Dulcinea seguía desde largos minutos el camino indicado por el hada
Lola, y comenzaba a desesperar de encontrar a la vieja que el hada le
había dicho que le explicaría las desventuras de Waldo y suyas. Nada
más pensar en el pintamonitos, su sangre hervía de rabia, y lanzaba
risas crueles pensando en la venganza que le había jugado... Dónde
estaba el amor loco que había unido a estos dos ser es antes de que
penetraran en el túnel maldito?... Dulcinea ni siquiera se acordaba que
había existido.
Al borde de un claro, percibió finalmente lo que buscaba...
cerca del tronco de un árbol enorme, había un banco de madera, y sobre
el banco estaba sentada una dama de una cierta edad, el cabello
gris recogido en un moño sobre una cara fina y austera. Se vestía con
un largo vestido negro con el cuello alto, simplemente solo con un
ligero encaje blanco, el mismo que en los puños. Leía un gran libro
púrpura con las tapas muy gastadas . De pie cerca ella, un poco en
retirada, un joven airoso con anchos hombros la cobijaba con una
sombrilla tensa de tejidos de colores desgastados. Él también vestía de
oscuro, un traje de corte anticuado - aunque llevando la marca de "El
Corte Inglés" - camisa blanca y corbata de chorrera. Su amplia cara de
barbilla cuadrada estaba rodeada de una cabellera
bermejuela y cerrada que le hacía como una aureola de fuego, pero sus
ojos verdes eran fríos, partidos verticalmente tales como los de una
serpiente, y su boca se asemejaba a una herida mal curada. En una
palabra, era francamente feo
Deliciosa en su uniforme de instituto, Karencinea se acercó al extraño
par moviendo las caderas. Dijo riendo:
- Buenas noches, ustedes dos!... Vengo de casa del hada Lola, y
me dijo que ustedes...
Sin levantar los ojos de su libro, la vieja dama dijo secamente:
- Puedo saber lo que te divierte, ¿señorita?
- Euuuh... dijo Dulcinéa, su sombrilla... Ja ja ja!... En plena
noche!...
- Los rayos de la luna son muy malos para mi piel, ¡pequeña
impertinente!
- Mmmh, Seguramente, acordó Dulcinea sin convicción. Pues, el
hada Lola...
La vieja dama volvió a cerrar su libro con ruido y lo colocó
sobre
el banco; hundió sus ojos grises de acero en los de la joven mujer, y
ésta experimentó una molestia terrible.
No sé si quedo claro, pero cuando las palmadas de la Señorita hacen a
"Flak", es el sonido de la palma completamente sobre el fondo de de
la braguita de Karen; cuando suena"Plaf", es lo mismo, pero
la palmada fue más fuerte. "Paf" y "Pif" - pero sobre todo "Paf", es
cuando la diestra de la correctora cae sobre la piel desnuda, más
allá de la braguita, sobre la cadera, la parte inferior de las nalgas
o el grueso de los muslos (que no hay ninguna razón para ahorrarlo).
Les digo todo eso porque deseo que me comprendais bien. !... No es
porque no soy Marx o Kant que es necesario interpretar mal mis
observaciones.
Al cabo de cinco largos minutos de una tremenda azotaina, la
Señorita Marchmont volvió a poner a Dulcinea sobre sus piernas, y
ésta saltaba in situ frotándose la parte baja de los riñones.
Mentalmente, veia a la vieja en las llamas del infierno junto a los
odiosos
demonios sodomitas y de pies apestosos, pero necesitaba ella, si lo
que el hada Lola había dicho era verdadero, y no había razón paradudar.
Sin embargo, con una satisfacción que se hacía visible, la Señorita
Marchmont proseguía el castigo.
- Entonces, si comprendí bien, estoy ridícula con del paralune,
Susura la Señorita con una sonrisa de cocodrilo.
Pero... En absoluto!... dijo Karencita, con un aire de increíble
sinceridad.
- Y por añadidura, MIENTES!... sentenció triunfalmente la
vieja dama, señalando hacia la joven mujer con su índice terminado en
una una larga y acerada uña; se te castigará pues por la burla hecha
a mi aspecto, y por la mentira que acaba de volverte culpable!... Vas
muy mal, mi pequeña niña!... Veo que contigo el castigo de niña
pequeña es bien inútil. Es cierto que ya no eres una niña... Vamos
pues a aumentarlo una muesca.
