Capítulo V

 

 

 

 

 

Karen y Waldo estaban sentados el uno junto al otro sobre  el viejo banco de madera, por todas partes  la pila de paquetes de cigarrillos, la mirada perdida, un poco agotados por los últimos acontecimientos. Dulcinea agitaba pensativamente  los  dedos del pie, y  dijo despacio: 
    - Es amable por parte de los mariachis haberme dado una camisa y unos pantalones, pero no tengo zapatos...
    - Sus botas habrían sido demasiado grandes, querida, respondió Waldo bostezando. Solo tienes  que volverte a poner tus zapatos de colegiala. Están allí, detrás del banco.     
    Dulci dio un brinco ; en efecto, los zapatos barnizados maculados de  tierra estaban allí, así como el uniforme de colegiala proporcionado por el hada Lola, pero estaba desgarrado  por todas partes. La joven calzó sus zapatos, y, en el movimiento, los pantalones demasiado grandes cayeron hasta sus rodillas, descubriendo una grupa de mármol rosa. Ella los volvió a subir vivamente, sabiendo el efecto que este género de espectáculo producía sobre el perverso pintamonitos. Pero, por ahora, éste tenía otras preocupaciones. 
    - No sé desde cuándo estamos en este bosque encantado,  tengo hambre y tengo sueño. ¿Tú no?...
    - ¡Hambre, no demasiado, suspiró Dulcinea, pero sueño, sí!... Después de todo lo que me hiciste sufrir, estoy agotada... 
    Waldo tenía ganas de ver en este reproche justificado un motivo de castigo, pero un bostezo más fuerte que los otros, lo hizo abandonar. Sus párpados se hacían de plomo, se tambaleaba. Sin darse cuenta , cayó sobre la hierba, profundamente dormido. Dulcinea lo miraba sin verle, se había sumergido en el mismo súbito sopor también. Rodó al suelo cerca de Waldo, boca arriba, los pantalones sobre las pantorrillas, ofreciendo a la Luna un espectáculo que hizo nublar de celos al astro de las noches. 
    - Ya que es así, gruñó la Luna, me voy. 
    Entonces, despacio, pero firmemente, el Sol hizo su aparición.

Cuando Don Waldo abrió los ojos, el sol estaba en el cenit, deslumbrador y tórrido. Cerrados los ojos, se sentó y echó una mirada circular alrededor de él. A la luz del día, el pequeño claro había perdido su aspecto inquietante y mágico, lo que no significaba, por desgracia, que toda fantasmagoría había desaparecido... 
    - ¡Hola, Don Waldo!... ¿Lanzó Pan-Pan el conejo de una voz chillona, hace buen tiempo, hoy, no cree?...
    A la entrada de su madriguera, el Señor Pan-Pan se estiraba voluptuosamente, y su tierna esposa María  asomaba detrás de él su pequeña nariz rosa, sus bellos ojos sombríos muy adormilados. Dulcinea todavía dormía, en la posición donde el sueño la había encontrado. Pan-Pan se acercó a ella saltando, y exclamó:
    - ¡Caray!... ¡Comprendo por qué el día se levantó tan temprano!... ¡La Luna no soportó la visión de este magnífico trasero!... ¡Está bien que  hayan venido por aquí, Don Waldo, si no sin duda habría sido de  noche durante  mucho tiempo!...
   
    Delicadamente - pero con una cierta lubricidad -Pan-Pan  pasó una pata ligera sobre las asentaderas de Dulci, que también comenzaba a despertarse. Entre los ojos interesados  de Pan-Pan  y el trasero de la joven, la larga fusta negra se interpuso. 

    - ¡Eh , impertinente conejo, quita tus patas, si no te hago asar en brocheta, tengo un hambre canina! Gruñó Waldo.
    - ¡Por supuesto, en seguida! ¡Dijo el conejo retrocediendo, qué bella fusta  tiene usted ahí, Don Waldo!...
    - ¡De puta madre, lo  sé! Dijo Waldo, bastante orgulloso de que un conejo ducho en la materia  apreciara su instrumento.

    - ¡Puedo decirle también, continuó Pan-Pan  que saltaba alrededor de Dulci, que su amada tiene una quemadura del sol en las nalgas!... ¡Si la castiga, no lo haga demasiado fuerte!... ¡Ja ja ja!...
    Dulcikaren se había levantado y subía vigorosamente sus pantalones, lo que le arrancó un grito agudo, probando que el conejo había acertado.
    - Deja esos pantalones, querida, sonrió Waldo, van a hacerte daño en  las nalgas y son  demasiado grandes para ti. ¡Y esa bonita camisa  de flores es bastante larga como  para servirte de minifalda!... ¡Las que llevas habitualmente todavía son más cortas!... Y además, me gustas, así...
Fue el último argumento lo  que convenció a la joven. Se deshizo de los pantalones, que incorporándose, empezaron a correr bajo las miradas estupefactas de nuestros dos amigos. Pan-Pan estallo de risa:
    - ¡Lógico!... ¡Era solamente un préstamo!... ¡La dama ya no los necesita, por lo tanto van al reencuentro de su dueño!...
    Waldo lanzó un suspiro profundo.
    - Yo creía que no me iba a asombrar de nada más, dijo, pero esto... ¿Bueno, dime, conejo, pareces  conocer bien este mundo extraño?...
- ¡Seguro!  Respondió  Pan-Pan  .
    - ¿Puedes decirme entonces donde podríamos encontrar algo para comer?... 
    El conejo fingió pensar, con  los ojos totalmente estrechados:
    - Yo le invitaría a comer bien, pero creo que nos comimos todas las zanahorias, mi coneja y yo. Podrían  coger bayas silvestres, hay muchas en este bosque...


