, mejor dicho, me despertaron Pili y Mili, las fornidas doncellas. Tuvieron que zarandearme para que reaccionara. Notaba seco y caliente como la arena del desierto todo el interior de mi cuerpo, desde la boca hasta el ano. No sé qué hora sería pero era noche cerrada. Me ordenaron que las siguiera. Esta vez no fuimos al Gimnasio sino a la sala de convivencia. Me hicieron sentar en un sillón. Por fin no era yo la protagonista... de momento.

 

"En ese momento no me enteré de nada, la verdad. Me encontraba fatal y no estaba demasiado consciente. Allí estaban todas las residentes, desnudas como yo, e iban saliendo de una en una a contar cosas. Guardo un recuerdo muy borroso de esa primera vez, hasta que me llamaron. Oí la voz de Frau Hildegarde:

"-Ariadna, por favor, levántate.

"Sirio, mi tutora, me ayudó. Me dio un papel.

" -Léelo.

"A duras penas, y haciendo un gran esfuerzo lo leí.

"-Todas me conocéis Ariadna. Estoy aquí porque no soy merecedora del hombre a quien amo. Hoy he comenzado a purgar mi cuerpo para volver a ser digna de él. Con el látigo he purificado mis carnes que yo misma he mancillado; con lavativas he limpiado mis entrañas emponzoñadas, y con penitencias he castigado mis pechos babeados y envilecidos. Si pensáis que no es suficiente podéis aplicarme el correctivo que creáis debo recibir".

 

Irene no pudo terminar la frase. De nuevo iba romper en llanto cuando el maitre apareció con dos copas de cava y unos pastelillos como atención de la casa. La pausa nos alivió a las dos. Ya repuesta lrene continuó:

-Cuando terminé de leer hubo una larga pausa y yo ya pensaba que todo iba a finalizar por fin, cuando una voz al fondo se dirigió a mí:

 

"-Ariadna, perdona pero no tengo claras algunas de tus respuestas de esta mañana. -y se dirigió a Frau Hildegarde:- ¿puedo hacerle unas preguntas?

"-Adelante, mi querida Tauro.

"-Gracias. Ariadna: ¿al hombre con el que te deshonraste le gustaban tus pechos, te los besaba y te los chupaba? -preguntó.

"-Sí, le gustaban mucho -le contesté. "-¿Hacía algo con ellos además de todo lo que conocemos?

"-Perdona, Tauro, pero no te entiendo. "-Tienes unos senos grandes. ¿Quieres decir que nunca las usó para masturbarse?

"Yo estaba muy desorientada pero presentí lo peor. Sin embargo, no tenía fuerzas para mentir.

       "-Sí, sí que lo hizo, más de una vez.

       "-¿Llegó a correrse sobre ti? ¿Te derramó su leche en los pechos? -insistió en los detalles.

""-Alguna vez, sí -declaré.

"-Bien, dejemos eso ahora. Además de todos los actos lujuriosos que nos has contado, ¿tienes para agregar alguna perversión más que hayas podido olvidar? -indagó.

"Mi cabeza daba vueltas. Una fuerza interior me empujaba a confesar cualquier cosa, a pesar de las consecuencias a las que previsiblemente podía enfrentarme.

       "-No sabría decir -le respondí, dubitativa-, creo que en alguna ocasión lamí su ano.

       "Tauro no volvió a preguntar. Salió de la penumbra y se puso frente a la Frau.

"-Señora, creo que hemos sido demasiado indulgentes con nuestra querida Ariadna. Si realmente deseamos su recuperación hay que mortificar sus pechos y su lengua -sentenció y Frau Hildegarde, visiblemente complacida, dijo:

       "-Te has mostrado muy perspicaz, Tauro, sí, sí. ¿Y qué propones querida?

"-Serían suficientes diez latigazos con la fusta y una pinza mientras dure la disciplina. Diariamente, claro.

"No lo pude evitar. Caí al suelo de la impresión. Me tuvieron que llevar a rastras al gimnasio. Me hicieron sacar la lengua, a la que sujetaron con unas tenazas. Me aplicaron una agarradera que me la aplastaba y me obligaba a mantenerla fuera de la boca. Volví al potro y Sirio se acercó con la fusta. Al primer golpe pensé que me moría del dolor en mi pecho. Por mucho que cuente nunca nadie podrá imaginar el horror que pasé. Menos mal que al quinto o sexto latigazo perdí el conocimiento. Fue terrorífico, pavoroso, de verdad".