Dulcinea, cuya grupa estaba aún terriblemente caliente, se
planteó el problema en estos términos: "o permanezco hasta obtener la
clave del misterio como dijo el hada y a esta vieja momia me
arranca la piel de las nalgas," O permanezco... en la ignorancia, e me
largo corriendo de este claro maldito!..."
Solo reflexionó algunos segundos; y qué creen que decidió?...
Permaneció, por supuesto!... En primer lugar, la situación era loca
que quería conocer la final- palabra, y en segundo lugar, a mí me
viene muy bien, como soy a pesar de todo el dueño, de esta historia,
no?... ¡Aaaaah! Vais a decir, (o algo por el estilo ) y porqué es que
eso a tí te viene muy bien?... Mmmmmh?...
Creía que habríais comprendido inmediatamente, pero bien, tanto
peor, explico.
Me viene muy bien porque, si mi heroína decide permanecer a
pesar de los riesgos , eso me permite seguir el relato del castigo, y
sé que a vosotros os gusta eso, banda de perverso!... "Hipócrita
lector," mi similar, mi hermano "..." Escribía Charles Baudelaire. ¿Habeis
leido "las Flores del Mal"?... Hmm, perdón, mis amigos, me alejo del
tema.
Esta vez, la Señorita Marchmont había dejado su banco de
madera, e iba lentamente, formando un círculo en torno a Karencita.
Ésta se tenía muy derecha en su uniforme, las manos cruzadas en la
espalda, (es decir, sobre sus nalgas) con un aire de joven
muchacha angelical que habría convencido a cualquiera, excepto a Don Angel
y a mí.
- Soy una vieja dama, dicjo la vieja dama. No tengo ya la
fuerza de mis treinta años, cuando era la institutriz de dos adorables
niños, en casa de Lady Beltham, a London... ¡Ah! Jean- jacques e
Ingrid, me acuerdo... Tenían respectivamente catorce y quince años...
Jean- jacques era Frances, sus padres lo habían confiado a los Beltham
- sus amigos - para
perfeccionar su Inglés y su educación. Ha permanecido un año en Birch
Hall . Especialmente procuré inculcarle los mejores principios, pero
era un muchacho bastante poco obediente , y yo debi ayudarle a
enderezarse. En fin, cuando digo "enderezarse"... ¡Ah ah ah ah ah ha!
"retorcerse" sería más justo!... Y recibió muchas azotainas!...
La Señorita Marchmont, de su paso lento y regular, empezaba su
quincuagesimasegunda vuelta de Karen. No variaba de un centímetro en
su rotación, y Karen tenía la impresión que disminuía de tamaño a cada
revolución, lo que no podía ser en la realidad, pero que no era
imposible en un mundo fantasmagórico como el que Waldo y ella se
habían hundido. La vieja dama, con la sonrisa en los labios, los ojos
semicerrados, mencionaba sus recuerdos de severa profesora. Karen no
se movía; cada treinta segundos aproximadamente, veía pasar delante de
ella el perfil de pájaro de la Señorita Marchmont, y cada vez, estaba
segura que la vieja sádica disminuía de altura!...
- Jean- jacques era un adolescente absolutamente encantador,
dijo la Señorita Marchmont con una voz un poco enronquecida. era de
una cortesía y de una corrección exquisitas, muy dotado en ciencias,
literatura y ortografía, música, artes gráficas... Una maravilla, este
muchacho!... Nada que reprocharle. ABSOLUTAMENTE NADA que
reprocharle!... Entonces?... Que hacer?... Estaba allí para sancionar
sus faltas, no para trenzarle coronas de laurel!... Es así que uno se
da cuenta de que un oficio comoel mío requiere imaginación y
conocimientos técnicos. Jean- jacques era irreprochable, casi
perfecto?... Era necesario buscar sus puntos débiles, tenía
inevitablemente. Y si no hubiera tenido?... Ja ja ja!... Entonces era
necesario INVENTARLOS, eso es todo!...
Ya no cabía ninguna duda: La Señorita Marchmont había pasado
de un metro setenta y cinco , a un metro sesenta. Dulcinea Karen no se
atrevía sin embargo a moverse, esperando - si el extraño fenómeno
continuaba - que la exgobernanta llegara al tamaño de un lilliputiense!...
