Capítulo III
 
 
Waldo miró la lata de cerveza con mirada sospechosa ¡En vez de haber emitido un pshhhhhhh clac! Como lo hacen todas las  honestas latas de cerveza, ¡ésta había lanzado una ploc! apagado. La sacudió un poco, pero ninguna espuma se escapó por la abertura, y el chapotear  que emite el gaseoso brebaje estuvo también ausente. Eso se asemejaba a una broma de estudiante; un adolescente gracioso que habría llenado la lata de arena y
cuidadosamente volviera a pegar la tira metálica. Enfadado, iba a lanzar la lata , pero se quedó asombrado.  La lata se volvía caliente en el  hueco de su palma, como si se agitase por  un movimiento interior. Un grueso humo, pesado, sulfatado, y luminoso, salió de la lata  lentamente y subió hacia el cielo indeterminado, iluminando el bosque de un atisbo verdoso. Un eructo monstruoso resuenó, e hizo temblar las frondosidades y, bajo los ojos alucinados del pintor, las compactas volutas tallaron la forma de un hombre gigantesco, de al menos diez metros de altura. Llevaba un t-shirt negro sobre el cual se inscribía en letras rojas "I love Spanking", y estaba peinado con un flequillo de  reflejos relucientes. La parte baja de su cuerpo iba reduciéndose según las circunvalaciones del humo verde que tomaba nacimiento en la lata  que Waldo tenía todavía en su mano. La aparición había podido ser espantosa, pero su cara estaba sonriente, y sus ojos impregnados de bondad tranquilizaron al perverso dibujante.
 
  - Hola, ¡Waldo! Dijo la aparición con una voz potente y sepulcral, soy Santi, el genio bueno de la lata de cerveza. Me has librado de la lata , y como agradecimiento, estoy dispuesto a conceder tres de tus deseos... Habla sin temor!...
 
       Con la cara repentinamente radiante, Waldo no tomó ni tiempo para reflexionar, y lanzó:
 
        - Quiero encontrar a Dulcinea, quiero encontrar a Dulcinea, y quiero encontrar a Dulcinea!...
        - Tres veces el mismo deseo?... Se divirtió el genio Santi,  nunca he tenido ese caso en mi larga carrera genio!... Que se haga según tus deseos, Waldo!... Pero voy a darte un pequeño bonus que podrá serlte útil. pasame  tu fusta...

 Waldo, reticente, le tendió el instrumento; el genio apreció la flexibilidad y se se puso a hacer  algunos pasos misteriosos antes de volverla a su proprietario.
 
        - Y... ¿Qué es lo que has hecho?... Preguntó Waldo.
        - No puedes comprender. Es un truco de magos. Pero como tus tres deseos solo formaban uno, procuré que pudieras salir de la artesa donde acabas de meterte!... Va hacia el sur, marcha durante una hora, y encontrarás a tu Dulcinea.
 
        - Claro que quiero, dijo Waldo, pero  dónde está, el Sur?...
        - JA JA JA!... rió el mago, toma, ¡te doy eso por el mismo precio!

  Hubo un terrible relámpago, y un eructo más extraordinario aún que el primero resonó; la oscuridad volvió a tomar posesión del lugar, la lata de cerveza se escapó de las manos de Waldo y rodó sobre el suelo donde pareció desaparecer. En su lugar, tenía una gran brújula marina de cobre que brillaba intensamente que debía bien pesar unas las diez libras. Ayudándose del cuadrante, se puso en marcha hacia el Sur
 
 
*****

 
Dulcinea seguía desde largos minutos el camino indicado por el  hada Lola, y comenzaba a desesperar de encontrar a la vieja que el  hada le había dicho que le explicaría las desventuras de  Waldo y suyas. Nada más pensar en el pintamonitos, su sangre hervía de rabia, y lanzaba risas crueles pensando en la venganza que le  había jugado... Dónde estaba el amor loco que había unido a  estos dos ser es antes de que penetraran en el túnel maldito?... Dulcinea ni siquiera se acordaba que había existido.
 