 

Yo me imaginaba el episodio y aunque no había pasado exactamente por lo mismo, la comprendía muy bien, Eso no era óbice para que tuviera las bragas empapadas. ¡El relato me había puesto cachonda! Tanto que notaba mojados mis muslos, tanto que temía que hubiera traspasado la falda. Esperaba una ocasión para salir al aseo, pero no era el momento. Irene, un poco más calmada, continuó:

-y así pasé mi primer día en Villa S. Perdona, Inés, pero tengo que ir al aseo. Con tanto lloro debo estar horrible.

La acompañé. Nada más encerrarme en mi cabina me quité las bragas... que fueron directamente al cubo de recogida de los aseos de señoras. Me senté en el inodoro con la mini recogida y metí mi dedo medio en mi sexo que chorreaba. Pocas veces en mi vida he llegado al orgasmo en tan poco tiempo. Irene es una chica muy atractiva. Imaginármela pasando por todo aquello... era. Pues sencillamente era demasiado.

Salimos casi al unísono del baño. Decidimos salir a dar un paseo y continuar más tarde. Cuando retornamos la conversación Irene estaba mucho más calma y recompuesta. Sus ojos habían recobrado algo de color. Hablaba despacio pero con claridad en aquella discreta terraza de la Rambla de Catalunya:

 

-Los días siguientes fueron más de lo mismo, sólo que ya no me cogía de sorpresa. Dejaron de dilatarme el ano, con lo que ya me resultaba más fácil retener las lavativa s, pero los azotes eran mucho más duros, sobre todo por parte de Sitio. Era muy cruel conmigo y lo peor era cuando parecía ensañarse y me pegaba en los pechos. Quise vengarme y cometí un grave error -hizo una pausa, como si ordenara sus pensamientos-. Verás, todos los días después de la cena había sesión de convivencia. Es como lo de los alcohólicos anónimos. Cada una de nosotras sale al estrado y dice por qué está allí y de qué modo purifica sus errores, es decir, cómo es castigada. Después puede intervenir cualquiera diciendo su parecer, lo que puede significar que tu castigo aumente -casi siempre­ o disminuya -casi nunca-. Así que al tercer o cuarto día, harta de la saña con que me pegaba, cuando Sirio salió a hablar, yo intervine. Resulta que estaba allí porque era muy golosa y fumaba como una carretera. Cada vez que engordaba más de la cuenta o su marido la pillaba fumando a escondidas la mandaba a la villa. Era ya la cuarta vez que estaba allí. Su penitencia era aceite de ricino dos veces al día y cincuenta golpes con una paleta especial en el vientre. Con razón siempre lo tenía casi en carne viva. Cuando terminó su habitual cháchara le preunté:

"-Querida tutora, ¿qué talla de sostén tienes normalmente?

"-Suele seria 100, querida Ariadna.

"-y cuando llegaste aquí, ¿cuál llevabas? "-Bueno -respondió, algo desconcertada-,

. ¿Por qué 10 preguntas?

"-¿Decías que con los cincuenta palmetazos en tu barriga purgabas su aumento de volumen?

     "-Sí, eso dije.

 

      "-Entonces... ¿por qué no castigas tus senos cuyo aumento delata tu gula y glotonería?

       "Sirio me dirigió una mirada asesina, mientras Frau Hildegarde terciaba

       "-Muy acertada, Ariadna. ¿Qué propones para nuestra Sirio?

       "-Creo que debería recibir veinticinco lat­gazos en cada pecho.

"-Bueno, creo que con quince estará bien, replicó la Frau. ¿Estáis todas de acuerdo, queridas?

"Hubo un murmullo de aprobación. Tras la intervención de la última chica fuimos al gimnasio donde ataron a Sirio al potro. Su tutora descargó los quince golpes con la fusta con menos fuerza de lo que yo hubiera deseado, pero bueno, también sufrió lo suyo. La tía se desmayó y tuvieron que llevada entre tres a su habitación. Sus tetas quedaron a rayas rojas.

