Pero, veamos, cómo el
gran libro rojo puede titularse así?... Es imposible!...dijo
Karencita.
Waldo levantó los hombros, fatalista y resignado:
- TODO lo que nos pasa desde que cruzamos ese maldito túnel es
imposible!... Dijo. Y por tanto, lo vivimos!... Pero... Oh,
observa, algo se removió, allí, en este arbusto!... No te muevas,
voy a ver!...
En unos rápidos pasos, Waldo, con su fusta de combate de puta
madre en mano, alcanzó el bosquecillo; una forma humana
se levantó ante él. Humana y femenina, femenina y desnuda como la
madre Eva así como lo pretenda la Biblia. Y con una sonrisa dada a
todos los santos del paraíso...la maravillosa aparición dice
tranquilamente:
- Pero... Soy yo!...
Esta corta frase, Waldo tuvo la impresión que le llegaba de tres
lados a la vez: ante él, natural, y también en su espalda y sobre
su izquierda. Sin embargo, esta particularidad no era nada
comparada con la otra,
ya que la bonita figura desnuda que estaba allí sonriendo, era
Dulcinea. DULCINEA!...
¿- Y bien, no me
reconoces ya, mi amor? Dijo Dulci, con el aire un poco apenado.
Lentamente, muy lentamente, con la espina repentinamente mojada de
un sudor helado, Waldo se dio la vuelta. Detrás de él, con la
misma expresión inquieta, vio... a Dulcinea. Apareciendo entonces
de
detrás de un árbol venerable, ligeramente en retirada, otra
Dulcinea siguió:
- Que pasa mi amor?... No habrás sido de nuevo picado por un
mosquito de los abismos, espero?...
El pintamonitos hizo un juramento muy bajo - y no puedo escribir
eso, sería demasiado grosero -, en un segundo, comprendió la
hilaridad del genio Santi cuando expresaba su tres deseos. (si no
os acordáis, releed el episodio anterior) él formulaba tres veces
la misma cosa, y acababa de concedérsele... Con una sincronía
perfecta de gestos y voz, las tres muchachas desnudas, las tres
Dulcineas absolutamente idénticas se lanzaron a su cuello
protestando:
- Waldo mi amor!... Tengo miedo, ¿Que es lo que pasa?...
El Impitoyable hizo un salto hacia atrás para evitar el asalto de
las tres jóvenes mujeres y batió al aire de su fusta (de puta
madre.)
- Karen, dijo, halelante, dónde estás?...
- Pero... Aquí, ante
ti, mi amor!... Lanzaron las tres Dulci en un riguroso conjunto.
¡- BASTA! estalló Waldo con una voz de trueno, debo reflexionar un
momento, no os acerquéis!... De rodillas, allí, inmediatamente,
manos sobre la cabeza, y no os mováis, y no habléis!...
¡- Pero cariño, está loco! Gritó el coro de Karenes.
Waldo tomó una profunda inspiración. Desobediencia, falta de
respeto, una sanción se imponía. Que hubiera una o tres pares de
nalgas que castigar no cambiaba nada, y esta abundancia
de redondeces le
pareció incluso un elemento más bien atractivo... Hizo un gesto
imperioso de su fusta, y las tres jóvenes mujeres se arrodillaron
en la hierba, cruzando dócilmente las manos sobre sus pelos
rubios. Retomando un poco la calma, el perverso dibujante examinó
a las tres muchachas. Eran absolutamente similares, e incluso los
rastros de la terrible flagelación que había sufrido Dulcinea
estaban reproducidas de forma idéntica sobre sus grupas. Pasó un
dedo suavemente sobre las marcas que adornaban las tres partes
posteriores, y no pudo encontrar ninguna diferencia. Fue a
sentarse sobre el banco que había dejado vacante la señorita
Marchmont y buscó maquinalmente en su bolsillo los cigarrillos.
"Es verdad, gruñó, el
cuervo-estafador me robó los últimos..." Que pena!, me habría
ayudado a concentrarme.""
Repentinamente, una
música tocada a la guitarra llena el claro, al mismo tiempo que un
arco iris sobre ésta desplegaba la suntuosa paleta de sus colores.
Un arco iris en plena noche, eso no es corriente, pero merece
verse. Si un día tienen la ocasión, no se lo pierdan.
Una maravillosa criatura surge de la sombra, moldeada en un
vestido de volantes con chatoyantes matices, aureolada de un polvo
de estrellas y seguida por tres mariachis bigotudos que llevaban
sus sombreros de esparto, amplios como ruedas de camión. Se
avanzaba, sonriendo, hacia Waldo, ondulando las caderas, llevando
una cesta de ratán trenzada llenada de paquetes de Ducados.