        Al borde de un claro, percibió finalmente lo que buscaba... cerca del tronco de un árbol enorme, había un banco de madera, y sobre el banco estaba sentada una dama  de una cierta edad, el cabello gris recogido en un moño sobre una cara fina y austera.  Se vestía con  un largo vestido negro con el cuello alto, simplemente solo con un  ligero encaje blanco, el mismo que en los puños. Leía un gran libro púrpura con  las tapas muy gastadas . De pie cerca ella, un poco en retirada, un joven airoso con anchos hombros la cobijaba con una sombrilla tensa de tejidos de colores desgastados. Él también vestía  de oscuro, un traje de  corte anticuado - aunque llevando la marca de "El Corte Inglés" - camisa blanca y corbata de chorrera. Su amplia cara de barbilla cuadrada estaba rodeada de una cabellera
bermejuela y cerrada que le hacía como una aureola de fuego, pero sus ojos verdes eran fríos, partidos verticalmente tales como  los de una serpiente, y su boca se asemejaba a una herida mal curada. En una palabra, era francamente feo
 
Deliciosa en su uniforme de instituto, Karencinea se acercó al extraño par moviendo las caderas. Dijo riendo:
 
        - Buenas noches, ustedes dos!... Vengo de casa del  hada Lola, y me dijo que ustedes...
 
        Sin levantar los ojos de su libro, la vieja dama dijo secamente:
 
        - Puedo saber lo que te divierte, ¿señorita?
        - Euuuh... dijo Dulcinéa, su sombrilla... Ja ja ja!... En plena noche!...
        - Los rayos de la luna son muy malos para mi piel, ¡pequeña impertinente!
        - Mmmh, Seguramente, acordó Dulcinea sin convicción. Pues, el hada Lola...
 
        La vieja dama volvió a cerrar su libro con ruido y lo colocó sobre
el banco; hundió sus ojos grises de acero en los de la joven mujer, y ésta experimentó una molestia terrible. 

  - Hablaremos más tarde del hada Lola, señorita!... Soy  la Senorita Marchmont, y he aquí mi hijo William. Por el momento, usted ni se ha presentado, se burla de de mi paralunas, y quiere, además, que les de información, es así?...
        - Euh, sí!... Respondió Karencita, cada vez más molesta.
        - Perfecto, reanudó la dama austera; supongo que convendrá con migo que merecen un castigo por todos estos incumplimientos a la cortesía elemental y a las conveniencias. Acerqúese!...
 
        Karencinea no tenía deseo de convenir  nada , pero literalmente estaba hipnotizada por la mirada helada y  extraña de la vieja dama. Lentamente, dio algunos pasos, pero tan pronto como que estuvo a su alcance, la Senorita Marchmont la cogió por una muñeca y la hizo caer a través de sus rodillas, torciéndole el brazo sobre los riñones para prevenir todo movimiento de resistencia. Karen protestaba débilmente, alegaba que su traserp había tenido más de lo que podía resistir estas últimas horas, pero era necesario aún más para apiadar la dama!... Sin prisa, y con gestos que indicaban una gran práctica en el asunto,  la Senorita Marchmont levantó la faldita doblada y pasó la parte baja en el cinturón para evitar que volviera a caer. La parte posterior doblada, moldeada en la braguita de algodón virginal iluminó el claro. Un conejo blanco, alertado por esta súbita e inusual claridad, señaló su nariz rosada por la apertura de su madriguera.

  - Aaaaaaaah!... exclamó el conejo, ven a rápidamente, Maria!... La Señorita encontró a una muchacha para martirizar!...
 
        La mujer del conejo llegó saltando, obviamente emocionada por el espectáculo que se anunciaba.
 
        - Hacía mucho tiempo que esto no pasaba... Espero que esté en forma!... Dijo quitándose su delantal.
        ¡- Eso  parece! Da la impresión de que esto va a durar, ¡querida! Va a buscar los rocking-carne y la sangría!...
 
        Sus pequeños ojos redondos brillantes de excitación, sus largas orejas que se estremecen, Pan Pam encendió  un Ducados, no perdiendo una miga de la escena.
 
 
        - Por no presentarse, voy voy a azotarla sobre las bragas, como la sucia niñata que es usted!... Dijo la Señorita.
 
