Paris, viernes, 29 abril


     Cariño,

  Heme aquí de nuevo lejos ti. La subasta de mis dibujos en el hotel Drouot se ha prorrogado al  mes de mayo, es desastroso, y no tengo ni siquiera aún la fecha exacta. En fin, cuando soy de mal humor, pienso en el domingo pasado , y una sonrisa reaparece sobre mis labios...

     Una cuestión trota en mi cabeza: me pregunto si, después de 48h y a pesar del cuidado que presté en cuidarte, sintieras aún los efectos de la corrección que habías recibido al sentarte... Estaría dispuesto a apostar que sí!... Pero deseo indicarte que los problemas musculares  que sufres ahora y que te afligen, no tienen nada que ver con este castigo!...

     Hacía bueno, el domingo, y eso convenía a mis intenciones. Te llevé a este encantador albergue, lejos de la ciudad, donde tengo mis costumbres, me gusta esta casa simple y tranquila, en medio de su pequeño parque en erial donde la naturaleza exuberante se expresa libremente.

Llevabas un vestido negro pero bastante ligero, y muy corto,según tu costumbre. Hacia las  17h, después de una siesta de la que seguro te acuerdas, fuimos a pasear al pequeño bosque . Observaste que buscaba con los ojos algo, al pie de los árboles, detrás de los arbustos, allí donde la sombra es más profunda, y donde reina aún en  este principio  de temporada una relativa humedad. No respondí a tus preguntas, excepto cuando finalmente encontré  lo que buscaba...
Liberé tu brazo y lo hice con cara, repentinamente severa, las cejas arqueadas. Te recordé el asunto del dinosaurio de chocolate blanco:

     - Ahora sé que mentiste, Karencita, y eso no me ha gustado. Y te las arreglaste para hacer acusar a David de una fechoría que no había cometido para que lo castigaran. Está muy muy mal, lo que hiciste. Oh, ciertamente, será  castigado a pesar de todo, porque  lo merece por otras razones, pero eso no te absuelve, y voy a quitar las ganas de conducirte así en el futuro!... .


Me miraste con incredulidad; ¡tus ojos verdes eran el reflejo incluso de la inocencia! Desempeñabas tu papel de angelote a la perfección, mi amor, pero yo conocía demasiado bien tus talentos de comédianta para dejarme abusar!... Corté secamente tus protestas de buena fe:

     ¡-  basta! ¡Voy a corregirse como merecetu falta! Ves este macizo, cerca del gran árbol?... Son ortigas, y vas a recogerme dos o tres ramas. Bonitas, con muchas hojas. ¡Rápidamente, espero!

   Protestaste que ibas a pincharte los dedos, que no veías porqué  yo quería que recolectases estas desagradables plantas, y te dije que te las arraglaras,que eso no era mi problema. Por supuesto, que habías comprendido perfectamente mis intenciones, y que te asustaban bastante!... Y yo me recreaba en tu terror... Me senté sobre un gran tronco  y encendí a un Ducados. Sacaste de tu bolso algunos kleenex para proteger tus manos, y te pusiste a recoger las temibles plantas...

     Mientras que desempeñabas tu función con prudencia, te dije:

- Sabes lo que es que una azotaina, has recibido  bastantes. Conoces la mordedura del martinet, probaste la fusta, el paddle, a la cane... Pero no te imaginas la azotaina a las ortigas!...
Es muy diferente del resto;  pincha,  calienta,  pica también...
Pero sobre todo, la sensación dura mucho más que con los otros instrumentos!... El efecto urticante se esfuma por supuesto poco a poco, pero sigue estando  muy presente varias horas, a veces un día o dos, sobre todo si se azota realmente con los troncos en vez de dar algunas simples caricias...