¡- Hola, Don Impitoyable! Dijo, soy Arco, la pequeña vendedora
de cigarrillos... tengo de qué alimentar su cáncer de pulmón!...
Tome los que quiera, para usted, son gratuitos!...
- Es muy amable de tu parte!, gruñó Waldo con mal humor, pídele a
tus mariachis que nos toquen "EL Degüello", eso será aún más
circunstancial!...
Inmediatamente, los
músicos tocaron EL Degüello. La magnífica y terrible melodía de
muerte contrastaba de manera sorprendente con la risa clara y
juvenil de Arco, que giraba en torno al banco sobre el
cual Waldo se sentaba, haciendo volar su vestido amplio y ligero.
Aprovechando uno de los pasos de la encantadora cigarrera ante
él, Waldo tomó al vuelo un paquete de Ducados, y se puso uno entre
los labios. Arco, sin dejar de reír y bailar, sacó de no sabe
dónde
un gran fósforo; levantando su vestido, raspó el palillo bajo su
muslo enfundado de seda negra y encendió el cigarrillo del
pintamonitos. Éste extrajo un voluptuoso soplo. Murmuró sonriendo:
"gracias, pequeña Arco..."
- Están castigadas, estas tres muchachas desnudas?... preguntó la
cigarrera. Se ve que recibieron una azotaina. Y muy severa, se
diría!... Es ustedes quien hizo eso, Sr. Raton?...
- ¿Cómo que tres muchachas?... Dónde están las otras dos?...
Lanzaron al mismo tiempo las Dulcineas.
Waldo reflexionaba
tanto que un ligero humo se escapó de sus orejas. Razonaba de
la siguiente forma: Dos de las "Dulcis" fueron creadas por el
genio Santi (a quien aprovecho para saludar, en su nuevo traje
rojo hecho por el talentoso David, quien saludo también... Fin
del mensaje personal). Se ajustaban rigurosamente al original,
eran clones perfectos. Su espíritu también era similar,
pensaban, hablaban, actuaban en paralelo y al mismo segundo.
Sólo que no se veían entre ellas… La verdadera Dulcinea no podía
percibir sus clones. De ahí su sorpresa y esta reflexión:
“¿Dónde están las otras dos? ”. ¡Pero, como siempre, habían
hablado en coro, y Waldo se preguntaba con angustia cómo iba a
hacer para encontrar a la única verdadera a Karen! … Contó en
dos palabras la historia a Arco, quien respondió tranquilamente:
¡- Es simple, Don Impi! ¡Puesto que son similares con el más
mínimo detalle, les basta que mate dos, y todo será como antes!
…
¡- Ni hablar! Se indignó Waldo. En primer lugar, no podría matar
a sangre fría dos muchachas que son el retrato exacto de la
mujer que adoro. ¡Y a continuación, no sabré nunca si mato a la
Karen original y no lo soportaría! …
¡- Entonces, suspiró Arco, no sé cómo va a resolverlo, mi pobre
pintamonitos! … Quédese con las tres… Por supuesto, será
más cansado para los castigos: ¡para una única falta, tres
muchachas a azotar! …
- Por el momento, sonrió Waldo, tengo cuatro, contigo…
¿- Yo? … ¿Dijo falsamente asombrada la cigarrera, le busco
soluciones y quiere pegarme? … ¡No es amable, Sr. Rattan! …
Dado que las
provocaciones eran más que suficientes, Waldo tomó a la joven
por un brazo y la hizo caer sobre sus rodillas. La cesta se
volcó, y los paquetes de Ducados se dispersaron sobre el césped.
Waldo colocó prestamente a la joven que protestaba:
¡- Es muy malo! … ¡Tienen razón de llamarle Impitoyable
(Despiadado)! …
La pequeña braga de Arco se deslizó a lo largo de sus muslos,
revelando nalgas de reina.
¡sólo tú me llamas así! ¡Tronó Waldo, pero voy a intentar
justificar el apodo que das! …
Las primeras nalgadas resonaron sobre el posterior rebotado.
Waldo azotaba con una energía multiplicada por su estado de
tensión. Arco se puso a mover las piernas e hizo ademán de
llorar, pero cuando se es despiadado, no se es deja uno
apiadarse y Waldo redobló de esfuerzos. La grupa de la pequeña
cigarrera tomaba un bonito color rojo oscuro, y, en el claro,
la temperatura subía un grado.
Siempre en fila y de rodillas y manos sobre la cabeza, las tres
Karencitas cantaban a coro: ¡Leroooooo! … ¡Leroooooooooo! … ¡LEROOOOOOOO!
… Acallando EL Degüello que los mariachis seguían cantando, un
poco trastornados. Después de un momento de discusión para
llegar a un acuerdo, decidieron tocar La Cucaracha, más en
consonancia con la azotaina que recibía Arco, y que no parecía
terminar nunca.