        E hizo lo que había anunciado. Su larga mano ósea era terriblemente dura y, a pesar de la edad que aparentaba, su brazo era de lo más vigoroso. Azotaba con método, una nalga luego la otra, alternativamente; desplazaba también sus azotes de arriba abajo, cuidando de no olvidar ninguna parcela de  la parte posterior que recalentaba. Sin parar su martilleo, decía con una voz desapacible:
 
        - Las jóvenes muchachas de hoy no tienen  educación!... ¡(Plaf plaf plaf!) Cuando era joven, en los años 1820, no se bromeaba con la cortesía, el deber y la disciplina. ¡(Plaf plif plif plaf!) Pero ahora,la  juventud de 1860 se cree que tiene todo permitido!... ¡(Flak flak plaf pif!) Afortunadamente, tengo los medios de volverla a poner en el derecho camino, ¡señorita! ¡(Flak flak flok paf pif paf!).

 
 
No sé si quedo claro, pero cuando las palmadas de la Señorita hacen a "Flak", es el sonido de la palma  completamente sobre el fondo de de la braguita de Karen; cuando  suena"Plaf", es lo mismo, pero la palmada fue más fuerte. "Paf" y "Pif" - pero sobre todo "Paf", es cuando la diestra  de la correctora cae sobre la piel desnuda, más allá de la braguita, sobre la cadera, la parte inferior de las nalgas o el grueso de los muslos (que no hay ninguna razón para ahorrarlo). Les digo todo eso porque deseo que me comprendais bien. !... No es porque no soy Marx o Kant que es necesario interpretar mal mis observaciones.
 
        Al cabo de cinco largos minutos de una tremenda azotaina, la Señorita Marchmont volvió a poner a Dulcinea sobre sus piernas, y ésta saltaba in situ frotándose la parte baja de los riñones. Mentalmente, veia a la vieja en las llamas del infierno junto a los odiosos
demonios sodomitas y de pies apestosos, pero necesitaba ella, si lo que el hada Lola había dicho era verdadero, y no había razón paradudar. Sin embargo, con una satisfacción que se hacía visible, la  Señorita Marchmont proseguía el castigo.
 
        - Entonces, si comprendí bien, estoy ridícula con del paralune, Susura la Señorita con una sonrisa de cocodrilo.
 
 Pero... En absoluto!... dijo Karencita, con un aire de increíble sinceridad.
        - Y por añadidura, MIENTES!... sentenció triunfalmente la vieja dama, señalando hacia la joven mujer con su índice terminado en  una una larga y acerada uña; se te castigará pues por la burla  hecha a mi aspecto, y por la mentira que acaba de volverte culpable!... Vas muy mal, mi pequeña niña!... Veo que contigo el castigo de niña pequeña es bien inútil. Es cierto que ya no eres una niña... Vamos pues a aumentarlo una muesca.
 
        Dulcinea, cuya  grupa estaba aún terriblemente caliente, se planteó el problema en estos términos: "o permanezco hasta obtener la clave del misterio como dijo el hada y a esta vieja momia me arranca la piel de las nalgas," O permanezco... en la ignorancia, e me largo corriendo de este claro maldito!..."
 
        Solo reflexionó algunos segundos; y qué creen que decidió?... Permaneció, por supuesto!... En primer lugar, la situación era loca que quería conocer la final- palabra, y en segundo lugar, a mí me viene muy bien, como soy a pesar de todo el dueño, de esta historia, no?... ¡Aaaaah! Vais  a decir, (o algo por el estilo ) y porqué es que eso a tí te viene muy bien?... Mmmmmh?...
 
  Creía que habríais comprendido inmediatamente, pero bien, tanto peor, explico.
        Me viene muy bien porque, si mi heroína decide permanecer a pesar de los riesgos , eso me permite seguir el relato del castigo, y sé que a vosotros os gusta eso, banda de perverso!... "Hipócrita lector," mi similar, mi hermano "..." Escribía  Charles Baudelaire. ¿Habeis leido "las Flores del Mal"?... Hmm, perdón, mis amigos, me alejo del tema.
 