       
       De pronto, Waldo agarró a Pan-Pan  por las orejas y lo levantó hasta su cara enfurecida. Gruñó:
    - ¡Yo quería decir  alimento normal para humanos!... ¡Carne, Pescado, Caza!... E incluso... conejo...
    - ¡No tiene usted ningún sentido del humor, Don Waldo! Gruñó  Pan-Pan  gesticulando vanamente sus patas largas; ¡por supuesto que lo sé!... Siga ese camino, allá a lo lejos, le llevará hasta la morada de Don Alfanhui, para quien ciertamente será  un placer ofrecerle comida. Es un hombre encantador. ¡Severo, por cierto, pero encantador!... ¡Y suelte mis orejas, por  favor, que no oigo nada !

 
Waldo volvió a dejar en el suelo al  conejo, le dio las gracias y tomó a Dulcinea por el brazo.

   - Vamos!, mi amor, intentemos encontrar a ese señor tan encantador.
Alejándose,  oyeron al conejo que le decía a su mujer:
  - María, me parece que te reías mucho cuando este personaje cruel me sujetaba por las orejas... ¡Vuelve a la madriguera, vas a ver como te dejo  tus nalgas!...
     Después de unas centenas de metros, el pequeño camino de tierra guijarrosa se escapaba del bosque, bordeado de gruesos peñascos que enmascaraban el paisaje. Los árboles se espaciaban, y el verdor se chamuscaba bajo el sol terrible. Nuestros dos héroes andaban lentamente, muertos de calor; la camisa de mariachi, pegada al cuerpo de Dulci por el sudor, revelaba gratamente sus formas, pero Waldo tenía demasiada hambre para regocijarse del espectáculo. 
    Llevaban caminando una buena media hora cuando oyeron quejas y súplicas. Era la voz de una muchacha, no había duda.

  - ¡No, por favor, esto no!... ¡No lo haré más!... ¡Seré buena, lo prometo!...
Como los gritos se volvían horadantes, Waldo apresuró el paso:
- ¡Dulcinea, están maltratando a una pobre niña, yo no puedo permitir eso!... ¡Don Quijote, mi modelo, se encontró en una situación parecida, si mal no recuerdo!...
 
  A la vuelta del camino, la escena siguiente apareció en ellos: una muchacha de largos  cabellos de ébano estaba atada al tronco de un grueso árbol; estaba vestida con una blusa blanca que dejaba desnudos sus hombros dorados, y con una falda amplia y campesina color sangre de toro que caía sobre sus tobillos. Una gruesa cuerda pasada alrededor de su cintura, apretaba  su vientre a la rugosa corteza, y hacía saltar su grupa de una agradable manera. Muy tranquilamente, un hombre robusto de cara simpática, en traje de caza, acababa de atar alrededor del árbol las muñecas de la pobrecilla. Echó una mirada distraída a los dos recién llegados y los saludó con cortesía sin interrumpir  la sabia confección de los nudos 
  - Perdóneme, querido señor, dijo Waldo, soy Don Waldo de la Mancha, caballero andante de la fusta justiciera. ¿Por qué hace usted sufrir a esta desgraciada niña?... 

Habiendo acabado de inmovilizar a la muchacha, el hombre la había contorneado y comenzaba a remangar el vestido largo sobre enaguas de tela fina y blanca. Esbozó una sonrisa:
- Encantado de conocerle, Don Waldo. Soy Don Alfanhui de Garrapatales y Churres. Esta niña es Sor Tersuer, mi criada, y voy a corregirla como merece. 
  Waldo quedó  ensimismado. Se acordaba de este espisodio del libro de Cervantes  donde un campesino flagela a uno de sus jóvenes empleados y es forzado por Don Quijote a interrumpir la pena,
  Después de haber pasado el bajo de la falda roja por la cuerda que ceñía el talle de Sor Tersuer, Don Alfanhui levantó las enaguas de ésta, descubriendo muslos ahusados y un admirable trasero exento de braguitas. Prosiguió: 



  - Imagine, querido señor, que esta pilluela insoportable se divirtió en poner en mis botas más bellas un plato de sopa los garbanzos que quedaban de la cena de ayer. Y cuando me  los calcé esta mañana... ¡Admita, Don Waldo, que esto merece un castigo ejemplar!... 
 