Y por tanto acabó, pero había sido una linda azotaina. Con el
trasero bien acariciado, una bruma de calor subía en ligeras
volutas. Algunas lágrimas que gotean a en sus pestañas, Arco se
reculotta ( volver a poner las bragas) - después de que el
perverso dibujante le hubiera dado permiso - y murmuró con un
tono enfurruñado:
- Y a esas tres, allí… ¿No iba usted a corregirlas, cuándo yo
llegue? …
Riéndose abiertamente, Waldo tomó a la pequeña cigarrera en sus
brazos y le dio sobre la mejilla un beso sonoro:
¡- En efecto, pequeña ! … Y tu querrías ver eso, ¿verdad? … Te
lo voy a conceder en un momento… Pero me duele mucho la mano.
¿Es que tienes un trasero de madera, de acero? ¿de mármol? …
¿Un trasero que rompe los cepillos del pelo? … Veamos, voy a
tomar mi fusta…
Al oír estas
palabras, las tres Karenes en penitencia se habían puesto a
temblar ligeramente; y dijeron:
- La fusta no, por favor, mi amor… Mis nalgas están muy
doloridas…
- Será un pequeño golpe simbólico, mi amor, dice tiernamente el
Impitoyable. Pero debo hacerlo, lo merece usted
¿- Por qué me tratas
de usted, ahora? Preguntó Karencita.
-Te lo diré más tarde, dijo Waldo con un tono seco. Inclínate
hacia delante, quiero ver ese trasero bien ofrecido.
¡- Leroooooooooo! ¡LEROOOOOOOOOOOOOOOO!!! … Gritó Arco haciendo
palmas como un niña; inmediatamente, los mariachis cantaron a
coro: ¡LEROOOOOO! ¡LEROOOOOO! … Y lanzaron por los aires sus
amplios sombreros que recuperaban con gran maestría.
Y el fusta negra de puta madre tío , larga, fina y aguda, rayó
de púrpura las nalgas de la primera Dulci. Un aullido de dolor
hizo temblar a la pequeña cigarrera ; Él mismo Waldo no se
esperaba la expresión de tal sufrimiento, él que proporcionaba
generalmente sus golpes de experto. Pero se esperaba menos aún
lo que siguió…
La Dulci azotada había dado literalmente un salto que la levantó
del suelo al menos cincuenta centímetros; sus dos manos se
crisparon sobre su trasero , su larga cabellera electrificada se
encendió y un terrible olor de cerdo quemado llenó el aire. El
grito murió en un asqueroso ruido de tripas. El cuerpo desnudo
del Dulci se hinchó como un globo, sus nalgas cebradas se
volvieron enormes y deformes, sus brazos y sus piernas se
agitaron en todos los sentidos, se alargaban, estrechaban; la
“cosa” - ya que eso no podía ser una criatura del buen Dios -
voló hacia el cielo oscuro, dio algunas vueltas sobre sí misma,
y volvió de nuevo aplastarse en la hierba con un ruido
repugnante, casi a los pies de Waldo, que se había quedado
blanco, y vacilaba entre encender un cigarrillo o vomitar.
Eligió el Ducados.
La pequeña vendedora de cánceres, horrorizada, se había
refugiado en los brazos del pintamonitos, y los mariachis, que
se habían acercado para asistir al acontecimiento, por fin
habían dejado de tocar. Dulci, aún agitada con algunos
sobresaltos, no tenía ya forma humana; no era más que un charco
de carne verdoso y líquido, que la tierra absorbió hasta que no
quedó nada.
¡“Caramba! ¡” juró
débilmente Waldo (que se hizo la promesa de aprender fórmulas
más percucientes en español, contando para eso con la ayuda de
SS) Estoy salvado! … ¡Estamos salvados,mi amada, mi amor, mi
vida, mi Dulcinea! …
¡- Quisiera comprender! … exclamaron los dos Karenes restantes.