"Nunca debí de haberlo hecho. Si antes ya era cruel conmigo, a partir de entonces era sanguinaria. Me azotaba con extremado sadismo. Sobre todo se cebaba en mis pechos y en mi sexo. Mientras ella permaneció allí raras veces lo aguanté sin perder el conocimiento. Cuando se marchó, terminado su periodo, me alegré mucho, ya que pensé que mejoraría mi situación. Me equivoqué. La Frau nombró como tutora sustituta a la que había reclamado un mayor castigo para mí.

"Tauro era una de esas tías del Opus Dei. Era la tercera vez que visitaba la Vi/la S. Su pecado, al igual que los otros anteriores, no era otro que haber tenido un orgasmo mientras copulaba con su marido, también del Opus.

"-Mi deber es la procreación, no la voluptuosidad y la lujuria -decía en la sala convivencia. Y reparaba su crimen con agujas hipodérmicas en su clítoris. Una vez lo vi, y desde luego daba miedo. Ella parecía aguantarlo con resignación porque su cara no denotaba dolor precisamente.

"Lo que me alucinaba era ver cómo con una moral tan estricta y retrógrada la tía se paseaba por la villa, jardín incluido, totalmente en bolas, sin el menor pudor. Además, era una mujer mayor pero muy bien conservada. Quiero decir que perfectamente podía despertar sentimientos de lascivia y pensamientos y deseos pecaminosos a cualquier compañera con tendencias lésbicas".

 

En ese momento, mientras Irene decía aquello, pensé: "Como por ejemplo a mí", pero me lo callé. Seguí escuchando.

 

-Bueno, el caso es que Tauro exigió -y consiguió- que se aumentaran mis castigos. En adelante me flagelaban los senos dos veces: con el látigo de colas llevando puestas las pinzas, y con la fusta. También volvieron a ensanchar mi esfínter anal, lo que implicaba mas torturas para mi trasero porque volvía a derramar los lavados -y con esa última frase Irene pareció de nuevo al borde del llanto. De no haber estado en plena vía pública, creo, lo hubiera hecho. Hizo una pausa, tomó fuerzas y continuó:

"-Por fin llegó el sábado. Yo estaba hecha un ecce homo, versión femenina: moretones, marcas, estrías, heridas en los pezones y en el pubis. Me maquillaba prácticamente todo el cuerpo para disimular. Ya podía despedirme de la playa ese verano. Cuando acabamos de desayunar, Frau Hildegarde me llevó a una sala pequeña en la que nunca había estado antes. Era pequeña y acogedora, con muchos espejos y cuadros en las paredes. Nos acomodamos y me dijo:

 

"-Hoy es el día en que nos abandonas. ¿Has fortalecido tu amor por tu futuro marido? ¿Crees que pasar por tan duras pruebas ha valido la pena, y te han hecho merecedora de su perdón definitivo? -Como no respondí enseguida, sonrió y me alentó: -Puedes hablarme con confianza. Estamos solas.

"Yo no las tenía todas conmigo, pero tampoco hizo falta mentir siquiera a medias. En esos momentos pensaba que todo lo que había pasado lo daba por bueno si recuperaba de verdad a Sergio, así que contesté:

"-Lo he pasado muy mal. A veces creí que no lo resistiría, pero mi amor por mi prometido me ayudó. Sí. Doy todo lo pasado por bueno. Quiero a Sergio más que nunca, y espero ser perdonada algún día.

"-Está bien Ariadna, te creo -aprobó la Frau sin dejar de mirarme fijamente, como si estuviera tratando de leer la menor mentira en mis ojos-. Considero que eres merecedora de    ese indulto a tus faltas, sin embargo...

"«Ay», pensé, «¿qué inventará ahora?» "-Sin embargo, hay una cosa más. Te adelanto que es algo voluntario por tu parte, y si no quieres hacerla nadie podrá reprochártelo.

 

Además, queda entre tú y yo. Nadie mas lo sabrá.

"Empecé a marearme a pesar de que no tenía ni puñetera idea de por dónde saldría. Desde luego, después de lo vivido, sabía que no debía esperar nada bueno.

"-Verás, continuó suavemente, algunas mujeres llevan su amor y dedicación a sus maridos o a sus parejas -que también las hay-, a pedir ser «distinguidas». Sí, distinguidas es la palabra, con algún signo o señal que denote su sumisión y sometimiento a ellos. Es algo que las ennoblece y «distingue» de las demás. ¿Comprendes? Son las elegidas, sin duda alguna, la elite entre la masa.

