Empezáis a conocerme, a través de mis dibujos, en primer lugar, y por los relatos de algunos castigos que debí infligir a mi dulce Karencita, a la encantadora Pathy, y también a la dulce y espigada Arco, y sabeis que si no os ahorro los detalles anatómicos de mi queridas castigadas, es por deseo de realismo, pero no voy nunca más allá de lo que es necesario para la comprensión y la visualización de esta clase de reportajes. 
 
Sin embargo, si quiero contaros la forma en que castigué a Karen el sábado pasado, voy a verme obligado a compartir con vosotros algunos momentos de intimidad que normalmente no están destinados a salir de la alcoba. Voy a esforzarme por tener tacto y  retención, con el fin de que no hieran el pudor y la sensibilidad de las damas que lo leen... En cuanto a los caballeros, me comprenderán sin  problemas y no les va ni a chocar ni a molestar, estoy seguro!...
Les pediré simplemente no divulgarlo... Que todo esto quede entre nosotros.
 
Cuando entré en la habitación, Karen dormía. Eran las  11h de la mañana, y no podía creer ni por un momento que a  mi pequeña amada se le hubisen pegado las sábanas... Por otra parte,  vosotros tampoco podrías creerlo: eso formaría parte de la ciencia ficción más desbridada!...
 
     Estaba acostada sobre el lado derecho, volviéndome la espalda, y la sábana que se había torcido en torno a sus piernas al favor de los movimientos inconscientes de su sueño, la dejaban desnuda desde el medio de los muslos. En la penunmbra cálida, su maravilloso trasero opalescente iluminaba literalmente la habitación. Permanecí  mucho tiempo de pie para observarla dormir, escuchar su respiración... Luego vine suavemente, me tendí en la cama, y coloqué mi boca en el  hueco de su hombro perfumado; tuvo un ligero suspiro:
 
     - Eres tu, mi amor?... 
 - Esperabas a otro?... No me digas eso!...
 
Se dio la vuelta, muerta de sueño aún y aún así me sonrió , con una sonrisa de niña enferma... Detenidamente, tomé sus labios, que habían guardado el aroma del café negro, y mi mano descendió suavemente sobre su vientre. Dejé finalmente su boca y susurré: 
 
  - Sabes que son las once?... A qué hora te has acostado?...
- No me atrevo a decírtelo... Te vas a enfadar y me vas a azotar...
- ¿Lo mereces?... Venga dime, a qué hora?...
- las nueve y media!... Pero hoy no trabajo...
¡- No es una razón! Juegas con tu salud, que me es más preciosa que la mía , y detesto eso!... Sabías que iba venir a despertarte como si hubieses dormido normalmente!... ¡Vuelvete, ponte boca abajo!
- ¿Ves?, lo sabía, me vas a azotar!... Habría debido decir a las 21 horas...
- Habrías mentido?... De todas formas, no te habría creído!...
 
     Dócilmente, Karen tomó la posición; coloqué mi mejilla en hueco de sus riñones y acaricié ligeramente las redondeces ofrecidas a mi severidad:
 
     - Sabes, cariño mio , me doy cuenta de que las azotainas - a menudo
bastante severas - que te administro raramente consiguen efectos... Tu comportamiento se reanuda , vuelves a caer en las mismas faltas... ¡Eso no te corrige en absoluto! Tengo  que creer que te gusta eso!... Azotarte es inútil , salvo si quiero darte placer...
 
    Se sobresaltó... Mis dedos ligeros seguían el surco de su grupa, y los dirigí más abajo aún , en la bifurcación tórrida de sus muslos, alcanzando las ninfas húmedas, flores de carne nacidas de la parte baja de su pubis lampiño y liso como un rodillo pulido por el mar, que no olvida nunca de tener perfectamente  afeitado según mis deseos.
 
- Entonces, gimió, no me vas a azotar?...
- No haré solo eso!... Si, voy a azotarte , porque lo deseo terriblemente, pero después ... Voy a castigarte!... Te  voy a castigar realmente!...
 
