
Karen y Waldo estaban sentados el uno junto al otro sobre el viejo
banco de madera, por todas partes la pila de paquetes de
cigarrillos, la mirada perdida, un poco agotados por los últimos
acontecimientos. Dulcinea agitaba pensativamente los dedos del
pie, y dijo despacio:
- Es amable por parte de los
mariachis haberme dado una camisa y unos pantalones, pero no tengo
zapatos...
- Sus botas habrían sido
demasiado grandes, querida, respondió Waldo bostezando. Solo tienes
que volverte a poner tus zapatos de colegiala. Están allí, detrás
del banco.
Dulci dio un brinco ; en
efecto, los zapatos barnizados maculados de tierra estaban allí,
así como el uniforme de colegiala proporcionado por el hada Lola,
pero estaba desgarrado por todas partes. La joven calzó sus
zapatos, y, en el movimiento, los pantalones demasiado grandes
cayeron hasta sus rodillas, descubriendo una grupa de mármol rosa.
Ella los volvió a subir vivamente, sabiendo el efecto que este
género de espectáculo producía sobre el perverso pintamonitos. Pero,
por ahora, éste tenía otras preocupaciones.
- No sé desde cuándo estamos en
este bosque encantado, tengo hambre y tengo sueño. ¿Tú no?...
- ¡Hambre, no demasiado,
suspiró Dulcinea, pero sueño, sí!... Después de todo lo que me
hiciste sufrir, estoy agotada...
Waldo tenía ganas de ver en
este reproche justificado un motivo de castigo, pero un bostezo más
fuerte que los otros, lo hizo abandonar. Sus párpados se hacían de
plomo, se tambaleaba. Sin darse cuenta , cayó sobre la hierba,
profundamente dormido. Dulcinea lo miraba sin verle, se había
sumergido en el mismo súbito sopor también. Rodó al suelo cerca de
Waldo, boca arriba, los pantalones sobre las pantorrillas,
ofreciendo a la Luna un espectáculo que hizo nublar de celos al
astro de las noches.
- Ya que es así, gruñó la Luna,
me voy.
Entonces, despacio, pero
firmemente, el Sol hizo su aparición.
Cuando Don Waldo abrió los ojos, el
sol estaba en el cenit, deslumbrador y tórrido. Cerrados los ojos,
se sentó y echó una mirada circular alrededor de él. A la luz del
día, el pequeño claro había perdido su aspecto inquietante y mágico,
lo que no significaba, por desgracia, que toda fantasmagoría había
desaparecido...
- ¡Hola, Don Waldo!... ¿Lanzó
Pan-Pan el conejo de una voz chillona, hace buen tiempo, hoy, no
cree?...
A la entrada de su madriguera,
el Señor Pan-Pan se estiraba voluptuosamente, y su tierna esposa
María asomaba detrás de él su pequeña nariz rosa, sus bellos ojos
sombríos muy adormilados. Dulcinea todavía dormía, en la posición
donde el sueño la había encontrado. Pan-Pan se acercó a ella
saltando, y exclamó:
- ¡Caray!... ¡Comprendo por qué
el día se levantó tan temprano!... ¡La Luna no soportó la visión de
este magnífico trasero!... ¡Está bien que hayan venido por aquí,
Don Waldo, si no sin duda habría sido de noche durante mucho
tiempo!...
Delicadamente - pero con una
cierta lubricidad -Pan-Pan pasó una pata ligera sobre las
asentaderas de Dulci, que también comenzaba a despertarse. Entre los
ojos interesados de Pan-Pan y el trasero de la joven, la larga
fusta negra se interpuso.
- ¡Eh , impertinente conejo,
quita tus patas, si no te hago asar en brocheta, tengo un hambre
canina! Gruñó Waldo.
- ¡Por supuesto, en seguida!
¡Dijo el conejo retrocediendo, qué bella fusta tiene usted ahí, Don
Waldo!...
- ¡De puta madre, lo sé! Dijo
Waldo, bastante orgulloso de que un conejo ducho en la materia
apreciara su instrumento.
- ¡Puedo decirle también,
continuó Pan-Pan que saltaba alrededor de Dulci, que su amada tiene
una quemadura del sol en las nalgas!... ¡Si la castiga, no lo haga
demasiado fuerte!... ¡Ja ja ja!...
Dulcikaren se había levantado y
subía vigorosamente sus pantalones, lo que le arrancó un grito
agudo, probando que el conejo había acertado.
- Deja esos pantalones,
querida, sonrió Waldo, van a hacerte daño en las nalgas y son
demasiado grandes para ti. ¡Y esa bonita camisa de flores es
bastante larga como para servirte de minifalda!... ¡Las que llevas
habitualmente todavía son más cortas!... Y además, me gustas, así...
Fue el último argumento lo que
convenció a la joven. Se deshizo de los pantalones, que
incorporándose, empezaron a correr bajo las miradas estupefactas de
nuestros dos amigos. Pan-Pan estallo de risa:
- ¡Lógico!... ¡Era solamente un
préstamo!... ¡La dama ya no los necesita, por lo tanto van al
reencuentro de su dueño!...