        Esta vez,  la Señorita Marchmont había dejado su banco de madera, e iba lentamente, formando un círculo en torno a Karencita. Ésta se tenía muy derecha en su uniforme, las manos cruzadas en la espalda, (es decir, sobre sus nalgas) con un aire de joven muchacha angelical que habría convencido a  cualquiera, excepto a Don Angel y  a mí.
 
        - Soy una vieja dama, dicjo la vieja dama. No tengo ya la fuerza de mis treinta años, cuando era la institutriz de dos adorables niños, en casa de Lady Beltham, a London... ¡Ah! Jean- jacques e Ingrid, me acuerdo... Tenían respectivamente catorce y quince años... Jean- jacques era Frances, sus padres lo habían confiado a los Beltham - sus amigos - para
perfeccionar su Inglés y su educación. Ha permanecido un año en Birch Hall . Especialmente procuré inculcarle los mejores principios, pero era un muchacho bastante poco obediente  , y yo debi  ayudarle a enderezarse. En fin, cuando digo "enderezarse"... ¡Ah ah ah ah ah ha!  "retorcerse" sería más justo!... Y recibió muchas azotainas!...

 
La  Señorita Marchmont, de su paso lento y regular, empezaba su quincuagesimasegunda vuelta de Karen. No variaba de un centímetro en su rotación, y Karen tenía la impresión que disminuía de tamaño a cada revolución, lo que no podía ser en la realidad, pero que no era imposible en un mundo fantasmagórico como el que Waldo y ella se habían hundido. La vieja dama, con la sonrisa en  los labios, los ojos semicerrados, mencionaba sus recuerdos de severa profesora. Karen no se movía; cada treinta segundos aproximadamente, veía pasar delante de ella el perfil de pájaro de  la Señorita Marchmont, y cada vez, estaba segura que la vieja sádica disminuía de altura!...
 
        - Jean- jacques era un adolescente absolutamente encantador, dijo la Señorita Marchmont con una voz un poco enronquecida. era de una cortesía y de una corrección exquisitas, muy dotado en ciencias, literatura y ortografía, música, artes gráficas... Una maravilla, este muchacho!... Nada que reprocharle. ABSOLUTAMENTE NADA que reprocharle!...  Entonces?... Que hacer?... Estaba allí para sancionar sus faltas, no para trenzarle coronas de laurel!... Es así que uno se da cuenta de que un oficio comoel mío  requiere imaginación y  conocimientos técnicos. Jean- jacques era irreprochable, casi perfecto?... Era necesario buscar sus puntos débiles, tenía inevitablemente. Y si no hubiera tenido?... Ja ja ja!... Entonces era  necesario INVENTARLOS, eso es todo!...
 
        Ya no cabía ninguna duda:  La Señorita Marchmont había pasado de un metro setenta y cinco , a un metro sesenta. Dulcinea Karen no se atrevía sin embargo a moverse, esperando - si el extraño fenómeno  continuaba - que la exgobernanta llegara al tamaño de un  lilliputiense!... No obstante, conservaba la misma anchura...
 
  - Le ataqué sobre una cosa importante: la higiene corporal... Estaba vencido por adelantado!... Le decía: "Jean- jacques," ¿  Has procedido como debías en tu higiene íntima ?... " El púrpura le subía a las mejillas," y balbuceaba: "O..." Sí, Señorita!..."Y entonces," exigía de un tono neutro: "dejame ver!...""Al principio," no  se atrevía a bajar sus pantalones y sus calzoncillos ante mi; me era pues fácil prescribirle un castigo por la  falta de obediencia, que  consistía precisamente en bajar sus pantalones y sus
calzoncillos, y a recibir sobre sus pequeñas estrechas nalgas  desnudas una seria
corrección!... Al cabo de algún tiempo, obedeció a mi orden sin discutir, y me encontré de nuevo sin motivos para castigarlo!... Pero eso era conocerme mal...
 
        Ahora, la Señorita Marchmont había disminuido de al menos cincuenta
centímetros, y Dulcita podía ver su moño.
 