Mis dedos inquisidores proseguían su movimiento, y las caderas de mi amor
se movían ritmicamente ... Cesé precipitadamente la caricia, y lanzó una exclamación indignada:
 
     - Mi amor!... No te pares, te lo ruego!...
 
     Me levanté y fui a sentarme del otro lado de la cama para estar más a  mano; cerqué su cintura con mi brazo izquierdo, y comencé a crujirle vigorosamente la parte posterior:
 
     ¡- Estás castigada, no lo olvides! No tengo ninguna razón  para darte placer!...
 
     No era una azotaina para reir!... La marca de mis dedos se imprimía en púrpura sobre su piel blanca a decenas de ejemplares; procuraba colorear la integridad de la superficie de su trasero, y hasta la cumbre de los muslos que tenían también su parte. Su trasero se agitaba de agradable manera bajo la avalancha de nalgadas, y sus pantorrillas se batían en el  aire... Creo que si no la hubiera  tenido tan bien sujeta por la cintura en el torno de mi brazo, se me habría escapado... Al cabo de tres o cuatro minutos, mi querida víctima empezó a pedir perdón y a  implorar mi clemencia; pero yo quería que esta azotaina fuera una verdadera azotaina, larga y ardiente, y no puse fin al castigo  más que a causa del cansancio de mi brazo y la palma de mi mano que quemaba, recorrida de picores que certificaban el rigor con el cual había administrado esta corrección.
Se había puesto a lloriquear, la cara oculta en su almohada, pero yo no creía demasiado en esas lágrimas que por otra parte no veía; sabía bien muy a qué grado de dolor el posterior de Karen puede someterse antes de arrancarle verdaderos sollozos... Y distábamos mucho de la cuenta!...
 
     Reuní las manos de Karen sobre sus riñones, y, con ayuda del cinturón de su salto de cama colocado sobre el respaldo de una silla, até  juntas  sus muñecas. Me incliné sobre su oreja, murmuré:
 
     - Está bastante apretado, cariño mio?...
 
     Me lanzó una mirada sin esperanza por encima de su hombro, a través de
su largo cabello rubio en desorden que el sudor le pegaba en la frente. Conocía mis alevosías... Si respondía sí, sabía que tiraría aún más de la cuerda, y si decía no, no tardaría en reparar el error!... Resignada, dijo no...


Estreché el tejido,  del que hice pasar las extremidades en torno a su cuello y que anudé sobre su garganta, remontándole muy arriba las muñecas en medio de la espalda, privándole de toda posibilidad de protegerse las nalgas, o solamente de frotarlas para intentar reducir la el ardor, y la volví a azotar , pero esta vez con ayuda de su sandalia Addidas, cuya suela flexible y dura
hace maravillas. Tras azotarla, anuncié:
 
     - Tu castigo - puesto que la azotaina no cuenta como tal - será privarte del uso de tus manos...Y durará tanto como yo lo estime oportuno .
Hasta mañana, quizá...

En absoluto tenía esa intención, pero quería asustarla , y creo que lo estaba consiguiendo muy bien!...
 
     El carmesí de sus nalgas se convertía en malva bajo los golpes sonoros de la sandalia, y paré  la azotaina antes de causar las primeras verdaderas lágrimas de mi pequeña amada. No por piedad, sino por que no quería que llorara inmediatamente.  Sus tormentos no hacían más que comenzar!...
 
     Le ayudé a bajar de la cama y la coloqué de rodillas, frente a  la pared:
 
     ¡- Veamos, niña mala ! A la esquina, en penitencia!... dios mío, que rojo está este trasero!... Y el calor, lo siento desde aquí !...
 
     Fui a la cocina e hice café. Lancé esta advertencia:
 
     - Y no es cuestión de sentarte sobre tus talones, hein?... De rodillas,
bien derecha, la nariz contra la pared!... Si no... Me veré obligado a darte aún... Placer!... Con cepillo del pelo, quizá...
 