No obstante, conservaba la misma anchura...
- Le ataqué sobre una cosa importante: la higiene corporal... Estaba
vencido por adelantado!... Le decía: "Jean- jacques," ¿ Has procedido
como debías en tu higiene íntima ?... " El púrpura le subía a las
mejillas," y balbuceaba: "O..." Sí, Señorita!..."Y entonces," exigía
de un tono neutro: "dejame ver!...""Al principio," no se atrevía a
bajar sus pantalones y sus calzoncillos ante mi; me era pues fácil
prescribirle un castigo por la falta de obediencia, que consistía
precisamente en bajar sus pantalones y sus
calzoncillos, y a recibir sobre sus pequeñas estrechas nalgas
desnudas una seria
corrección!... Al cabo de algún tiempo, obedeció a mi orden sin
discutir, y me encontré de nuevo sin motivos para castigarlo!... Pero
eso era conocerme mal...
Ahora, la Señorita Marchmont había disminuido de al menos
cincuenta
centímetros, y Dulcita podía ver su moño.
- Le hacía pues bajar los calzoncillos, y con el pretexto de
comprobar que se había lavado convenientemente "su pequeña cosa",
dirigía dicha cosa, hasta que tomaba una dimensión interesante, lo que
no tardaba!... Entonces escandalizada, me indignaba: "Qué
vergüenza!..." Jean- jacques, no eres capaz de frenar tus bajos
instintos delante de una
mujer?... Me apena, pero debes comprender que me obligas a darte una
azotaina de importancia!... Quieres, por favor, ir a buscarme el
martinet y la fusta... Vencido, me traia los instrumentos de su
castigo!... A veces, para humillarlo aún más, le pedía hacer venir a
Ingrid para que asista a la azotaina. Ella se alegraba mucho , ya que
era una pequeña cochinona!... Oooooh, aquélla también, la corregí
sobre sus nalgas desnudas, que tenía por otra parte muy bonitas, pero
que no estaban nunca tan bonitas como cuando acababa de colorearlas
de escarlata con ayuda de un robusto paddle, de una vara de junco o de
un martinet!...
Ya no había ninguna duda: La Señorita Marchmont era cada vez más
pequeña !... Como Karen se tenía muy derecha, la barbilla levantada,
no veía los pies de la vieja dama, si no, se habría dadi
cuenta inmediatamente lo que pasaba. En realidad, los innumerables
círculos que la Señorita hacía en torno ella habían terminado por
cavar la tierra movible, y se insertaba poco a poco en el suelo.
Estaba ahora en la rodera cavada por sus botines hasta los hombros.
Incansablemente, la Señorita desgranaba sus crueles recuerdos:
- También había encontrado un castigo que mortificaba
especialmente a
mi querido Jean- Jacques, que consistía en enviarlo al office , y
pedir muy humildemente a Anita, la bonita pequeña y buena cocinera,
que le azotara con el látigo... Eso lo ponía en un estado
deleitable!...
Delante de la puerta de su madriguera, Pan Pan gruñía:
- Este vieja idiota va pronto a incorporarse al centro de la
tierra sin haber castigado a la joven muchacha!... Se empequeñece, ¡la
Senorita! Hace solamente una decena de años, habría pasado a los actos
más que de chochear sus recuerdos. Esto me disgusta, ¡Mira por donde!
Maria, ven aquí!...
- Pero, mi amado, ¡estoy ya aquí! Se opuso Maria.
- Ah, ¿osas discutir? Tronó Pan Pan, vas a ver!...
Aprovechando que Walt Disney no miraba, el terrible conejo perverso
agarró a su esposa por las orejas y la dobló sobre sus rodillas, y con
la otra mano, se puso a azotarla con vigor.
En cuanto a Dulci, finalmente había decidido mirar más abajo,
y fue percibió el cabello gris de la Señorita Marchmont sobrepasaba
apenas el césped verde. Dándose cuenta inmediatamente del partido que
podía sacar a la situación, se tiró de rodillas agarró a la Señorita
por el moño.
- Venga-, ¡viejo topo! Y , ahora que está casi completamente
enterrada, va a revelarme lo que quiero saber, si no cavo su tumba!...
Pero Karen había olvidado un pequeño detalle... ¡Un pequeño
detalle que medía 1m90 y que se vestía en "EL Corte Inglés!""...