        - Le hacía pues bajar los calzoncillos, y con el  pretexto de comprobar que se había lavado convenientemente "su pequeña cosa", dirigía dicha cosa, hasta que tomaba una dimensión interesante, lo que no tardaba!... Entonces escandalizada, me indignaba: "Qué vergüenza!..." Jean- jacques, no eres capaz de frenar tus bajos instintos delante de una
mujer?... Me apena, pero debes comprender que me obligas a darte una azotaina de importancia!... Quieres, por favor, ir a buscarme el martinet y la fusta... Vencido, me traia   los instrumentos de su castigo!... A veces, para humillarlo aún más, le pedía hacer venir a Ingrid para que asista a la azotaina. Ella se alegraba mucho , ya que era una pequeña cochinona!... Oooooh, aquélla también, la corregí sobre sus nalgas desnudas, que tenía por otra parte muy bonitas, pero que no estaban  nunca tan bonitas como  cuando acababa de colorearlas de escarlata con ayuda de un robusto paddle, de una vara de junco o de un martinet!...
 
Ya no había ninguna duda: La Señorita Marchmont era cada vez más pequeña !... Como Karen se tenía muy derecha, la barbilla levantada, no veía los pies de la vieja dama, si no,  se habría dadi cuenta inmediatamente lo que pasaba. En realidad, los innumerables círculos que la Señorita hacía en torno ella habían terminado por cavar la tierra movible, y se insertaba poco a poco en el suelo. Estaba ahora en la rodera cavada por sus botines hasta los hombros. Incansablemente, la Señorita desgranaba sus crueles recuerdos:
 
        - También había encontrado un castigo que mortificaba  especialmente a
mi querido Jean- Jacques, que consistía en enviarlo al office , y  pedir muy humildemente a Anita, la bonita pequeña y  buena cocinera, que le azotara con el látigo... Eso lo ponía en un estado deleitable!...
 
        Delante de la puerta de su madriguera, Pan Pan gruñía:
 
        - Este vieja idiota va pronto a incorporarse al centro de la tierra sin haber castigado a la joven muchacha!... Se empequeñece, ¡la Senorita! Hace solamente una decena de años, habría pasado a los actos más que de chochear sus recuerdos. Esto me disgusta, ¡Mira por donde! Maria, ven aquí!...
 
        - Pero, mi amado, ¡estoy ya aquí! Se opuso  Maria.
        - Ah, ¿osas discutir? Tronó Pan Pan, vas a ver!...

 
Aprovechando que Walt Disney no miraba, el terrible conejo perverso agarró a su esposa por las orejas y la dobló sobre sus rodillas, y con la otra mano, se puso a azotarla con vigor.
 
        En cuanto a Dulci, finalmente  había decidido mirar más abajo, y fue percibió el cabello gris de la  Señorita Marchmont sobrepasaba apenas el césped verde. Dándose cuenta inmediatamente del partido que podía sacar a la situación, se tiró de rodillas agarró a la Señorita por el moño.
 
        - Venga-, ¡viejo topo! Y , ahora que está casi completamente enterrada, va a revelarme lo que quiero saber, si no cavo su tumba!...
 
        Pero Karen había olvidado un pequeño detalle... ¡Un pequeño detalle que medía 1m90 y que se vestía  en "EL Corte Inglés!""... Entre dos briznas de hierba, vio la mirada fría de la Señorita Marchmont colocada sobre ella, y la congeló hasta los huesos. ¡"WILLIAM!""Dijo  simplemente la vieja dama."
 
        - Ah, ¡eso se aviva! Exulta Pan Pan, quién había puesto a Maria en el rincón , el trasero ardiendo y las orejas en horizontal; ven, querida, harás el resto de tu penitencia  próximamente!...
 
        Es en este momento preciso que Waldo desembocó en el claro. Oculto detrás de un arbusto tupido, comtemplaba la escena, con una sonrisa feliz sobre los labios. Con un paquete de Ducados y un vaso de Jack Daniel' s, ¡habría sido el hombre más feliz del planeta!
 