     Traje una bandeja con dos tazas humeantes y dos tostadas untadas con mantequilla, que coloqué sobre la mesa del ordenador fatal que corroe el sueño de mi amor como un animal devorador. Abrí la persiana. El terrible sol de agosto salpicó la parte baja de la espalda de Karen, aún bien roja, añadiendo algunos grados al calor persistente de su grupa... La levanté  y  la hice sentarse sobre una silla, y fui  yo quien se arrodilló  ante ella con el fin de hacerla comer y beber su café. Tenía la impresión de estar jugando a las muñecas...
 
     Migas de pan caían de vez en cuando sobre sus muslos, o gotas de café, que lamía con mi lengua... Su piel estaba salada . Deliciosa... Con las dos manos,  separé sus rodillas y deposité un beso sobre su pubis imberbe. Luego me levanté y la abracé .
 
     - No quieres ya nada más?... Comiste bastante?...
- Sí... Euh... Yo... Necesito hacer pipí!...
- Claro,ve, cariño mio...
- ¿No me desatas?...
- Ah, no!... Estás castigada, no lo olvides!... Te he privado de tus manos...
¡- No podré abrir la puerta del aseo!
- Eso no es un problema, voy a hacerlo por ti...
 
     La conduje al cuarto de baño, y la senté sobre la taza. Me lanzó una mirada asustada , y sus mejillas se volvieron púrpureas... Murmuró con debil vocecita:
 
- ¿Te vas a quedar ahí?...
-Por supuesto, cariño mío , estate tranquila! No tienes ya el uso de tus manos, y debo ayudarte en todo!... Date prisa, tenemos otras cosas que hacer!...
 
     Más roja aún que su trasero, Karen bajó la cabeza, ocultando su vergüenza en su pelo rubio. Oí el sonido fresco y cristalino del chorro golpeando la loza... Cuando terminó de evacuar el agua de su cuerpo, la levanté y le pedí abrir bien sus piernas. Tomé papel de aseo y le limpié cuidadosamente la entrepierna; Me alargué mucho tiempo, demasiado quizá, y gimió... Tomé su cara en mis manos y besé su boca. Muy tiernamente, susurré en su oido:
 
     - Ahora, mi amor, voy a hacerte daño. Voy a hacerte tanto daño como amor siento por ti . Voy a hacerte llorar...
Con los ojos semicerrados, respondió que me pertenecía, que me amaba y que podía hacer con ella todo lo que quisiera. La traje a la habitación y la volví a poner a rodillas. Comprobé que el cinturón de la bata no se había aflojado - no se habia aflojado- , y las pequeñas manos de Karen estaban un poco de color malva. Se inclinó ligeramente y colocó su boca sobre mi bragueta .Yo podía sentir el calor de su respiración, como ella podía sentir con sus labios la rigidez de mi deseo. Retrocedí  un paso, a punto de estallar ... Me atravesó la idea de tomarla inmediatamente, allí, en el suelo, salvajemente, a lo  bruto... Pero mis perversidades eran más fuertes, como siempre, y quería castigar a mi pequeña amada como se lo había anunciado.
 
    Volví al cuarto de baño y a la cocina, escarbé  los cajones, y, encontrando lo que buscaba, volví con Karen, con una docena de pinzas de la ropa en las manos . Eran nuevas, la madera estaba dura  y los resortes potentes... Pasé detrás ella, me senté en el suelo, y comencé a colocar las pinzas. Sobre sus nalgas musculosas y tensas , algunas no tenían; volvían a caer con un pequeño crujido seco, después de haber mordido una parcela de carne, arrancando a mi encantadora torturada una exclamación quejumbrosa. Incansablemente, las puse de nuevo, cuatro sobre cada nalga. Pasando entre sus muslos abiertos, colgué dos en los labios de su vientre. Pude así comprobar hasta qué punto estaba  mojaba  mi pequeña amada ... La rodeé y agarré bruscamente en mi boca la punta de un seno, que lamí con la lengua hasta obtener el volumen y la firmeza ideal del pezón,  y coloqué arriba el cruel y anodino instrumento de hogar. Actuando así mismo con el segundo seno, me senté sobre la silla en frente ella, contemplando mi obra.
 