Waldo lanzó un suspiro
profundo.
- Yo creía que no me iba a
asombrar de nada más, dijo, pero esto... ¿Bueno, dime, conejo,
pareces conocer bien este mundo extraño?...
- ¡Seguro! Respondió Pan-Pan .
- ¿Puedes decirme entonces
donde podríamos encontrar algo para comer?...
El conejo fingió pensar, con
los ojos totalmente estrechados:
- Yo le invitaría a comer bien,
pero creo que nos comimos todas las zanahorias, mi coneja y yo.
Podrían coger bayas silvestres, hay muchas en este bosque...
De pronto, Waldo agarró a
Pan-Pan por las orejas y lo levantó hasta su cara enfurecida.
Gruñó:
- ¡Yo quería decir alimento
normal para humanos!... ¡Carne, Pescado, Caza!... E incluso...
conejo...
- ¡No tiene usted ningún
sentido del humor, Don Waldo! Gruñó Pan-Pan gesticulando vanamente
sus patas largas; ¡por supuesto que lo sé!... Siga ese camino, allá
a lo lejos, le llevará hasta la morada de Don Alfanhui, para quien
ciertamente será un placer ofrecerle comida. Es un hombre
encantador. ¡Severo, por cierto, pero encantador!... ¡Y suelte mis
orejas, por favor, que no oigo nada !
Waldo volvió a dejar en el suelo
al conejo, le dio las gracias y tomó a Dulcinea por el brazo.
- Vamos!, mi amor, intentemos
encontrar a ese señor tan encantador.
Alejándose, oyeron al conejo que
le decía a su mujer:
- María, me parece que te reías
mucho cuando este personaje cruel me sujetaba por las orejas...
¡Vuelve a la madriguera, vas a ver como te dejo tus nalgas!...
Después de unas centenas de
metros, el pequeño camino de tierra guijarrosa se escapaba del
bosque, bordeado de gruesos peñascos que enmascaraban el paisaje.
Los árboles se espaciaban, y el verdor se chamuscaba bajo el sol
terrible. Nuestros dos héroes andaban lentamente, muertos de calor;
la camisa de mariachi, pegada al cuerpo de Dulci por el sudor,
revelaba gratamente sus formas, pero Waldo tenía demasiada hambre
para regocijarse del espectáculo.
Llevaban caminando una buena
media hora cuando oyeron quejas y súplicas. Era la voz de una
muchacha, no había duda.
- ¡No, por favor, esto no!... ¡No
lo haré más!... ¡Seré buena, lo prometo!...
Como los gritos se volvían
horadantes, Waldo apresuró el paso:
- ¡Dulcinea, están maltratando a
una pobre niña, yo no puedo permitir eso!... ¡Don Quijote, mi
modelo, se encontró en una situación parecida, si mal no
recuerdo!...
A la vuelta del camino, la escena
siguiente apareció en ellos: una muchacha de largos cabellos de
ébano estaba atada al tronco de un grueso árbol; estaba vestida con
una blusa blanca que dejaba desnudos sus hombros dorados, y con una
falda amplia y campesina color sangre de toro que caía sobre sus
tobillos. Una gruesa cuerda pasada alrededor de su cintura,
apretaba su vientre a la rugosa corteza, y hacía saltar su grupa de
una agradable manera. Muy tranquilamente, un hombre robusto de cara
simpática, en traje de caza, acababa de atar alrededor del árbol las
muñecas de la pobrecilla. Echó una mirada distraída a los dos recién
llegados y los saludó con cortesía sin interrumpir la sabia
confección de los nudos
- Perdóneme, querido señor, dijo
Waldo, soy Don Waldo de la Mancha, caballero andante de la fusta
justiciera. ¿Por qué hace usted sufrir a esta desgraciada niña?...
Habiendo acabado de inmovilizar a
la muchacha, el hombre la había contorneado y comenzaba a remangar
el vestido largo sobre enaguas de tela fina y blanca. Esbozó una
sonrisa:
- Encantado de conocerle, Don
Waldo. Soy Don Alfanhui de Garrapatales y Churres. Esta niña es Sor
Tersuer, mi criada, y voy a corregirla como merece.
Waldo quedó ensimismado. Se
acordaba de este espisodio del libro de Cervantes donde un
campesino flagela a uno de sus jóvenes empleados y es forzado por
Don Quijote a interrumpir la pena,
Después de haber pasado el bajo
de la falda roja por la cuerda que ceñía el talle de Sor Tersuer,
Don Alfanhui levantó las enaguas de ésta, descubriendo muslos
ahusados y un admirable trasero exento de braguitas. Prosiguió:
- Imagine, querido señor, que
esta pilluela insoportable se divirtió en poner en mis botas más
bellas un plato de sopa los garbanzos que quedaban de la cena de
ayer. Y cuando me los calcé esta mañana... ¡Admita, Don Waldo, que
esto merece un castigo ejemplar!...