        Sin esfuerzo aparente, William había sacado a su querida madre de la trinchera, y la ayudaba amablemente a sacudirse  la tierra que maculaba la parte baja de su vestido negro. Tranquilemente, con su voz neutra, la Señorita le dice:
 
        - Ocúpate te de esta pequeña desvergonzada, hijo mío. Y con severidad. Tercer grado.
 
        Aterrorizada, Dulcinéa Karen intentó huir, pero la mano potente de William la retuvo por la parte baja de su faldita. En un momento, la joven mujer se encontraba izada en el aire , la cintura apretada en el torno a un brazo de acero, las piernas se agitaban el aire. William la había levantado y rasgado su braguita como si fuese  de papel, revelando su adorable trasero desnudo, crispado por el pánico. Con una pequeña voz estrangulada, intentó algo:
 
- No merezco eso, Sr. William!... No he hecho nada, soy inocente, soy un  ángel!...
 
        Sabía que esta clase de afirmación tenía el poder de duplicar la severidad de Waldo, pero podía siempre intentar su oportunidad!... No dio resultado. Probablemente, William tenía un punto común con el pintor, y no solamente la inicial de su nombre... La mano del coloso, amplia como las dos nalgas de Dulcinea, cayó con fuerza sobre el pobre trasero, aún rosado vivo de la anterior azotaina recibida de las manos de la Señorita. La pocrecilla  se desgañitaba , implorando perdón, estaba sujeta a un verdadero fuego móvil de azotes, más dolorosos las unas que los otros, y su grupa comenzaba a llamear.
 
        - No está mal, este muchacho, apreciaba Waldo; si salgo de esta aventura, propondré a SS contratarlo en nuestro amado colegio...
 
        William azotó a Dulci durante diez minutos al menos, luego la tiró  sin consideraciones en el suelo.La pobrecilla se dejó caer sobre la hierba, la cara en sus manos, los hombros sacudidos de grandes sollozos. La Señorita Marchmont se había vuelto a sentar sobre el banco de madera y miraba a la joven llorar con una sonrisa malévola.

 No es más que una puesta a punto - se burló ; vamos a pasar a las cosas serias, señorita!... ¡Desnudese! La quiero desnuda, toda desnuda, para la continuación de su castigo!... Quiero que usted tenga vergüenza, además de la cocción que van a aguantar sus nalgas!... Vamos, rápidamente, si no está íntegramente desnuda en diez segundos,  será peor para usted, se lo  aviso!... UNO... DOS...
 
        Karencita había comprendido  bien que no era momento para palabrerías, y, con gestos febriles, se quitó  su faldita... CUATRO... CINCO... La blusa cayó sobre la hierba en una respiración sedosa. SEIS... SIETE... El sujetador voló, liberando dos senos espléndidos... OCHO... NUEVE... Sentada en la hierba húmeda que le refrescaba un poco la parte
posterior, Dulci lanzaba lejos sus sandalias y arrancaba sus largos calcetines
reglamentarios. Ouf!...
 
        - DIEZ... Pronunció a Señorita Marchmont. Tanto peor para usted, mi pequeña, la había avisado.
        - Pero... Yo... Estoy  desnuda, senorita!...
        - Ja ja ja ja!... Se divirtió la vieja dama, y estas cintas en su cabello?... Eso no cuenta, quizá?... 


 Karen sabía largo sobre la injusticia de los spankers, y no se sorprendió. Sometida y resignada, esperó las órdenes.Todavía sentada en la hierba, tenía al menos el trasero fresco . La Señorita Marchmont, que se había dado cuenta, lo obligó puntualmente a levantarse:
 
        - Va a recoger algunas ramas. Elíjalas bien cortantes, de cerca de sesenta centímetros de longitud. Le aviso que si me parecen adecuadas, habrá un nuevo aditivo a su castigo.
 
        Frágil, enternecedora en su desnudez, Dulcinea se puso en busca de las ramas que iban a castigarla cruelmente. En realidad, como quien no quiere la cosa, se alejaba poco a poco de sus verdugos y pensabahuir lejos ellos, incluso completamente desnuda!... Como examinando  un arbusto y haciendo como que iba a arrancar una rama, vio una mano. Y esta mano tenía un cuchillo que conocía bien...
 