       "Sentí que me estremecía y me dieron los sudores.

       "-¿Qué clase de señal? -pregunté-, ¿algún tatuaje?

       "-No precisamente, querida. Se trata de algo permanente".

 

No sé qué vino antes, si aparecer de nuevo las lágrimas en los ojos de Irene, o acordarme de la infamante marca que llevaba en la axila. A mí también me subieron los calores. Irene, a duras penas continuó:

-Ante mis dudas, Frau Hildegarde me lo dijo abiertamente:

"-Se trata de una señal en tu piel con un estilete metálico al rojo blanco. Duele un poco al principio, pero nada comparado con lo que has pasado ¿qué me dices? ¿Quieres tomarte unos minutos de tiempo para pensado?

"No lo dudé ni un segundo. Dije que sí. "-Muy bien, Ariadna, sabía que eras distinta.

«¡Qué manía con ponernos la estampita, puñeta», pensé. Y qué idiotas nosotras por aguantarlo.

En esos momentos estaba convencida de que en su momento no me negué con suficiente convicción. El caso es que la historia se repetía con demasiada frecuencia. Procuré calmar como pude a mi amiga, que disimulaba como podía sus sollozos.

Pasaron unos minutos. Irene, ya más calmada contó el final de sus desventuras: La Frau la acompañó a la enfermería donde una asistenta ya tenía el material preparado. La tumbaron en una camilla bajo un gran foco. Le pusieron un antifaz. Le afeitaron totalmente el vello del pubis y le aplicaron un spray desinfectante y anestésico. Le dieron una pieza de goma para que la mordiera y le marcaron con el hierro en el monte de Venus.

Irene se desmayó. Cuando despertó se encontró en una cama, pero no en su habitación. Sergio estaba a su lado tomando su mano y acariciándole los cabellos. El dolor en el pubis persistía, pero sonrió con ganas al ver a su amado. Se fundieron en un apasionado beso. Él había oído toda la conversación y visto su «marcaje» detrás de unos espejos.

«No podía ser de otra manera», pensé para mí.

 

Salieron de Villa S. antes de comer. Frau Hildegarde les despidió en la entrada. Estuvieron unos días descansando en Sierra Nevada y volvieron a Barcelona.

Quedé unos instantes muda, reflexionando, sin saber que decir. De repente Irene volvió a llorar. Esta vez sin disimulo. Sí que lo ha pasado mal, reflexioné. Acerqué mi silla hasta llegar a su lado. La tomé por los hombros.

-Venga Irene, que ya pasó todo. Piensa en el futuro. Ya tienes lo que quieres. No podrás olvidar lo mal que sufriste pero recuérdalo como una pesadilla, venga, anímate.

 

-No Inés, no ha pasado. Ni mucho menos. -¿Qué pasa, te han quedado marcas o secuelas?

       -No, Inés, no es eso. Ojalá. Es algo mucho peor.

Puse tal cara de asombro que Irene me agarró la mano, quizás para que no saliera corriendo por lo que venía a continuación:

     -Sergio me ha pedido que vuelva allí al menos una semana al año.

       -¿ y tú... Y tú estas dispuesta a hacerla?

¿Estas loca? -le pregunté, con tono indignado.

Irene, sin dejar de derramar lágrimas, hipando, y agarrando con fuerza mi mano contestó:

-¿Es que no lo entiendes? Estoy dispuesta a cualquier cosa que me pida o me ordene. Deseo hacerla. Aunque te parezca que estoy loca lo deseo. ¡Lo estoy deseando con desesperación!

 

Irene y Sergio se casaron en esa maravilla arquitectónica que se llama Santa María del Mar el 15 de septiembre cuando cala la tarde. Yo estaba acompañada por mi novio, llegado por los pelos media hora antes, con el que repetiría ceremonia tres meses después. Hubo una gran fiesta en el jardín de la casa paterna que duró hasta bien entrada la madrugada. Casi sin dormir despedimos a los recién casados en El Prat, con rumbo a Madrid para tomar el vuelo a Rejkyayk.