Entre dos briznas de hierba, vio la mirada fría de la Señorita
Marchmont colocada sobre ella, y la congeló hasta los huesos.
¡"WILLIAM!""Dijo simplemente la vieja dama."
- Ah, ¡eso se aviva! Exulta Pan Pan, quién había puesto a
Maria en el rincón , el trasero ardiendo y las orejas en horizontal;
ven, querida, harás el resto de tu penitencia próximamente!...
Es en este momento preciso que Waldo desembocó en el claro.
Oculto detrás de un arbusto tupido, comtemplaba la escena, con una
sonrisa feliz sobre los labios. Con un paquete de Ducados y un vaso de
Jack Daniel' s, ¡habría sido el hombre más feliz del planeta!
Sin esfuerzo aparente, William había sacado a su querida madre
de la trinchera, y la ayudaba amablemente a sacudirse la tierra que
maculaba la parte baja de su vestido negro. Tranquilemente, con su voz
neutra, la Señorita le dice:
- Ocúpate te de esta pequeña desvergonzada, hijo mío. Y con
severidad. Tercer grado.
Aterrorizada, Dulcinéa Karen intentó huir, pero la mano
potente de William la retuvo por la parte baja de su faldita. En un
momento, la joven mujer se encontraba izada en el aire , la cintura
apretada en el torno a un brazo de acero, las piernas se agitaban el
aire. William la había levantado y rasgado su braguita como si fuese
de papel, revelando su adorable trasero desnudo, crispado por el
pánico. Con una pequeña voz estrangulada, intentó algo:
- No merezco eso, Sr. William!... No he hecho nada, soy inocente, soy
un ángel!...
Sabía que esta clase de afirmación tenía el poder de duplicar
la severidad de Waldo, pero podía siempre intentar su oportunidad!...
No dio resultado. Probablemente, William tenía un punto común con el
pintor, y no solamente la inicial de su nombre... La mano del
coloso, amplia como las dos nalgas de Dulcinea, cayó con fuerza sobre
el pobre trasero, aún rosado vivo de la anterior azotaina recibida de
las manos de la Señorita. La pocrecilla se desgañitaba ,
implorando perdón, estaba sujeta a un verdadero fuego móvil de azotes,
más dolorosos las unas que los otros, y su grupa comenzaba a llamear.
- No está mal, este muchacho, apreciaba Waldo; si salgo de
esta aventura, propondré a SS contratarlo en nuestro amado colegio...
William azotó a Dulci durante diez minutos al menos, luego
la tiró sin consideraciones en el suelo.La pobrecilla se dejó caer
sobre la hierba, la cara en sus manos, los hombros sacudidos de
grandes sollozos. La Señorita Marchmont se había vuelto a sentar sobre
el banco de madera y miraba a la joven llorar con una sonrisa
malévola.
No es más que una puesta a punto - se burló ; vamos a pasar a las
cosas serias, señorita!... ¡Desnudese! La quiero desnuda, toda
desnuda, para la continuación de su castigo!... Quiero que usted tenga
vergüenza, además de la cocción que van a aguantar sus nalgas!...
Vamos, rápidamente, si no está íntegramente desnuda en diez segundos,
será peor para usted, se lo aviso!... UNO... DOS...
Karencita había comprendido bien que no era momento para
palabrerías, y, con gestos febriles, se quitó su faldita... CUATRO...
CINCO... La blusa cayó sobre la hierba en una respiración sedosa.
SEIS... SIETE... El sujetador voló, liberando dos senos espléndidos...
OCHO... NUEVE... Sentada en la hierba húmeda que le refrescaba un poco
la parte
posterior, Dulci lanzaba lejos sus sandalias y arrancaba sus largos
calcetines
reglamentarios. Ouf!...
- DIEZ... Pronunció a Señorita Marchmont. Tanto peor para
usted, mi pequeña, la había avisado.
- Pero... Yo... Estoy desnuda, senorita!...
- Ja ja ja ja!... Se divirtió la vieja dama, y estas cintas en
su cabello?... Eso no cuenta, quizá?...