        - Sería más fácil con eso, quizá?... Dijo suavement Waldo.
 
        Un mar de injurias salió de la boca de Dulci; Waldo, tranquilemente, le torcía los brazos en la espalda y la empujaba hacia la Señorita y susenorme hijo, quiénes no parecían sorprendidos de verle. 
 

¡- Afortunadamente que estaba aquí ! Dijo Waldo, esta pequeña  ibaa  a escapar a su
justo castigo!... Espero que le hagan  pagar eso también, querida Señora.!...
        - Señorita, rectificó la Senorita. No se preocupe, va en efecto a tener un pequeño suplemento para esta tentativa de evasión!... Pero  yo sabía perfectamente queusted iba a traérnosla!... Todo está escrito aquí , en mi gran libro... Bien, William, hijo, creo que tú mismo va a tener que recoger las ramas, esta señorita es demasiado poco cooperativa.
 
       A  Waldo le costaba controlar a a Karen que se defendía  como una
fiera , y dijo  a William, que estuvo de acuerdo:
 
        - Sería mejor atarla no?...
 
        El hombretón sacó de su bolsillo un rodillo de cuerdecita y ató con destreza las muñecas de Dulcinea; lanzó la cuerda sobre una rama baja del grand árbol y tiró de ella. La pobrecilla se encontró casi colgada por las muñecas, la punta de sus pies desnudos tocaban  apenas el suelo, en una posición admirablemente estética, pero de lo  más incómoda. Viéndose vencida e impotente, Karen se puso a llorar. Waldo se sentó al lado  de la Señorita Marchmont, intentando socarronamente ver la tapa del libro misterioso.
 
        - Si comprendí bien, su gran libro explica todo, y entre otras cosas cosas, lo que nos pasó y , porqué estamos aquí, y... Cómo toda esta aventura va a evolucionar?...
        - Exacto. Pero cada cosa a su tiempo. He aqui a mi hijo que vuelve de  de su recolección!...
 
En efecto, William lanzó el suelo un enorme ramo de largas ramas, y se puso a elegir con cuidado. Luego,apostándose detrás de Dulcinea que se torcía en su cuerda, le azotó la grupa con  un golpe terrible. Con la respiración cortada por el dolor súbito, la joven permaneció con la boca abierta sin emitir un sonido. William aplicó un segundo luego un tercer golpe, y esta vez, Dulci no retuvo sus gritos, que debían oirse hastaen las antipodes. La Señorita riendo dijo :
 
        - No tan fuerte , hijo!... Este castigo debe durar un poco...
        ¡- No hay problema! gritó Waldo; es muy resistente!... Si grita así , es para que  ustedes se apiaden Creame -moi, pueden sin temor azotarla mucho más!... Voy a mostrarles...
 
Waldo se había apoderado a su vez de una larga rama, y azotaba firmemente a Karencita sobre el frente de los muslos, mientras que William seguía azotándole las nalgas. La pobrecita  gritaba hasta arrancarse las cuerdas vocales, pero su dos torturadores no hacían ningún caso!... La Señorita Marchmont asistía con gusto visible a este castigo fuera de lo
común. Sola ella  tenía el poder de hacerla cesar, pero no llegaba a decidirse...
 
        ¡- Vaya azotaina! Dijo Pan Pan, eso, !...
        ¡- Valía la pena esperar! Aprobó a Maria.
 
        Como las dos primeras ramas ya estaban usadas, William y Waldo eligieron otras dos e intercambiaron su lugar: William se puso a azotar los muslos de Dulci, mientras que Waldo se ocupaba de su trasero, lo que le agradaba mucho más. Una red de marcas rojas y de color de malva se dibujaban sobre la grupa y los muslos de la joven; por algunos lugares, un poco de sangre goteaba. La Señorita Marchmont prolongó aún el castigo  cuatro o cinco
minutos, luego dio la orden de detener. William cortó la cuerda, y Dulcinea cayó en los brazos de Waldo, casi desmayada. Éste la depositó sobre la hierba con grandes precauciones; tenía repentinamente  lágrimas en los ojos.
 