La idea de que en vez de Islandia pudieran haber ido a otro lado y cómo lo estarán pasando, sencillamente,  no se me quita de la cabeza

 

 

NOTICIAS DE INÉS

 

Había decidido someterse a todas las fantasías y deseos de su esposo

 

Diez días después de la partida de la pareja de recién casados, recibí un extenso correo electrónico de Irene, que leí con mucha atención y decidí conservar, archivándolo en la memoria de mi ordenador:

 

Querida Inés:

Puede ser que a la mayor parte de las personas le desagrade la idea de pasar la luna de miel en la capital de Islandia. Quizás porque se asocia el evento con días s oleadas, hermosas playas de arena casi blanca, palmeras y un mar color turquesa. RejJvtaJk, por supuesto, no tiene nada de eso y, para colmo de males, el clima no ayuda.

Sergio, naturalmente, ni siquiera me consultó acerca de cuál iba a ser el lugar elegido. Me temí que nuestra luna de miel no iba a ser igual a la de tantas otras parejas de recién casados.

La primera sorpresa me la llevé cuando llegamos al aeropuerto. Allí nos estaba esperando una hermosa joven rubia y alta, con todo el tipo de las vallcirias de las leyendas vikingas, que nos recibió ni bien pasamos la revisión de pasaportes en inmigración, se presentó en perfecto castellano como Uma y nos ayudó a cargar el equipaje hasta una todo terreno que había aparcado en el gran playón.            

 

Apenas cruzó un par de palabras. ..pero advertí que circulábamos por una carretera solitaria, no quitaba" el ojo de encima, mirándome por el espejo retrovisor. La parca que llevaba para protegerse  del frío no permitía apreciar su cuerpo pero tenía largas piernas, hermosas manos y un cabello del color del trigo recogido en dos trenzas que se unían en la parte de atrás de la cabeza. Sus ojos eran de un azul tan intenso como el color del mar helado que rodea a Islandia.

-Estamos llegando -dijo, justo cuando lle­gábamos a la parte más alta de una cuesta.

Señaló hacia un edificio que se había levantado sobre un peñasco, casi en el borde, de un acantilado, construido en gran parte sobre la piedra, de tal forma que parecía estar suspendido sobre el mar. Alrededor, en un amplio prado, se levantaban varias cabañas construidas a la manera islandesa.

Esa fue la siguiente sorpresa.

       Luego de entrar por una senda de piedra semicircular, Uma aparcó el todo terreno frente a las grandes puertas de madera del edificio principal, que no tenía carteles indicadores de ningún tipo, a excepción de una discreta placa de bronce escrita en islandés. Estuve a punto de preguntar qué tipo de lugar era ése, pero Sergio pareció adivinar mi intención y su mirada fue suficiente para desalentar mi curiosidad.

De algún lado apareció una especie de gigante, también rubio y recio como un vikingo que se limitó a abrir la trasera del vehículo y cargar nuestras maletas, mientras Uma nos franqueaba el paso.

Antes de entrar eché una ojeada a mi alrededor y pensé que no sería nada fácil el acceso a ese lugar.

Entramos en la amplia sala, exquisitamente decorada en el mismo estilo de madera y piedra, y el calor del fuego encendido en la chimenea me volvió el alma al cuerpo.

 

Si era un hotel, no lo parecía. No había mostrador ni recepción. Sólo un escritorio con un gran sillón y un moderno ordenador. Urna, con una sonrisa, nos pidió que esperásemos un instante. Se sentó en e! escritorio, tecleó en el ordenador y esperó que la impresora expulsara  dos hojas de papel.

-Acompáñenme, por favor -dijo.

Nos guió por un pasillo con las hojas en la mano y golpeó suavemente con los nudillos en una puerta antes de abrirla. Con una sonrisa nos invitó a entrar.

Nos recibió la sonrisa de un hombre de edad mediana sentado detrás de un escritorio, dando la espalda a un gran ventanal orientado hacia e! mar. En las paredes, bibliotecas desde el piso hasta el techo, a excepción de una en la que crepitaba e! fuego en la estufa. Se incorporó y nos tendió la mano.

-Les doy la bienvenida a nuestro establecimiento, es un placer recibirlos -dijo, en perfecto castellano.

       -El placer es nuestro -dijo mi flamante esposo y me presentó-. Mi esposa, Irene.

-Señora... -y me besó la mano, con la misma solemnidad y refinamiento de un pr