Volviste de nuevo hacia mi con tres robustas ramas, los ojos bajos.
Tranquilamente, me puse un guante de cuero extraído de mi bolsillo y que había previsto a tal efecto... ¡Me lanzaste una mirada dura! Sí, el golpe era premeditado... Tomé el racimo. A pesar de todas tus precauciones, te habías pinchado ligeramente el antebrazo, y te rascabas vigorosamente. Te imaginabas seguramente entonces el efecto que este tratamiento iba a obtener tu trasero, y tu expresión se hizo apenada. Te pedí que levantaras tu vestido, pero como no tenía cintura , la tela no se sujetaba, y te dije que te lo quitaras completamente . Alocada, replicaste

- Cariño aquí no!... Si alguien pasa!...  - Eh bien, verá una bonita penitente casi desnuda recibiendo una azotaina a las ortigas!... Y retira también tus braguitas, por favor. ¿Sabes? ... Arco me preguntó si podía  asistir a tu azotaina... Estuve a punto de aceptar, pero me dije que no merecías quizá la vergüenza  de castigarte severamente delante de tu amiga... ¡Deberías agradecerme no haberlo hecho!

     Obedeciste resignada; dijiste gracias, retiraste  y  doblaste cuidadosamente  tu vestido que pusiste  sobre los troncos , colocaste arriba tu pequeña braguita, y permaneciste  allí,  con  las manos instintivamente cruzadas sobre tu vientre desnudo, solamente vestida con tu sujetador negro transparente y de tu larga cabellera dorada. Tu imagen, en este decorado  de verdor perforado por  eso y por el sol era idílico... Te comtemplé con emoción durante algunos minutos, luego te hice curvarte y colocar las manos sobre el tronco de árbol
muerto donde yo estaba sentado  anteriormente. Tus nalgas se apretaban en
la aprehensión al primer intento, cavando dos agujeritos de cada lado de tus caderas, de tan bella manera... Dije secamente: ¡- Abre las piernas! ¡Mejor que eso! No debería tener que repetírtelo cada vez, sabes cómo nalgueo, no?... Para que lo recuerdes  bien, cuando volvamos a casa, tendrás diez golpes de cinturón.

     Esperabas un golpe, pero no hice más que rozar tu grupa con la extremidad de las hojas, muy ligeramente... Tu piel se sonrosó inmediatamente, dejando aparecer una serie de pequeñas ampollas blancas, que tú debiste sentir como una quemadura. Una segunda vez barrí tu traserp, agitando el racimo de derecha a izquierda y de un lado a otro; las ampollas se multiplicaban, y giraste  las caderas.
Tu respiración era más fuerte... Pasé suavemente  mi mano sin guante sobre tu piel que comenzaba a emitir un determinado calor. ¡Mi pobre amor, sólo es el principio!
Reanudé mi barrido, velando por cubrir con rosa abigarrado de blanco toda la superficie de tus nalgas. No gritabas pero, de vez en cuando, dejabas escapar una ligera queja sorda, y veía tus dedos crisparse sobre el tronco. Olvidando para un tiempo tus adoradas redondeces, ataqué un muslo, luego el otro muslo... Perfidemente, precisé:

     - Así, con tu vestido corto, la gente que lovea creerá que te sentaste en un macizo de ortigas!... ¡A menos que no se den cuenta de que recibiste una buena azotaina!

     Hiciste un ruido con la  garganta que se asemejaba a un sollozo. Coloqué el racimo sobre la hierba y encendí un cigarrillo:

     - Hago una pausa. No hemos terminado Te escuece?...
- Señor!... escuece, quema, pincha!... ¡Mi amor , permite que me rasque, frotarme un poco! es insoportable!...

- Ni hablar. Soportarás, mi amor.
¡- Solo un  segundo!
- Aceptaría eso, pero entonces, tendrás veinte golpes de cinturón en vez de diez...

Sin siquiera  responder, te levantaste y te frotaste febrilmente la grupa bailando in situ; tus mejillas estaban muy rojas... ¡Has intentado  - bien en vano  - apiadarme de ella:
     - Cariño, está muy mal, lo que hice, merecía mi castigo!... No lo haré más, te lo prometo!... Pediré perdón a David!... Volvamos a casa, mi amor, me darás veinte golpes de cinturón!...