Karen sabía largo sobre la injusticia de los spankers, y no se
sorprendió. Sometida y resignada, esperó las órdenes.Todavía sentada
en la hierba, tenía al menos el trasero fresco . La Señorita Marchmont, que
se había dado cuenta, lo obligó puntualmente a levantarse:
- Va a recoger algunas ramas. Elíjalas bien cortantes, de
cerca de sesenta centímetros de longitud. Le aviso que si me parecen
adecuadas, habrá un nuevo aditivo a su castigo.
Frágil, enternecedora en su desnudez, Dulcinea se puso en
busca de las ramas que iban a castigarla cruelmente. En realidad, como
quien no quiere la cosa, se alejaba poco a poco de sus verdugos y
pensabahuir lejos ellos, incluso completamente desnuda!...
Como examinando un arbusto y haciendo como que iba a arrancar una
rama, vio una mano. Y esta mano tenía un cuchillo que conocía bien...
- Sería más fácil con eso, quizá?... Dijo suavement Waldo.
Un mar de injurias salió de la boca de Dulci; Waldo,
tranquilemente, le torcía los brazos en la espalda y la empujaba hacia
la Señorita y susenorme hijo, quiénes no parecían sorprendidos de
verle.
¡- Afortunadamente que estaba aquí ! Dijo Waldo, esta pequeña ibaa a
escapar a su
justo castigo!... Espero que le hagan pagar eso también, querida
Señora.!...
- Señorita, rectificó la Senorita. No se preocupe, va en
efecto a tener un pequeño suplemento para esta tentativa de
evasión!... Pero yo sabía perfectamente queusted iba a traérnosla!...
Todo está escrito aquí , en mi gran libro... Bien, William, hijo, creo
que tú mismo va a tener que recoger las ramas, esta señorita es
demasiado poco cooperativa.
A Waldo le costaba controlar a a Karen que se defendía como
una
fiera , y dijo a William, que estuvo de acuerdo:
- Sería mejor atarla no?...
El hombretón sacó de su bolsillo un rodillo de cuerdecita y
ató con destreza las muñecas de Dulcinea; lanzó la cuerda sobre una
rama baja del grand árbol y tiró de ella. La pobrecilla se encontró
casi colgada por las muñecas, la punta de sus pies desnudos tocaban
apenas el suelo, en una posición admirablemente estética, pero de lo
más incómoda. Viéndose vencida e impotente, Karen se puso a llorar.
Waldo se sentó al lado de la Señorita Marchmont, intentando
socarronamente ver la tapa del libro misterioso.
- Si comprendí bien, su gran libro explica todo, y entre otras
cosas cosas, lo que nos pasó y , porqué estamos aquí, y... Cómo toda
esta aventura va a evolucionar?...
- Exacto. Pero cada cosa a su tiempo. He aqui a mi hijo que
vuelve de de su recolección!...
En efecto, William lanzó el suelo un enorme ramo de largas ramas, y se
puso a elegir con cuidado. Luego,apostándose detrás de Dulcinea que se
torcía en su cuerda, le azotó la grupa con un golpe terrible. Con la
respiración cortada por el dolor súbito, la joven permaneció con
la boca abierta sin emitir un sonido. William aplicó un segundo luego
un tercer golpe, y esta vez, Dulci no retuvo sus gritos, que debían
oirse hastaen las antipodes. La Señorita riendo dijo :
- No tan fuerte , hijo!... Este castigo debe durar un poco...
¡- No hay problema! gritó Waldo; es muy resistente!... Si
grita así , es para que ustedes se apiaden Creame -moi, pueden sin
temor azotarla mucho más!... Voy a mostrarles...
Waldo se había apoderado a su vez de una larga rama, y azotaba
firmemente a Karencita sobre el frente de los muslos, mientras que
William seguía azotándole las nalgas. La pobrecita gritaba hasta
arrancarse las cuerdas vocales, pero su dos torturadores no hacían
ningún caso!... La Señorita Marchmont asistía con gusto visible a este
castigo fuera de lo
común. Sola ella tenía el poder de hacerla cesar, pero no llegaba a
decidirse...
¡- Vaya azotaina! Dijo Pan Pan, eso, !...
¡- Valía la pena esperar! Aprobó a Maria.