Karen soportaba estoica, vigilaba no perder su incómoda posición, oscilando ligeramente no obstante... Su expresión un poco se había crispado, y respiraba más fuerte. Encendí un cigarrillo y consulté mi reloj:
- Vas a permanecer así durante diez minutos, cariño mío... y no se te ocurra  moverte!... Las pinzas, vas a ver, duelen al principio, y luego te acostumbras, es un dolor sordo, un dolor que se adormece... El momento que más duele, es  cuando se quitan !... Entrega y sufrimiento mezclados, es una agradable paradoja...
 
     El tiempo pasaba en silencio; silencio apenas perturbado por algunas quejas que Karen no podía contener. Yo seguía por sus expresiones  la evolución del dolor, debido no solamente a las pinzas de la ropa, sino al esfuerzo que hacía para permanecer de rodillas, bien derecha e inmóvil. Era lo peor, seguramente...
 
Cuando los diez minutos pasaron, me levanté y desabroché mi cinturón, bajo la mirada angustiada de mi pobre Karencita...
 
     - Voy a retirar las pinzas de tus nalgas, anuncié; a golpes de cinturón... Estás lista?...
 
Hizo  un movimiento de la cabeza, pero ni un sonido salio de sus labios. Doblé en dos la banda de cuero, y azoté  la grupa de Karen que lanzó un grito silbante . Solo dos pinzas cayeron. Fueron necesarios al menos quince golpes de cinturón para hacer caer las ocho pinzas, y cuando acabamos, mi querida víctima lloraba cálidas lágrimas. Me arrodillé ante ella, la tomé en mis brazos, su cara dolorosa se arrulló en el  hueco de mi hombro, y le acaricié el cabello.
Esperé que sus llantos se calmaran , luego dije:
 
     - Ahora, es necesario quitar las pinzas de tu de tu  "minou" (*forma cariñosa de llamar en francés a la vulva*) 
  Suavemente, pellizqué las pinzas  de madera, y Karen se volvió a poner a llorar. La liberé también de las pinzas de sus pezones , que inmediatamente acaricié ...
 
     - Yaaa, mi amor, Yaaa, acabó , no llores ya, pequeña ...
 
     Pero el dolor y sobre todo la tensión nerviosa acumuladas debían salir, y redobló de sollozos...
 
    Doblandola sobre mi rodilla, examiné sus nalgas donde las pinzas habían dejado pellizcos violetas.
 
     - Es necesario hacer circular la sangre,  Karencita, solo veo un medio,y  es concederte aún... ¡Un pequeño placer!
 
Y volví a azotarla con energía, añadiendo gritos a sus sollozos, hasta que sintiese mi bajovientre listo para estallar... La empujé contra la silla; mi boca se coló a su ano que penetré con la lengua, salivando abundantemente. Febrilmente, bajé mis pantalones, y me hundí entre las dos partes ardientes que apartaba con mil pulgares . Los llantos de  Karen se  transformaron en clamores, pero el dolor, ahora no estaba presente ...
 
     Prefiero detenerme aquí, ya fui un poco demasiado lejos... Perdonadme , es el amor que me hace desvariar, es la pasión!... Sabré ser más comedido, en el futuro. Bueno, lo intentaré...
 
     Puedo solamente añadir que Karen siguió estando desnuda y atada hasta
las quince horas, hasta que empezó a llorar debido al anquilosamiento de sus brazos, y la liberé finalmente. Debo decir también que fue aún azotada  en tres ocasiones con la mano, con cinturón, y con el cepillo del pelo. A cada vez, la azotaina fue seguida de una compensación, oral, anal y vaginal... Y luego, hasta la noche, la cuidé y le prodigué mi mayor ternura...
 
Por la noche, cuando la dejé, sé bien lo que hizo: un cojín bien suave y bien mullido bajo las nalgas, encendió su ordenador...
 
Incorregible Karencita!... Y por tanto bien a menudo corregida!...
 

Waldo

                          

 

        

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