La cara del Impitoyable , tenía de nuevo colores, y una pálida
sonrisa se dibujaba en ella. Se deshizo amablemente de la
presión que le ejercía la asustada Arco, y dio algunos
pasos, poniéndose frente a Dulci. Dijo con una voz aliviada:
¡- Agradecido sea el
buen genio de la lata de cerveza! … Cuando hice tontamente los
tres deseos, perturbado por el veneno del mosquito de los
abismos, se dio cuenta de las consecuencias deplorables que iban
a derivarse, y lanzó un encantamiento sobre mi fusta, dándole el
poder de destruir los clones que había creado, permitiéndome
distinguirte de tus copias… ¿Comprendes, mi adorada? …
¡- No! ¡Nada en absoluto! … ¡Gritó Karencita con irritación, y
estoy hasta el moño de estar de rodillas y me levanto, y tengo
cada vez más dolor las nalgas, y si me amas un poco, moderarás
tus golpes de fusta! …
Las dos Karenes se levantaron, hicieron flexiones
extraordinariamente sincrónicos, y miraron al pintamonitos con
una evidente expresión de reproche. Lo que preocupaba más a
nuestro dibujante de dibujos poco convenientes, era tratar
con dos mujeres que sólo formaban una, pero que eran físicamente
dos…
Waldo se frotó la base de la nariz. Comprendía perfectamente la
reacción de Dulcikaren, pero para que se realizara su liberación
del sortilegio, era necesario emplear una vez más la fusta de…
(Como diría Don Angel). Suspiró:
- Lo siento mi amor. Inclínate, las manos en las rodillas, las
nalgas bien tensas. Vas a recibir un buen golpe del fusta negra,
y se terminará por fin todo. Obedece, es una orden, y es para
nuestro bien.
Con muy mala gana, Karen y su copia se colocaron en la posición
exigida. Waldo tomó su impulso y otorgó un buen golpe al primero
de los posteriores…
¡- BRUUUUUUUUTOOOOOOOOOOOOOO! … Gritó a Karen.
Pero no pasó nada… Simplemente, las dos muchachas bailaban in
situ frotándose las nalgas. Waldo dejó escapar un grito de
alegría: ¡eso significaba que había azotado a la VERDADERA Dulci,
puesto que la transformación no se había producido! …
Vivamente, trae a la auténtica Karen por una muñeca y la lanzó
los brazos de Arco, rodeada de sus músicos:
¡- Tenla cerca ti, pequeña Arco! … ¡Voy a ocuparme de la otra!
…
Alocada, karen, miraba a Waldo con angustia, persuadida de que
de nuevo estaba perturbado por algún nuevo sortilegio. Arco la
controlaba con dificultad, y usó una amenaza:
- Si no te quedas quieta, te hago azotar por mis mariachis…
La verdadera Karen que no se movía ya, su doble también se había
inmovilizado, mirando a Waldo con ojos horrorizados.
Socarronamente, el perverso dibujante operó un movimiento
alrededor de Dulci. Olvidando que su amada iba a experimentar
también el golpe, cortó salvajemente la fusta negra a través del
posterior mágico. El doble grito de dolor fue más terrible aún
que los precedentes, pero esta vez, la terrible metamorfosis, la
agonía del clon se produjo. En pocos momentos, la infernal
criatura había desaparecido para siempre. Un silencio pesado
cayó sobre el pequeño claro, solamente perturbado por los
llantos de Dulcinea.
Waldo tomó su amada
en sus brazos y le acarició el cabello.
- Ya pasó, seca tus lágrimas, dijo suavemente. Triunfamos en
esta nueva prueba.
-¡No entiendo nada! … ¡Lloriqueó Ducinea, excepto que me has
puesto las nalgas como una hamburguesa! …
Arco había recuperado su cesta de rattán, y sacó un frasco lleno
de un líquido verde:
- Esto va a aliviar tus dolores, dice.
Presionó el frasco y vaporizó la parte posterior de Dulci que
lanzó un pequeño grito de sorpresa. las marcas debidas a los
terribles azotes sucesivos desaparecieron íntegramente en
algunos segundos.
¡- Extraordinario! ¡Exclamó Waldo, no se ve ya nada! … ¡Se
podría empezar a castigar estas nalgas nuevecitas! …
¡- Ja ja! … ¡No se prive de ello Don Impi! … exclamó Arco
divertida.
Waldo reprimió una sonrisa…
¡- Eres tú quien merecería que te nalgueara de nuevo,
para enseñarte a ponerme todos estos motes! … Pero tanto nos has
ayudado que debo perdonarte. Si pudieras también sacar de tu
cesta mágica con que cubrir la desnudez de Dulcinea, sería
mejor aún…
- Aaaaaaaaaah de eso no tengo dijo la cigarrera, pero veamos
qué arreglo con mis mariachis… ¡Pedro, da tu pantalones! …
Protestando un poco, Pedro dio sus pantalones. El segundo
mariachi, que se llamaba Luis, ofreció su camisa, y el tercero,
Juan, tendió su sombrero. Divertido Waldo, ayudó a Karen
a vestirse con ese traje demasiado grande para ella, y cuando
se dio la vuelta para agradecer aún a Arco y sus mariachis, el
claro estaba desértico. _ todo lo que quedaba del paso de la
pequeña cigarrera , era una pila de paquetes de cigarrillos
cuidadosamente ordenados sobre el viejo banco de madera de la
señorita Marchmont…
Continuará…