El despiadado Pintamonitos era completamente de la misma opinión, y además, se acordaba perfectamente que  Don Quijote esa vez había cometido un error grave obligando al campesino a  liberar a su empleado: Se convirtió en  víctima de una corrección más severa todavía en cuanto que el caballero de  la triste  figura le dio la espalda. Aprendiendo de esta enseñanza, Waldo no podía permitirse cometer la misma equivocación y, aliviado, exclamó: 
- ¡Don Alfanhui, usted tiene toda la razón, esta malcriada merece un castigo, y pongo mi brazo y mi fiel fusta a su disposición si lo desea!... 
  - ¡Tienes razón, querido! Aprobó  Dulcikaren, que sentía siempre un cierto placer de ver al dueño de su corazón hacer asar otra retaguardia que no fuera la suya. 
  - ¡Acepto su ayuda, caballero, dijo Don Alfanhui, dos no seremos demasiados  para enseñar  respeto a esta impudente!... 
  - ¡Nooooooo!... Gimió Tersuer, no lo hice a propósito, creí que era el cubo de la basura!... 
  Sin tener en cuenta esta excusa de lo más insensata, Alfanhui se puso a golpear  fuertemente el trasero de la culpable, que tomó rápido una coloración púrpura. Waldo se acercó: 
  - ¡Permítame, mi querido amigo, dijo, sé lo que es que castigar dos nalgas con una sola mano, es agotador, a la larga! 
  Y él se puso a enrojecer la nalga izquierda de la pilluela mientras que Don Alfanhui se encargaba de la derecha. A este ritmo, la grupa de Tersuer se asemejo pronto a una hoguera ardiente; la muchacha pegaba gritos que hendían el alma, pero su doble azotaina duró sin embargo lo que le pareció una eternidad. 
  Chorreando de sudor, ambos hombres decidieron una parada y se sentaron en un grueso peñasco, al amparo de los follajes; Dulcinea prefirió quedarse de pie, a causa de quemadura del sol. Don Alfanhui tendió a sus huéspedes una bota de vino rosado de la  Mancha, y el fresco brebaje refrescó las gargantas secas. Por gentileza y solidaridad de spankee, Dulci le acercó a Tersuer  un vaso de vino. 
  - De hecho, dijo Waldo, es  usted a quien buscábamos... Estamos muertos de hambre, y un cierto conejo blanco nos ha indicado el camino de su morada...  

 
  - ¡Oh, Pan-pan!... Sonrió Alfanhui. Sí le conozco bien y lo estimo, es un gran spanker... ¡Acabemos de ocuparnos de esta malcriada, y será un placer tenerle en mi mesa!... Probará unas migas excepcionales que yo mismo cocino, según una receta secreta y mágica que me dio el hada Lola…
 Por más que aulló  y derramó torrentes de lágrimas, las nalgas de Tersuer no recibieron menos de veinte golpes de la  fusta negra de Waldo, y otro tanto de un soberbio  instrumento de cuero que Don Alfanhui  habría personalmente trenzado y que parecía  tan temible  como estético. Liberada finalmente, la muchacha  corrió por el camino frotándose el trasero . 
  - Vamos a comer!... Dijo alegremente Don Alfanhui.
 
***
 
 
La morada del notable Alfanhuí era imponente, maciza, rodeada de torres puntiagudas. Un vasto patio se extendía delante del edificio  principal , artísticamente decorado por unos yugos picotas,  y  una cruz de San Andrés.
  - ¡Mi dominio! Anunció orgullosamenteDon Alfanhui, el castillo de Spankkhor …
 Dulcinea se estrechó contra Waldo estremeciéndose a pesar del calor:
- ¡No me gusta mucho este lugar, mi amor! Murmuró.
- Tengo hambre, respondió simplemente Waldo.
  Después de un laberinto de pasillos y de piezas ricamente adornadas, Alfanhui les hizo pasar al  comedor donde se sentaron alrededor de una gigantesca mesa. Don Alfanhui hizo chasquear sus dedos, y, en seguida, aparecieron no sabemos de donde encantadoras muchachas en trajes de colegiala, blusa blanca y falda corta, portadoras de fuentes de porcelana y garrafas de cristal que dispusieron sobre la mesa con celeridad. Olores divinos llenaron la sala, y Waldo se contuvo  para no babear, tanto a causa del perfume de los alimentos como tambien de la visión  de la retaguardia juvenil que adivinaba bajo las falditas de las criadas. Alfanhui se inclinó hacia él y le dijo:
 - Si usted no está satisfecho del servicio, o simplemente que la mano le pica, no vacile en azotar, caballero! todas las chicas, aquí, tienen obligación de obediencia y una gran resistencia posterior …
  Mientras que el perverso dibujante se preguntaba si había alcanzado el paraíso, los ojos de esmeralda de Karencita patrullaron los de terciopelo oscuro de Alfanhui, y se interrogó sobre su futuro … ¡Ambos hombres parecían entenderse un poco demasiado bien para su gusto!...
Continuará…

 

 

 
Novela : Waldo: waldograff@yahoo.fr

Dibujos: David: mimbreverdhe@yahoo.es

                       

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Capítulo2

Capítulo3

Capítulo 4

Capítulo 5

 

        

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