El despiadado Pintamonitos era
completamente de la misma opinión, y además, se acordaba
perfectamente que Don Quijote esa vez había cometido un error grave
obligando al campesino a liberar a su empleado: Se convirtió en
víctima de una corrección más severa todavía en cuanto que el
caballero de la triste figura le dio la espalda. Aprendiendo de
esta enseñanza, Waldo no podía permitirse cometer la misma
equivocación y, aliviado, exclamó:
- ¡Don Alfanhui, usted tiene toda
la razón, esta malcriada merece un castigo, y pongo mi brazo y mi
fiel fusta a su disposición si lo desea!...
- ¡Tienes razón, querido! Aprobó
Dulcikaren, que sentía siempre un cierto placer de ver al dueño de
su corazón hacer asar otra retaguardia que no fuera la suya.
- ¡Acepto su ayuda, caballero,
dijo Don Alfanhui, dos no seremos demasiados para enseñar respeto
a esta impudente!...
- ¡Nooooooo!... Gimió Tersuer, no
lo hice a propósito, creí que era el cubo de la basura!...
Sin tener en cuenta esta excusa
de lo más insensata, Alfanhui se puso a golpear fuertemente el
trasero de la culpable, que tomó rápido una coloración púrpura.
Waldo se acercó:
- ¡Permítame, mi querido amigo,
dijo, sé lo que es que castigar dos nalgas con una sola mano, es
agotador, a la larga!
Y él se puso a enrojecer la nalga
izquierda de la pilluela mientras que Don Alfanhui se encargaba de
la derecha. A este ritmo, la grupa de Tersuer se asemejo pronto a
una hoguera ardiente; la muchacha pegaba gritos que hendían el alma,
pero su doble azotaina duró sin embargo lo que le pareció una
eternidad.
Chorreando de sudor, ambos
hombres decidieron una parada y se sentaron en un grueso peñasco, al
amparo de los follajes; Dulcinea prefirió quedarse de pie, a causa
de quemadura del sol. Don Alfanhui tendió a sus huéspedes una bota
de vino rosado de la Mancha, y el fresco brebaje refrescó las
gargantas secas. Por gentileza y solidaridad de spankee, Dulci le
acercó a Tersuer un vaso de vino.
- De hecho, dijo Waldo, es usted
a quien buscábamos... Estamos muertos de hambre, y un cierto conejo
blanco nos ha indicado el camino de su morada...
- ¡Oh, Pan-pan!... Sonrió
Alfanhui. Sí le conozco bien y lo estimo, es un gran spanker...
¡Acabemos de ocuparnos de esta malcriada, y será un placer tenerle
en mi mesa!... Probará unas migas excepcionales que yo mismo cocino,
según una receta secreta y mágica que me dio el hada Lola…
Por más que aulló y derramó
torrentes de lágrimas, las nalgas de Tersuer no recibieron menos de
veinte golpes de la fusta negra de Waldo, y otro tanto de
un soberbio instrumento de cuero que Don Alfanhui habría
personalmente trenzado y que parecía tan temible como estético.
Liberada finalmente, la muchacha corrió por el camino frotándose el
trasero .
- Vamos a comer!... Dijo
alegremente Don Alfanhui.
***
La morada del notable Alfanhuí era
imponente, maciza, rodeada de torres puntiagudas. Un vasto patio se
extendía delante del edificio principal , artísticamente decorado
por unos yugos picotas, y una cruz de San Andrés.
- ¡Mi dominio! Anunció
orgullosamenteDon Alfanhui, el castillo de Spankkhor …
Dulcinea se estrechó contra Waldo
estremeciéndose a pesar del calor:
- ¡No me gusta mucho este lugar, mi
amor! Murmuró.
- Tengo hambre, respondió
simplemente Waldo.
Después de un laberinto de
pasillos y de piezas ricamente adornadas, Alfanhui les hizo pasar
al comedor donde se sentaron alrededor de una gigantesca mesa. Don
Alfanhui hizo chasquear sus dedos, y, en seguida, aparecieron no
sabemos de donde encantadoras muchachas en trajes de colegiala,
blusa blanca y falda corta, portadoras de fuentes de porcelana y
garrafas de cristal que dispusieron sobre la mesa con celeridad.
Olores divinos llenaron la sala, y Waldo se contuvo para no babear,
tanto a causa del perfume de los alimentos como tambien de la
visión de la retaguardia juvenil que adivinaba bajo las falditas de
las criadas. Alfanhui se inclinó hacia él y le dijo:
- Si usted no está satisfecho del
servicio, o simplemente que la mano le pica, no vacile en azotar,
caballero! todas las chicas, aquí, tienen obligación de obediencia y
una gran resistencia posterior …
Mientras que el perverso
dibujante se preguntaba si había alcanzado el paraíso, los ojos de
esmeralda de Karencita patrullaron los de terciopelo oscuro de
Alfanhui, y se interrogó sobre su futuro … ¡Ambos hombres parecían
entenderse un poco demasiado bien para su gusto!...
Continuará…
Dibujos: David: mimbreverdhe@yahoo.es