Como las dos primeras ramas ya estaban usadas, William y Waldo
eligieron otras dos e intercambiaron su lugar: William se puso a
azotar los muslos de Dulci, mientras que Waldo se ocupaba de su
trasero, lo que le agradaba mucho más. Una red de marcas rojas y de
color de malva se dibujaban sobre la grupa y los muslos de la joven;
por algunos lugares, un poco de sangre goteaba. La Señorita Marchmont
prolongó aún el castigo cuatro o cinco
minutos, luego dio la orden de detener. William cortó la cuerda, y
Dulcinea cayó en los brazos de Waldo, casi desmayada. Éste la depositó
sobre la hierba con grandes precauciones; tenía repentinamente
lágrimas en los ojos.
- Buen Dios, Jura débilmente, ¿Que fue lo que que hice?... Perdón,
Dulcinea, perdón mi amor!...
La joven er le envió una débil sonrisa y le acarició la
mejilla:
- No eras tu, mumuró, y no era yo ... Esto ha acabado,
ahora. Lo
siento, lo sé. Estuvimos enfermos, pero ya estamos curados.
Sus labios se soldaron .
Pan Pany Maria, suspirando, volvieron a entrar en su
madriguera.
"cortina!" Dijo el conejo.
La Señorita Marchmont con una pequeña risa chirriante dijo:
- Oh, si, claro que eran ustedes!... Pero estaban bajo la
influencia del parachlorobenzoïde de potasio, que compone en gran
parte el veneno del mosquito de los abismos. Y eso tiene como efecto
hacer mala a la gente. Los sentimientos desaparecen , incluso los
más profundos, y en su lugar se instalan la agresividad y a la
hosquedad.
- Ah sí, dijo a Waldo, los mosquitos, me acuerdo, ahora...
Exactamente después del túnel...
¡- Yo también! dijo Karen, estaba en casa del hada Lola cuando me
picó!...
- Tuvieron suerte, señorita, dijo la Señorita; el efecto del veneno
pasó bastante rápidamente. Si hubiese durado mucho más tiempo, su
amante habría podido azotarla hasta la muerte
tomando un gran placer!...
Waldo miró a la Señorita Marchmont:
Y me habrían dejado hacer, sabiendo todo eso?... Cuánto mosquitos
la han picado a usted?...
- Sabía por adelantado que eso no pasaría, respondió la
vieja dama eludiendo así una cuestión que la concernía de más cerca;
lo había leído en el gran libro.
- Bien, y es que, este libro?... Todo está ahí escrito ?...
Se puede ver?...
- Lo siento, no tengo el derecho de decírselo. Todo lo que
puedo revelarles, es que muchas aventuras extrañas les esperan aún,
y que eso no será en absoluto de relax!... Jin jin jin!...
Especialmente para el bonito trasero de la señorita!...
- Realmente?... dijo Waldo acercándose a la vieja dama,
quiero ver este libro!...
Rápidamente, la Señorita Marchmont se había sentado sobre el
libro y decía
reiéndose:
- Veamos, mi pobre Waldo!... Puesto que les digo que TODO
está escrito!... Su acción presente para intentar ver el libro
TAMBIÉN estaba prevista!...
Waldo había saltado sobre la Señorita y la empujaba deñ
banco... Pero, al igual que Karencita algún tiempo antes, había
olvidado un pequeño detalle de doscientos libros que llevaba trajes
de EL Corte Inglés!... William tomó al dibujante por el cuello y lo
arrojó cinco metros ; Karencita soltó un grito de pavor y Waldo
uno de dolor, tras su caída que se amortiguó por un gran arbusto de
espinoso. Cuando se volvió a poner de pie, fue para ver a William y
a su dulce madre desaparecer en la trinchera cicul ar que la propia
Señorita había cavado. La voz de la vieja, repetida por el eco,
lanzó:
- Guarden su energía, niños! Les va a hacer falta!...
Dulcinea vino a cubrir su desnudez y sus heridas en los
brazos de u gran amor. Waldo le acarició el cabello, y un poco las
nalgas también, que todo hay que decirlo. Con una voz cansada, le
dijo a Karen:
- Cariño, tuve tiempo de ver la tapa del libro, cuando el
viejo topo cayó del banco... Pude leer el título... No hemos salido
de esta aventura, mi amor!...
El pintamonitos recordaba claramente las letras doradas grabadas en
la
encuadernación de maroquinería roja, y un terrible escalofrío lo
sacudió : "Don Waldo de la Mancha" era lo que allí estaba escrito...
Continuará...