- Buen Dios, Jura débilmente, ¿Que fue  lo que que hice?... Perdón, Dulcinea, perdón mi amor!...
 
         La joven er le envió una débil sonrisa y le acarició la mejilla:
 
        - No eras tu, mumuró, y no era yo ... Esto ha acabado, ahora. Lo
siento, lo sé. Estuvimos enfermos, pero ya estamos curados.
 
        Sus labios se soldaron . 
 
        Pan Pany Maria, suspirando, volvieron a entrar en su madriguera.
"cortina!" Dijo el conejo.
 
        La Señorita Marchmont con una pequeña risa chirriante dijo:
 
         - Oh, si, claro que eran ustedes!... Pero estaban bajo la influencia del  parachlorobenzoïde de potasio, que compone en gran parte el veneno del mosquito de los abismos. Y eso tiene como efecto hacer mala a la gente. Los sentimientos desaparecen , incluso los más profundos, y en su lugar se instalan la agresividad y a la
hosquedad.
 
        - Ah sí, dijo a Waldo, los mosquitos, me acuerdo, ahora...
Exactamente después del túnel...
¡- Yo también! dijo Karen, estaba en casa del  hada Lola cuando  me picó!...
- Tuvieron suerte, señorita, dijo la Señorita; el efecto del veneno pasó bastante rápidamente. Si hubiese durado mucho más  tiempo, su amante habría podido azotarla hasta la muerte
tomando un gran placer!...
 
        Waldo miró a la Señorita Marchmont:

 Y me habrían dejado hacer, sabiendo todo eso?... Cuánto mosquitos la han picado a  usted?...
        - Sabía por adelantado que eso no pasaría, respondió la vieja dama eludiendo así una cuestión que la concernía de más cerca; lo había leído en el gran libro.
        - Bien, y es que,  este libro?... Todo está ahí escrito ?... Se puede ver?...
        - Lo siento, no tengo el derecho de decírselo. Todo lo que puedo revelarles, es que muchas aventuras extrañas les esperan aún, y que eso no será en absoluto de relax!... Jin jin jin!... Especialmente para el bonito trasero  de la  señorita!...
        - Realmente?... dijo  Waldo acercándose a la vieja dama, quiero ver este libro!...
 
       Rápidamente,  la Señorita Marchmont se había sentado sobre el libro y decía
reiéndose:
 
        - Veamos, mi pobre Waldo!... Puesto que les digo que TODO está escrito!... Su acción presente para intentar ver el libro TAMBIÉN estaba prevista!...
 
        Waldo había saltado sobre la Señorita y la empujaba deñ  banco... Pero, al igual que Karencita algún tiempo antes, había olvidado un pequeño detalle de doscientos libros que llevaba trajes de EL Corte Inglés!... William tomó al dibujante por el cuello y lo arrojó  cinco metros ; Karencita soltó  un grito de pavor y Waldo uno de dolor, tras su caída que se amortiguó por un gran arbusto de espinoso. Cuando se volvió a poner de pie, fue para ver a William y a su dulce madre desaparecer en la trinchera cicul ar que la propia Señorita había cavado. La voz de la vieja, repetida por el eco, lanzó:
 
        - Guarden su energía, niños! Les va a hacer falta!...
 
        Dulcinea vino a cubrir su desnudez y sus heridas  en los brazos de u gran amor. Waldo le acarició el cabello, y un poco las nalgas también, que todo hay que decirlo. Con una voz cansada, le dijo  a Karen:
 
        - Cariño, tuve tiempo de ver la tapa del libro, cuando el viejo topo cayó del banco... Pude leer el título... No hemos salido de esta aventura, mi amor!...
 
El pintamonitos recordaba claramente las letras doradas grabadas en la
encuadernación de maroquinería roja, y un terrible escalofrío lo sacudió : "Don Waldo de la Mancha" era lo que allí estaba escrito...
 
 
Continuará...

 

 
Novela : Waldo: waldograff@yahoo.fr

Dibujos: David: mimbreverdhe@yahoo.es

                       

Capítulo1

Capítulo2

Capítulo3

Capítulo 4

Capítulo 5

 


 

        

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