     - En efecto, recibirás el cinturón y pedirás perdón a David, pero por el momento, no terminé con las ortigas. Tengo para que te acuerdes bien de esta azotaina excepcional. Vuelve a ponerte en posición
Obedeciste... Aplasté mi cigarrillo y reanudé el castigo. ¡Reconozco que fui duro contigo, mi amor, muy duro, incluso!
Pero considero que lo merecías bien... Esta vez, no me contenté con acariciarte con el ramillete, lo utilicé como un látigo...
Las hojas dentadas volaban, y no ahorré el interior de tus muslos abiertos, velando no obstante no alcanzar la carne demasiado delicada de tu feminidad. Finalmente lancé los troncos ahora deshojados, te levanté  y te tomé en mis brazos. Temblabas... Besé tiernamente tu boca que tenía el sabor salado de las lágrimas que fluían sobre tu cara. Murmuré a tu oreja:

     - Vistete... Volvemos a casa pero no olvides que tu castigo no se ha terminado...

     En camino de la vuelta, te frotabas las nalgas a través de los tejidos de tu vestido, y paraste justo de hacerlo cuando nos encontramos con los clientes habituales del lugar, tanto el escozor y los picores debían ser agudos... ¡Por otra parte, no me habías pedido si podías volver a ponerte las braguitas que no habrías soportado, y que dormían  en mi bolsillo!
En nuestra habitación, te puse  desnuda y te conduje bajo la ducha; yo mismo manejaba la empuñadura, y detenidamente dirigí los benefactores chorros cristalinos sobre tu trasero en fusión.
Desgraciadamente para ti, el alivio debido a la frescura del agua fue de corta duración... ¡En cuanto se te secó  la  piel, la urticación reanudó, ciertamente menos fuerte, pero a pesar de todo presente!
Lastimosamente, me dijiste que era terrible, y casi te pones a llorar. Te medio tranquilicé:

     - Tengo una pomada contra esta clase de dolor... Te la  aplicaré próximamente, pero por el momento, tengo para ti otro tratamiento que debería hacerte olvidar el prurito de las ortigas...
Te acuerdas?...

     Oh, sí, te acordabas  aunque la corrección no había llegado a su término, sobre todo cuando viste , sobre la cama los dos grandes cojines que había amontonado!... Solo tuve que hacer  un gesto imperativo con  la mano
para que te tumbaras boca abajo en el colchón, las caderas bien
levantadas por las almohadas. Desabroché  mi cinturón que doblé en
dos, y te azoté con todo el impulso de mi brazo. Era yo mismo quien
contaba los golpes en voz alta...
Habías ocultado tu cara en tus brazos, y sólo por  los movimientos
irregulares de tus hombros que supe que llorabas. Tu trasero marcado
por las ortigas estaba cubierto con ampollas blancas que formaban
aglomerados tan  numerosas eran ,  y ahora, el cinturón lo señalaba
de amplios rastros rojos entrecruzados. Sin piedad,proseguí el castigo hasta el final, y puse toda mi fuerza en el vigésimo golpe...

    Con el sudor en la  frente, lancé mi cinturón sobre el suelo, y
caí de rodillas cerca de la cama. Con toda la ternura de la cual era
capaz, quemé mis labios a tus nalgas martirizadas...

     Calmándome un poco, unté tu grupa de un bálsamo que suiaviza; detenidamente, delicadamente, formé tus redondeces gemelas; no llorabas ya, pero tus gemidos se hacían más fuertes.
Extravié una mano dentro de tus muslos; había un calor y una humedad digna  de las selvas amazónicas... Me levanté y desabroché mis pantalones,con  la mirada loca, fijada en tus nalgas escarlata y relucientes de crema.
No estoy allí para curar  tus otros males, mi amor, y mi dolor es grande. Pero sé que puedo contar con fieles amigos como Don Angel.
Por favor, abrázalo de mi parte...

Hasta  pronto,

Waldo

 

        

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